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Web of Make Believe: un análisis desigual pero revelador

Veronica Loop

Imagina la pantalla dividida en dos: a un lado, una persona teclea furiosamente en su ordenador; al otro, alguien más recibe amenazas de muerte. Así comienza Web of Make Believe: Death, Lies and the Internet, el docuseries de Brian Knappenberger que Netflix estrenó en 2022. La serie promete desentrañar cómo la red se ha convertido en un campo de batalla para conspiraciones, fraudes y crímenes reales.

El formato es claro: cada episodio es un caso autoconclusivo, con testimonios de víctimas, perpetradores o investigadores. El primer capítulo, sobre el hacker Daniel Rigmaiden, funciona particularmente bien porque Knappenberger evita caer en la moralina fácil. En lugar de demonizar a Rigmaiden, muestra cómo su ingenio técnico lo llevó a cometer errores fatales, usando entrevistas con él mismo y recreaciones inteligentes de sus acciones. La dirección es pulcra: planos cortos que enfatizan el aislamiento digital de los sujetos, un sonido envolvente que alterna entre silencios incómodos y explosiones de ira grabadas en audio.

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Sin embargo, no todos los episodios mantienen este nivel. El caso del fraude de la «Mami Wata» pierde fuelle al depender demasiado de narraciones en off genéricas, mientras que el capítulo sobre Alex Jones (aunque necesario) parece repetir lo ya visto en otros documentales sobre su imperio de desinformación. Knappenberger comete el error de asumir que el público no está familiarizado con figuras como Jones o Donald Trump, cuyas apariciones archivadas se sienten más como cameos de celebridad que como elementos centrales del argumento.

La serie también tropieza en su estructura. Algunos episodios arrancan con un cliffhanger prometedor —como la desaparición de una adolescente— pero luego diluyen el drama al dedicar demasiado tiempo a explicaciones técnicas sobre cómo funcionan ciertos fraudes digitales. El resultado es un tono desigual: a veces didáctico, otras sensacionalista.

Donde Web of Make Believe sí acierta es en su mensaje final: no culpar a la tecnología por los crímenes de las personas que la usan.

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