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El secuestrador se redime de forma predecible. La serie pierde fuelle al extender su narrativa más allá del conflicto inmediato, diluyendo la tensión inicial en subtramas superfluas.

Veronica Loop

La secuencia de apertura es un tour de force de tensión: dos figuras encapuchadas abren fuego en la cabina, el avión vibra con los gritos de los pasajeros, y la cámara se balancea como si estuviéramos ahí, atrapados entre el humo y las balas. «The Hijacking of Flight 601» (Netflix) promete ser un thriller aéreo implacable, pero pronto descubre sus limitaciones.

Basada en hechos reales —el secuestro del vuelo SAM Colombia 601 en 1973—, la serie de C.S. Prince y Pablo González elige una estructura híbrida: por un lado, el drama humano a bordo (las actuaciones de Monica Lopera como Edilma ‘Edie’ Pérez y Ángela Cano como María Eugenia ‘Bárbara’ Gallo son lo más destacable), y por otro, la negociación política en tierra. La fotografía es impecable, con planos claustrofóbicos que exacerban la sensación de encierro, y la banda sonora —aunque minimalista— refuerza el pulso acelerado de los primeros episodios.

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Donde falla es en la ejecución. Los secuestradores (Enrique Carriazo como ‘Pirateque’ y Carlos-Manuel Vesga como ‘El Flaco’) son caricaturas de revolucionarios, con diálogos tan rígidos que parecen leídos desde un guión de manual. La serie intenta equilibrar el realismo con el melodrama —las conversaciones entre las azafatas y los terroristas rozan lo absurdo—, y ese tono desigual se nota en cada giro forzado (como cuando Ulises Borja, interpretado por Valentín Villafañe, pasa de ser un rehén pasivo a un actor clave en la resolución). El final, predecible, diluye el impacto de horas anteriores.

El mayor pecado es el desperdicio del material histórico. La política colombiana de los años 70 —la tensión entre guerrillas y gobierno— podría haber dado profundidad al conflicto, pero se reduce a un telón de fondo genérico.

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