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Pearl Studio convierte a los Ocho Inmortales en una banda que planea robar a los dioses

Jun Satō

Antes de ser inmortales, sugiere esta versión, los Ocho Inmortales eran unos ladrones. Así arranca All Wishes Come True!, sobre esa inversión: dos mortales que le han echado el ojo a una cámara acorazada celestial deciden que el camino más corto hasta el tesoro es comportarse como si ya pertenecieran al piso de arriba. Falsifican el porte de los dioses, reclutan a una cuadrilla y se disponen a desvalijar el cielo desde dentro.

Escrita y dirigida por Mu Zhengyang, la película trata una leyenda china canónica como un atraco trata un banco: como un plano. En lugar de repetir la estampa consabida de los Ocho Inmortales cruzando el mar, pregunta quiénes eran estas figuras antes de la reverencia, y responde con buscavidas, timadores y oportunistas de mucha calle. La comedia es amplia, pero la maniobra que hay debajo es astuta: una historia de origen en la que la santidad es una estafa que se fue de las manos.

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Lo que aquí define el reparto es una mirada. Pearl Studio, la casa de Shanghái que coprodujo Kung Fu Panda 3 y la película de Netflix Más allá de la Luna, aporta una superficie de factura hollywoodiense a un mito doméstico: siluetas redondeadas, luz volumétrica mullida, comedia física medida al fotograma. Los ocho protagonistas están dibujados como una banda desparejada más que como un panteón. Los cerebros del plan, Zhongli Quan y Lü Dongbin, ocupan el centro; a su alrededor, un matón con muleta de hierro, una mujer con espada, un anciano sobre su burro. Están diseñados primero para el gag y después para la veneración, y ese orden es la tesis.

Para Pearl Studio la película funciona como declaración de posición. El estudio pasó sus primeros años como socio menor que aportaba oficio a las franquicias estadounidenses; aquí firma su propia gran producción a partir de una fuente enteramente china y conserva el acabado que aprendió fuera. Los Ocho Inmortales figuran entre los iconos más reconocibles del folclore chino, lo que los convierte a la vez en una apuesta comercial segura y en un alambre: reinventarlos con torpeza no es solo hacer una película floja, es retocar una herencia compartida.

El peso es real. «Los Ocho Inmortales cruzan el mar, cada uno mostrando su poder» es un refrán que mil millones de personas pueden completar sin ayuda, atajo para un grupo en el que cada miembro aporta un don distinto. Retener esa imagen y rebobinar hasta el instante anterior a que ninguno pudiera hacer nada divino es la apuesta central del filme: tomar el remate que todos conocen como un spoiler y construir el chiste hacia atrás desde ahí.

La estructura casi se escribe sola a partir del acervo. El mito ya reparte entre los ocho un atributo característico —una espada, un abanico, una flauta, una muleta de hierro, un loto— y un atraco solo necesita especialistas, cada uno con un truco del que depende el golpe. La economía más ingeniosa de la película es dejar que esos poderes heredados hagan de los papeles que exige una banda, de modo que la mitología llega con una división del trabajo ya incorporada y el guion se ahorra inventarla.

El diseño se vuelve fastuoso donde el relato se vuelve leve. Frisos dorados de templo, cielos de tinta empujados hacia el volumen digital, siluetas de ópera suavizadas hasta formas que un público familiar lee de un vistazo. Se les pide a las superficies que sostengan la mitología mientras la trama se dedica a socavarla, y cuando la película funciona deja que la dirección artística se encargue de hacer creer para que los personajes sigan mintiendo.

Lo que ese pulido no resuelve es la distancia con el público que la película ahora necesita. Los Ocho Inmortales cargan siglos de asociaciones para quien creció con ellos y casi ninguna para el resto. Reducida a una banda de atracadores y enviada al exterior en mandarín subtitulado en vez de doblado, la cuadrilla corre el riesgo de leerse como mascotas de fantasía genéricas en mercados que desconocen la fuente. Someter un mito a ingeniería inversa hasta volverlo un atraco es un buen argumento de venta; no prueba que el mito quisiera un origen, y el marco puede parecer menos reinvención que mantenimiento de una propiedad intelectual valiosa.

Still from the animated film All Wishes Come True directed by Mu Zhengyang
A scene from All Wishes Come True! (2026)

El reparto de voces lo encabeza Chen Hao como Zhongli Quan, con Li Shaozhe poniendo voz a Lü Dongbin, en un conjunto de ocho. Mu Zhengyang escribe y dirige. La película dura 143 minutos y está producida por Pearl Studio y CMC Pictures junto a China Film Group, el aparato comercial que viene convirtiendo la animación china en una línea de exportación y no solo de consumo interno.

En casa la apuesta ya salió bien: se estrenó en China con fuerza, adelantada una semana sobre su fecha prevista tras unos preestrenos potentes, y firmó el despunte animado más claro del verano. Desde ahí, CMC Pictures la lleva hacia fuera —primero Australia y Nueva Zelanda, después Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido e Irlanda el 14 de agosto, con más territorios europeos por sumarse—. No hay, por el momento, estreno confirmado en salas españolas.

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