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Cortafuego y el miedo a quedarse atrás

Un incendio forestal amenaza con arrasarlo todo, pero la verdadera tensión emerge cuando las instituciones se retiran. En Cortafuego, la lucha de una madre por salvar a su hijo se convierte en un retrato inquietante de nuestra frágil confianza en el sistema.
Martha O'Hara

En Cortafuego, una madre lucha por salvar a su hijo mientras un incendio fuera de control avanza sin tregua. Pero la tensión más profunda no proviene solo de las llamas, sino de lo que ocurre cuando las autoridades dan un paso atrás y la supervivencia deja de ser una responsabilidad colectiva para convertirse en una carga privada.

En gran parte del mundo, la confianza en las instituciones se ha vuelto condicional. Desde la salud pública hasta las catástrofes ambientales, muchas familias se hacen en silencio una pregunta que antes parecía impensable: ¿qué sucede si el sistema no puede protegernos?

Esa inquietud está en el centro de Cortafuego, el thriller psicológico en español dirigido por David Victori. La película sigue a Mara, interpretada por Belén Cuesta, cuando un retiro familiar en el bosque se convierte en pesadilla al acercarse un incendio forestal y desaparecer su hijo pequeño. Cuando los servicios de emergencia suspenden la búsqueda y ordenan la evacuación, Mara se niega a marcharse.

El fuego es aterrador, pero el momento más desestabilizador es la retirada institucional. La decisión de la Guardia Civil de priorizar la seguridad general sobre la búsqueda de un único menor desaparecido resulta racional, incluso protocolaria. Sin embargo, para Mara supone una fractura en el contrato social. Descubre que la protección tiene límites.

Firebreak - Netflix
CORTAFUEGO. Joaquin Furriel as Luis, Diana Gomez as Elena, Belén Cuesta as Magda in CORTAFUEGO. Cr. Niete/Netflix © 2024

Esa ruptura moral transforma la historia de un thriller de supervivencia en algo culturalmente más cargado. La rebeldía de Mara no se presenta como un gesto heroico espectacular. Se siente cruda, desesperada y profundamente contemporánea. Cruza los límites de la obediencia cívica no por rechazo ideológico a la autoridad, sino porque su realidad inmediata exige algo más primario.

En los últimos años, las imágenes de incendios arrasando el sur de Europa, California o Australia se han vuelto inquietantemente habituales. Las catástrofes vinculadas al clima llegan acompañadas de alertas, protocolos y ruedas de prensa. También traen escenas de equipos desbordados y prioridades cambiantes. Cortafuego explota esa tensión y sugiere que la catástrofe moderna empuja a las personas hacia zonas grises éticas donde chocan la lógica institucional y la obligación personal.

El entorno doméstico intensifica la presión. La casa de verano familiar, tradicionalmente espacio de refugio y memoria, se convierte en trampa. Aislados y rodeados de humo, Mara y los suyos no solo enfrentan el avance de las llamas, sino también el impacto psicológico de sentirse abandonados a su suerte.

Esta narrativa del abandono refleja un estado de ánimo cultural más amplio. Encuestas generacionales muestran escepticismo sobre la capacidad de los gobiernos para gestionar eficazmente las crisis ambientales. Las audiencias más jóvenes, marcadas por la ansiedad climática, tienden a interpretar los desastres a gran escala como fallos sistémicos. Los espectadores de mayor edad pueden conectar de manera más instintiva con la pesadilla parental que ocupa el centro de la historia. Cortafuego tiende un puente entre ambas perspectivas, anclando su comentario social en un temor universal: perder a un hijo en medio del caos.

El personaje de Santi, un guarda forestal local que se convierte a la vez en aliado y motivo de sospecha, complica aún más la dinámica de poder. Mientras la autoridad formal se repliega, el destino de la familia queda en manos de un individuo que opera en los márgenes del sistema. Representa otra forma de confianza, basada en la proximidad y el conocimiento del territorio más que en el rango oficial. En la crisis, sugiere la película, la legitimidad puede desplazarse con rapidez.

David Victori escenifica el avance del incendio con una intensidad frenética que refleja el colapso interno de los personajes. Sin embargo, el espectáculo nunca eclipsa del todo el dilema ético. Cada nuevo giro insiste en la misma pregunta incómoda: ¿en qué momento la obediencia se convierte en complicidad con la propia pérdida?

La resonancia del filme trasciende su trama inmediata. A medida que los fenómenos meteorológicos extremos se vuelven más frecuentes, las conversaciones sobre preparación suelen centrarse en infraestructuras y tecnología. Cortafuego despoja al espectador de esas garantías. No hay drones que acudan al rescate ni coordinación impecable que restaure el orden. Hay humo, confusión y una madre tomando decisiones que podrían perseguirla siempre.

En ese sentido, la película se suma a una corriente creciente de thrillers con conciencia ecológica que no tratan el entorno como mero telón de fondo, sino como fuerza activa capaz de reconfigurar jerarquías sociales. La naturaleza no negocia. Las instituciones, en cambio, deben calcular. El espacio entre ambas realidades es donde los individuos se ven obligados a actuar.

Cortafuego habla, en última instancia, de un cambio cultural en la forma en que el público procesa el peligro. Las historias de supervivencia antes se centraban en la resistencia física. Hoy también ponen el foco en la fragilidad de los sistemas que sostienen la vida cotidiana. El miedo no es solo que el fuego se extienda, sino que la ayuda deje de llegar.

Para quienes navegan un mundo marcado por crisis superpuestas, esa ansiedad resulta familiar. El impacto duradero de la película quizá no resida tanto en sus llamas como en su propuesta más silenciosa e inquietante: cuando el sistema se retira, ¿en qué estamos dispuestos a convertirnos?

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