Cine

Brad Pitt calla en ‘En el corazón de la bestia’ y así cuela David Ayer su mensaje militar

Camille Lefèvre
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Las críticas que están llegando para Heart of the Beast coinciden en un patrón: Brad Pitt como un veterano herido, un perro de combate traumatizado, una naturaleza que quiere matarlos a ambos y un director que por fin trabaja por debajo de su techo buscando algo parecido a la gracia. Es, según el consenso emergente, lo más contenido que ha hecho David Ayer en mucho tiempo — los primeros comentarios ya lo califican como su mejor trabajo desde Fury. Lo que casi ninguno de los elogios llega a nombrar es que la contención y el militarismo son el mismo gesto.

Ayer siempre ha sido un director de códigos de lealtad entre hombres armados — la tripulación del tanque de Fury, la patrulla de End of Watch, la hermandad que se agria en Sabotage. Quita al pelotón y déjalo en un soldado y un perro, colócalos donde nadie pueda oír una línea de diálogo, y no has abandonado ese cine; lo has destilado. Los críticos no dejan de recurrir a la palabra «alma». A lo que responden es al tema más antiguo de Ayer, el vínculo forjado bajo el fuego, convertido en algo sin palabras y, por tanto, mucho más difícil de discutir.

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Quien lo sostiene es Pitt, y el punto de autor es que su interpretación es la máquina. Awards Radar señala que «casi parece que está de sobra», para luego conceder que interpreta al soldado como alguien vulnerable, no invencible — un hombre, no una figura de acción. Esa contención es el verdadero efecto especial de la película. Un veterano que apenas habla no puede dar una lección sobre la bandera; solo puede resistir, y la resistencia se lee como verdad. Pitt, que también produce, ha construido un vehículo en el que el silencio de la estrella hace la persuasión que un guion tendría que hacer de otra manera.

Porque el guion, cuando habla, habla sin rodeos. Comic Book Club — que aun así recomienda la película — lo llama «propaganda militar efectiva», y los detalles son difíciles de ignorar: flashbacks que el medio compara con «un anuncio de reclutamiento», un monólogo final sobre ver «lo mejor y lo peor de la gente» en el Ejército, y una nota final en pantalla sobre la importancia de los perros militares. Matt Neglia de Next Best Picture, en el resumen que ScreenRant reunió, fue aún más directo — «un montón de propaganda americana», «un poco de vergüenza ajena» — antes de admitir que la película le emocionó de todas formas. Ese «de todas formas» es toda la crítica. El mensaje no está oculto; simplemente es superado por el perro.

Y el perro es, según todas las cuentas, extraordinario — varios animales comparten el papel de Odín, filmados por Ayer a los ojos hasta que, confiesan varios críticos, el público está llorando. Aquí es donde el género de supervivencia hace su trabajo habitual: es una máquina de producir sentimiento a partir de la proximidad y la amenaza, y no le importa mucho a qué se aferra finalmente ese sentimiento. Awards Radar es honesto sobre el precio — «no hay sorpresas reales aquí» — y 25YearsLater advierte de que no hay nada especialmente original. Lo que los críticos elogian es una versión bellamente hecha de un objeto completamente familiar.

Nada de esto la convierte en una mala película. La convierte en una que merece la pena ver con el sonido de su propia convicción al máximo. Un duelo de supervivencia es la forma más aparentemente apolítica que puede tomar una película — solo un cuerpo contra el frío — que es exactamente por lo que es un sistema tan eficiente para transmitir una política. Ayer lo sabe. Pitt, casi mudo junto a su perro, es la razón por la que la mayoría de los espectadores no se darán cuenta hasta que se enciendan las luces.

Paramount la estrena en Estados Unidos esta semana tras su paso por el festival de San Sebastián, y los rumores de premios se centrarán en Odín — la rara campaña en la que el favorito es un pastor alemán. El dato más interesante es el que los aplausos enterrarán: Ayer ha hecho su película más persuasiva en una década al darle a su soldado casi nada que decir, y dejar que la estrella, y el animal, lo digan por él.

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