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The Son: un retrato fragmentado pero necesario

Molly Se-kyung
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La pantalla se divide en dos: a un lado, Nikita Mikhalkov en su juventud, con los ojos llenos de ambición; al otro, décadas después, su mirada cargada de experiencias. Así comienza The Son (2023), el documental dirigido por Igor Sadreev que se propone desentrañar la vida del controvertido cineasta ruso sin caer en la autocomplacencia típica de las autobiografías. El gancho es potente: promete una biografía «imparcial», algo casi utópico cuando se trata de figuras tan polarizantes como Mikhalkov.

Sadreev, quien también aparece en pantalla como entrevistado, construye su narrativa a partir de testimonios de colegas y familiares—incluyendo metraje de archivo de Nikita y Sergey Mikhalkov (padre e hijo)—pero evita meticulosamente la voz del propio protagonista. Esta decisión es el corazón del documental: por un lado, permite una mirada más objetiva, libre de los filtros emocionales o políticos que Mikhalkov podría imponer; por otro, crea un vacío inevitable. ¿Cómo entender al personaje sin su participación directa? La respuesta de Sadreev es un recorrido por hitos profesionales y contextos históricos, pero a menudo se queda en la superficie.

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El documental brilla cuando explora el legado cinematográfico de Mikhalkov, especialmente en su relación con el sistema soviético y posterior. Las secuencias que analizan Burnt by the Sun (1994) son reveladoras: los planos de archivo muestran no solo el proceso creativo, sino también cómo la película encapsuló el espíritu de una Rusia en transición. Sadreev aprovecha estos momentos para destacar el talento técnico del director, su dominio del lenguaje visual y su capacidad para capturar emociones complejas. Sin embargo, cuando el enfoque se desplaza hacia lo personal—como su relación con su padre o sus posturas políticas—, el documental pierde fuelle. Las entrevistas con Andrey Plakhov y otros colaboradores aportan datos valiosos, pero carecen de la profundidad emocional necesaria para humanizar a Mikhalkov más allá de su faceta profesional.

La estructura visual del filme es uno de sus puntos fuertes. La edición alterna entre imágenes históricas en blanco y negro y entrevistas contemporáneas en color, creando un contraste efectivo que subraya el paso del tiempo. Los planos detallados de guiones manuscritos o escenas de rodaje son fascinantes para los cinéfilos, pero también podrían resultar abrumadores para quienes busquen una narrativa más accesible. Sadreev demuestra habilidad técnica en la dirección, especialmente en su uso de metraje de archivo, pero a veces parece obsesionado con la exhaustividad por encima de la claridad.

Otro acierto es el contexto sociopolítico que Sadreev teje alrededor de Mikhalkov. El documental no evita las controversias: desde su relación con el Kremlin hasta sus posturas sobre la identidad rusa. Sin embargo, esta exploración política a menudo se siente superficial, como si el director temiera adentrarse en aguas demasiado turbulentas. ¿Fue Mikhalkov un artista comprometido o un oportunista? The Son no responde del todo, limitándose a presentar los hechos sin analizarlos en profundidad.

Las actuaciones—o más bien, las intervenciones—de los entrevistados son desiguales. Plakhov destaca por su conocimiento de la industria y su capacidad para conectar el cine de Mikhalkov con el contexto histórico. Pero otros participantes, como algunos familiares o colaboradores menores, parecen recitar datos en lugar de compartir historias personales. La ausencia de Mikhalkov se nota especialmente aquí: su carisma, sus contradicciones y su fama son el verdadero motor del documental, y sin él, a veces parece que estamos viendo un informe biográfico más que una exploración íntima.

En cuanto a originalidad, The Son no rompe moldes. Sigue la fórmula clásica de los documentales biográficos: entrevistas, metraje de archivo y análisis temático. Donde sí destaca es en su enfoque en el contexto sociopolítico del cine de Mikhalkov, mostrando cómo sus obras reflejan y desafían los cambios en Rusia. Pero incluso aquí, el documental se queda corto. Hay momentos en los que parece que Sadreev quiere decir más pero se contiene, como si temiera ofender a la audiencia o al propio Mikhalkov.

The Son está claramente dirigido a cinéfilos y estudiantes de cine ruso. Para ellos, el documental ofrece una mina de información sobre uno de los directores más influyentes del país. Pero para un público más amplio, puede resultar denso y desequilibrado. La falta de una narrativa emocional coherente y la excesiva dependencia de metraje de archivo hacen que el filme sea difícil de seguir en momentos clave.

En resumen, The Son es un documental valioso pero imperfecto. Sadreev demuestra habilidad técnica y un enfoque respetuoso hacia su sujeto, pero se queda corto en profundidad emocional y análisis crítico.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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