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Prisoner’s Daughter: un drama familiar que pierde su camino

Molly Se-kyung
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La lluvia cae a cántaros sobre la casa de Maxine MacLeary (Kate Beckinsale) cuando su padre, Max (Brian Cox), aparece en el umbral después de doce años tras las rejas. El agua resbala por los rostros de ambos mientras se miran, un encuentro cargado de historia no dicha y heridas abiertas. Esta escena inicial, sin diálogos, es el mejor momento de Prisoner’s Daughter (2023), dirigida por Catherine Hardwicke (Thirteen, Twilight), porque encapsula todo lo que la película intenta explorar: las secuelas del abandono, la posibilidad de redención y la complejidad de los lazos familiares. Sin embargo, a diferencia de ese plano inicial, el resto del filme no logra mantener esa tensión emocional con la misma coherencia.

El guion de Mark Bacci sigue a Max, un exconvicto diagnosticado con cáncer terminal, quien intenta reconectar con su hija adulta y su nieto adolescente, Ezra (Christopher Convery), mientras lidia con el regreso del abusivo exesposo de Maxine (Tyson Ritter). La premisa promete un drama íntimo sobre la reconciliación familiar, pero Hardwicke —cuya dirección en Thirteen demostró sensibilidad para capturar la vulnerabilidad adolescente— no logra evitar que la película se desvíe hacia el thriller convencional. El resultado es una obra dividida entre dos tonos: el primero, centrado en las relaciones y los conflictos internos; el segundo, en persecuciones y amenazas genéricas.

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Donde Prisoner’s Daughter triunfa es en su reparto. Brian Cox, un actor con una presencia magnética, entrega una actuación llena de matices como Max. Hay momentos en los que su mirada basta para transmitir arrepentimiento, miedo y determinación, como cuando observa a Ezra desde la distancia o cuando confronta a su yerno. Cox logra hacer creíble el viaje emocional de un hombre que busca redimirse antes de morir, aunque el guion no siempre le da material a la altura de sus capacidades.

Kate Beckinsale, por otro lado, tiene menos suerte. Su personaje, Maxine, es escrito con menos profundidad: es una madre soltera que oscila entre la rabia y la compasión, pero su arco narrativo se siente incompleto. Beckinsale intenta infundirle humanidad a través de pequeños gestos —como cuando protege a Ezra de las acciones de Max—, pero el guion no explora sus motivaciones con la misma profundidad que las de Cox. Christopher Convery, como Ezra, ofrece una actuación naturalista, especialmente en las escenas donde interactúa con su abuelo, aunque su personaje también sufre por la falta de desarrollo.

El mayor problema estructural de Prisoner’s Daughter es su segundo acto. Tras establecer un drama familiar convincente, el filme se transforma abruptamente en un thriller cuando el exesposo de Maxine regresa para chantajearla y amenazar a Ezra. Este giro genérico no solo diluye la tensión emocional construida anteriormente, sino que también introduce una serie de clichés: escenas de persecución nocturnas, diálogos amenazantes y giros predecibles. Hardwicke, cuya dirección en Lords of Dogtown demostró habilidad para manejar secuencias de acción, aquí parece forzar un tono que no encaja con el resto del filme.

A pesar de estos problemas, hay aspectos técnicos que merecen reconocimiento. La cinematografía de David Haring utiliza espacios cerrados —como la cocina o el salón de la casa familiar— para reflejar la asfixiante dinámica entre los personajes. El diseño de producción también destaca, especialmente en las escenas dentro de la prisión y en los exteriores urbanos, donde la lluvia y la niebla añaden una capa visual a la atmósfera sombría del filme.

La banda sonora, aunque funcional, cae en ocasiones en el melodrama excesivo. Canciones nostálgicas acompañan los momentos clave, como cuando Max conduce con Ezra por primera vez, pero estas elecciones musicales a veces parecen forzadas, como si el guion no confiara en las actuaciones para transmitir la emoción necesaria.

Prisoner’s Daughter se dirige a un público que busca dramas familiares con toques de thriller, pero su falta de coherencia tonally la aleja de obras más logradas del género. Comparada con American Woman (2018), otro drama sobre el secuestro de una hija y las secuelas emocionales, Prisoner’s Daughter carece de la profundidad psicológica y la dirección segura que hacen destacable a la primera.

En última instancia, Prisoner’s Daughter es un filme desigual: tiene momentos brillantes —como las escenas entre Cox y Convery— pero también secuencias que caen en lo genérico.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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