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El sexto sentido, la historia de fantasmas de 1999 que escondió su giro a plena luz

Camille Lefèvre
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El tercer largometraje de M. Night Shyamalan convirtió una discreta historia de fantasmas ambientada en Filadelfia en el segundo mayor éxito de 1999, en seis nominaciones al Oscar y en una reputación que su director arrastra desde entonces.

El sexto sentido arranca en la peor noche de la vida de Malcolm Crowe, un psicólogo infantil de Filadelfia al que la ciudad acaba de homenajear por su trabajo. Un antiguo paciente, Vincent Gray, irrumpe en la casa que Crowe comparte con su mujer, le acusa de haberle fallado cuando era niño y le dispara. La historia se retoma meses después, con Crowe de nuevo en la consulta y volcado en un caso nuevo que se parece de forma incómoda al antiguo: Cole Sear, un niño menudo y retraído que está aislado en el colegio, asustado en casa y que, a todas luces, carga con algo que no se atreve a decir en voz alta.

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Lo que Cole acaba confesando es la frase por la que la película se hizo célebre: «En ocasiones veo muertos». Los muertos, explica, caminan entre los vivos sin saber que están muertos, y quieren algo de él. Crowe tiene que decidir si el niño está enfermo, traumatizado o si dice la verdad, y si ayudarle podría saldar la deuda que todavía siente que tiene con Vincent Gray. A su alrededor, dos hogares están al límite. La madre de Cole, Lynn, lo cría sola y no logra entender qué le está pasando a su hijo, y el matrimonio de Crowe con Anna se ha sumido en un silencio que ninguno de los dos parece capaz de nombrar.

Un guion sin encargo y un tercer largometraje

El sexto sentido fue escrita y dirigida por M. Night Shyamalan, nacido en la India y criado en Penn Valley, a las afueras de Filadelfia, la ciudad en la que ha ambientado casi todas sus películas. Era su tercer largometraje. El primero, Praying with Anger (1992), fue un pequeño drama autobiográfico rodado en la India; el segundo, Wide Awake (1998), una amable comedia dramática sobre un colegial católico que busca pruebas de la existencia de Dios tras la muerte de su abuelo, tuvo un estreno accidentado y apenas encontró público.

El guion que cambió su carrera se vendió a Disney, al parecer por unos 3 millones de dólares, con la condición de que el propio Shyamalan lo dirigiera. La película la estrenó el sello Hollywood Pictures de Disney y la cofinanció Spyglass Entertainment, en la que fue la primera producción de la compañía, y la produjeron Kathleen Kennedy, Frank Marshall y Barry Mendel. Sobre el papel era un thriller sobrenatural de presupuesto medio, con una estrella de cine como protagonista y un director con dos títulos casi inadvertidos a sus espaldas. En la ventana de estrenos de finales de verano de agosto de 1999, las expectativas eran modestas.

Bruce Willis a contracorriente y un protagonista de diez años

Bruce Willis llegaba como una de las mayores estrellas de acción de Hollywood, una década después de La jungla de cristal y un año después de Armageddon, con Pulp Fiction y Doce monos como prueba de que podía asumir material más extraño. Darle el papel de un terapeuta de voz suave que pasa la mayor parte de la historia escuchando en lugar de actuar fue la primera apuesta silenciosa de la película, y Willis volvería dos veces al universo de Shyamalan: en El protegido (2000) y, casi dos décadas más tarde, en Glass (2019).

El peso de la historia, sin embargo, recae en Haley Joel Osment, que tenía unos diez años cuando se rodó la película y ya era conocido como el hijo del personaje de Tom Hanks en Forrest Gump (1994). El papel de Cole le valió una nominación al Oscar al mejor actor de reparto con once años, además de una nominación al Globo de Oro. Toni Collette, la actriz australiana que se había dado a conocer con La boda de Muriel (1994), interpreta a Lynn Sear y fue nominada al Oscar a la mejor actriz de reparto; su escena con Osment en un coche atascado en un embotellamiento es la que más se destaca cuando se habla de la película. Olivia Williams, recién salida de Academia Rushmore (1998), interpreta a Anna Crowe, y Donnie Wahlberg da vida a Vincent Gray en el prólogo.

El sexto sentido (1999)
El sexto sentido (1999)

Pistas a la vista de todos

El diseño de la película se articula en torno a una única revelación, y la razón por la que sigue funcionando para quienes ya la conocen es que no se esconde nada. Shyamalan siembra las pistas en los diálogos y en la puesta en escena desde el primer acto, y ha explicado en entrevistas que reservó el rojo para los momentos en que el mundo de los muertos roza el de los vivos. Ese uso del color se ha convertido en uno de los detalles más comentados de la película, precisamente porque solo se vuelve legible una vez que se conoce el final.

Shyamalan se rodeó de profesionales experimentados. El director de fotografía fue Tak Fujimoto, que había rodado El silencio de los corderos para Jonathan Demme; la música corrió a cargo de James Newton Howard, el inicio de una colaboración que se prolongaría en El protegido, Señales, El bosque y La joven del agua; y el montador fue Andrew Mondshein, cuyo montaje fue nominado al Oscar. Es una película de género hecha con el equipo de un drama de prestigio, y su reputación descansa tanto en esa combinación como en el giro final.

El sexto sentido (1999)
El sexto sentido (1999)

Seis nominaciones, ningún Oscar y una marca

La taquilla superó con creces las previsiones. El sexto sentido debutó en el número uno en Estados Unidos y se mantuvo ahí cinco fines de semana consecutivos, impulsada en buena medida por el boca a boca y por espectadores que querían volver a verla una vez conocido el final. Terminó con cerca de 300 millones de dólares en Norteamérica y unos 670 millones en todo el mundo, solo por detrás de Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma entre los estrenos de 1999, y se convirtió en uno de los thrillers más taquilleros de la historia.

En los Oscar recibió seis nominaciones: mejor película, mejor dirección, mejor guion original, mejor actor de reparto para Osment, mejor actriz de reparto para Collette y mejor montaje. No ganó ninguna, en el año de American Beauty. El premio más duradero fue una identidad pública para su director. A partir de la siguiente película, M. Night Shyamalan se vendió como el cineasta del giro final, y cada estreno, de El protegido y Señales a El bosque, se recibió en parte como un juego de adivinanzas. Esa etiqueta ayudó a vender entradas durante años y se convirtió en un lastre en la década de 2000, hasta que La visita (2015), Múltiple (2016) y Glass lo reconciliaron con un público más amplio, las dos últimas regresando al universo de El protegido.

Por qué se sigue redescubriendo

«En ocasiones veo muertos» entró en la lista del American Film Institute de las 100 mejores frases del cine, y el final llegó a ser tan conocido que la película es una de las más destripadas de la cultura popular, parodiada en sketches y citada en otras películas durante más de dos décadas. Esa omnipresencia es un destino curioso para una historia cuya estructura depende de la sorpresa, y explica por qué tantos análisis posteriores de El sexto sentido se centran menos en la revelación en sí que en el cuidado con el que se preparó.

También ha adquirido un peso distinto en la filmografía de Bruce Willis. En 2022 su familia anunció que se retiraba de la interpretación tras un diagnóstico de afasia, actualizado más tarde a demencia frontotemporal, y El sexto sentido se cita a menudo como el ejemplo más claro del registro que demostró fuera del cine de acción. Para Osment y Collette sigue siendo el papel más asociado a sus nombres, incluso después de las largas carreras que vinieron a continuación, la de Collette con un regreso al terror familiar en Hereditary (2018).

Vista hoy, El sexto sentido ocupa un lugar poco habitual: una película de terror cuyos elementos más recordados son una madre, un niño y un matrimonio, y una película de giro final a la que el público vuelve cuando el giro ya no es una sorpresa. Que funcione como historia de fantasmas o como drama familiar con fantasmas dentro quizá dependa de qué mitad recuerde cada espectador. En cualquier caso, es la película que definió cómo se vería, y se juzgaría, a M. Night Shyamalan durante el resto de su carrera.

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