Cine

El traficante, el retrato del negocio oculto detrás de la rehabilitación

Martha O'Hara

La luz de las oficinas de un body broker no parpadea. Arde — blanca, fluorescente, idéntica a la de los servicios de urgencias, las comisarías y los despachos traseros de las aseguradoras. John Swab lo entendió cuando rodó El traficante en 2021: la gramática visual de la explotación es indistinguible de la gramática visual del cuidado. Las mismas sillas de plástico. Los mismos techos bajos. El mismo personal con tarjetas identificativas y voces tranquilizadoras.

Utah (Jack Kilmer) descubre esa gramática desde adentro. Un joven en proceso de recuperación de la adicción, es reclutado para el sistema de los corredores de pacientes — la práctica por la que ciertos intermediarios cobran comisiones por derivar adictos a centros de tratamiento específicos. A lo largo de Estados Unidos, especialmente en Florida y California durante el pico de la crisis de los opiáceos, esto no era metáfora sino industria. Los centros facturaban a las aseguradoras tratamientos que a veces ocurrían y a veces no. Los enfermos se convertían en mercancía. La infraestructura de la recuperación se convertía en la infraestructura del fraude.

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Swab, que también firma el guión, mantiene el encuadre deliberadamente seco. El traficante no tiene interés en la retórica de la sanación; le interesa la retórica de la venta. La película observa a sus personajes con la paciencia de un documental — las paredes beis, la luz de los aparcamientos, el lenguaje casual de las transacciones realizadas en nombre de la recuperación. Cuando la novia de Utah, Wood (Alice Englert), entra también en el negocio, el film aprovecha su complicidad creciente no para dar lecciones morales sino para observar: así es como la gente corriente se convierte en instrumento de un sistema que nunca fue diseñado para ayudar a nadie.

Las interpretaciones son el argumento más sólido de la película. Michael K. Williams — fallecido en septiembre de 2021, el mismo año del estreno — aporta a Vin su inconfundible combinación de amenaza y calidez: un veterano del negocio que ha racionalizado su trabajo hasta convertirlo en algo parecido a una filosofía. Melissa Leo como May navega los niveles superiores del sector con una frialdad profesional que resulta más inquietante que cualquier villano explícito. Jack Kilmer sostiene a Utah con una naturalidad que evita el cliché de la redención; Frank Grillo completa el reparto con la autoridad de quien conoce el peso de las escenas.

La fotografía gana con su contención. Hay algo casi documental en el modo en que Swab encuadra los espacios institucionales — los centros de rehabilitación que podrían estar en cualquier parte, las carreteras entre ningún sitio y ningún sitio, la luz que no hace ningún esfuerzo por ser hermosa. Esa elección es el argumento visual del film: este tipo de explotación no necesita iluminación dramática. Opera bajo la luz ordinaria que siempre ha iluminado el comercio ordinario.

El traficante llegó a principios de 2021 sin despertar la atención de los grandes circuitos de premios — inevitable, quizás, para una película independiente de bajo presupuesto sobre un tema que incomoda a la industria. El asunto no era hipotético: el tráfico de pacientes fue objeto de investigaciones federales, persecuciones estatales y testimonios ante el Congreso en Estados Unidos. Swab hizo un documento tanto como un drama, y las limitaciones de la obra — un segundo acto que pierde ocasionalmente la economía tensa de su apertura — nunca son suficientes para deshacer lo que logra: un retrato preciso de un fracaso americano preciso.

Dirección

John Swab
Photo via The Movie Database (TMDB)

John Swab

Fotos: The Movie Database (TMDB)

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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