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Flora and son: una guitarra rescata una historia familiar rota

Molly Se-kyung
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La guitarra maltrecha apoyada contra la pared del apartamento de Flora es un símbolo perfecto para Flora and Son.

Es un objeto abandonado, como el vínculo entre madre e hijo, pero también una herramienta de redención, capaz de transformar lo roto en algo hermoso. John Carney (Once, Sing Street) regresa con otra película donde la música no es solo un acompañamiento, sino el corazón latiente de una historia familiar fracturada. Sin embargo, esta vez, el instrumento que sostiene la narrativa —y las emociones del público— es una guitarra rescatada del contenedor de basura de alguien más.

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La premisa es sencilla pero efectiva: Flora (Eve Hewson), una madre soltera agotada y con un trabajo exigente como limpiadora, lucha por conectar con su hijo adolescente Max (Orén Kinlan), un pequeño delincuente con un corazón oculto bajo capas de rebeldía. Después de que la policía sugiera encontrarle a Max una actividad extracurricular para mantenerlo fuera de problemas, Flora rescata una guitarra vieja y decide inscribirse en clases de guitarra en línea con Jeff (Joseph Gordon-Levitt), un músico fracasado en Los Ángeles. Lo que comienza como un intento desesperado por salvar a su hijo se convierte en un viaje de autodescubrimiento para ambos.

Donde Flora and Son brilla es en su uso del sonido y la música como lenguaje emocional. Las canciones originales de Carney y Gary Clark no solo impulsan la narrativa, sino que también actúan como un puente entre Flora y Max. La secuencia donde Max, finalmente, toma la guitarra y toca con su madre es el punto culminante emocional de la película, una escena que justifica por sí sola la existencia del filme. Hewson, quien ya sabía tocar la guitarra antes de filmar, entrega una actuación cruda y auténtica, especialmente en las escenas donde su personaje lucha contra sus propios demonios mientras aprende a tocar. Su interpretación es visceral, llena de matices y vulnerabilidades que hacen creíble cada nota que toca.

La química entre Hewson y Kinlan es otro punto fuerte de la película. Aunque Max es un adolescente problemático, hay momentos en los que su relación con Flora se siente genuina y dolorosamente real. Kinlan captura la esencia del niño perdido, atrapado entre la ira y el deseo de conexión, mientras que Hewson transmite la desesperación de una madre que quiere lo mejor para su hijo pero no sabe cómo llegar a él.

Sin embargo, el mayor problema de Flora and Son es que se siente como un ejercicio de repetición. Carney ha contado esta historia antes —un músico no convencional encuentra redención a través de la música— y aunque los detalles son refrescantes, la estructura general carece de sorpresa. La película sigue un arco narrativo predecible: el conflicto inicial, los pequeños triunfos, el punto de quiebre emocional y la resolución satisfactoria. Incluso los momentos más emotivos —como cuando Flora canta frente a su hijo por primera vez— se benefician más de la química entre Hewson y Kinlan que de cualquier elección técnica audaz.

Gordon-Levitt, por otro lado, está subutilizado. Su personaje de Jeff es un cliché del músico callejero con corazón de oro, un arquetipo que el actor no logra elevar más allá de lo esperable. A pesar de su talento y carisma, Jeff se queda en la superficie, sin profundidad emocional ni desarrollo significativo. Es una lástima, porque Gordon-Levitt tiene el potencial para mucho más.

La fotografía y la dirección son sólidas pero no innovadoras. Carney juega con planos cerrados para enfatizar la intimidad entre Flora y Max, pero las decisiones visuales rara vez van más allá del manual de cine independiente contemporáneo. La película se beneficia de su ambientación en Dublin, que añade un toque de autenticidad y calidez, pero carece de momentos visualmente impactantes o técnicas narrativas arriesgadas.

Flora and Son es una película dirigida a los amantes de las historias musicales íntimas y emotivas. No busca reinventar el género, sino ofrecer una experiencia reconfortante y familiar. Es un filme para quienes disfrutan de las películas donde la música cura heridas emocionales y donde los personajes encuentran su camino a través del sonido. Sin embargo, para aquellos que buscan algo más innovador o arriesgado, Flora and Son puede sentirse demasiado predecible.

En comparación con otras películas de Carney, como Once o Sing Street, Flora and Son carece del encanto único y la frescura que hicieron de esas cintas experiencias memorables. Aunque tiene sus momentos brillantes, no logra elevarse por encima del género para convertirse en una obra esencial.

La música, sin embargo, sigue siendo el verdadero protagonista de la película. Las canciones originales son pegajosas y emotivas, y aunque no todas son memorables, cumplen su función dentro de la narrativa. La banda sonora, compuesta por Gary Clark, es un elemento clave que une a los personajes y guía al público a través de sus emociones.

En conclusión, Flora and Son es una película agradable pero predecible. Tiene momentos emotivos y actuaciones sólidas, especialmente de Eve Hewson y Orén Kinlan, pero carece de la originalidad y el riesgo necesarios para destacar en un género ya saturado.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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