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Carney enfrenta a Paul Rudd y Nick Jonas por la autoría de un éxito en «Letras robadas»

Veronica Loop

Todo gran éxito tiene al menos a dos personas convencidas de haberlo hecho solas. La nueva película de John Carney hurga en esa herida y se niega a cerrarla. Rick es un cantante de bodas cuyos mejores años quedaron atrás, que trabaja salas llenas de desconocidos que no han ido a escucharlo. Danny es una estrella de boy band que ve cómo se apaga su propia fama. Se conocen en un bolo, conectan en una jam de madrugada y, al poco, Danny coge una de las canciones de Rick y la convierte en el éxito que relanza toda su carrera. A Rick le queda la autoría y ninguna de las luces.

Carney ha construido su carrera sobre la música como rescate, eso que saca a la gente corriente de vidas pequeñas y le da una segunda oportunidad. «Letras robadas» trata la música como propiedad. A la película le importa menos si la canción es buena que quién tiene derecho a ponerse delante de ella, y ese giro convierte una premisa cálida en un agravio. Rick la escribió en una trastienda. Danny la cantó en todas las pantallas del país. Ni la ley ni la cultura se han puesto nunca de acuerdo sobre cuál de los dos la posee de verdad.

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El reparto es el argumento más alto que lanza la película antes de que nadie compre una entrada. Paul Rudd, el tipo simpático más resistente de la comedia estadounidense, da vida a un hombre al que va vaciando por dentro la certeza de que lo han robado, y eso pone a prueba si esa simpatía sin fondo puede sostener a un personaje tan mezquino y tan herido. Nick Jonas, producto genuino de la maquinaria de las boy bands, interpreta una versión apagada de lo que él mismo fue. La película apuesta a que el público entra sabiendo su biografía y lee a Danny a través de ella. Es la clase de elección de reparto que escribe medio guion antes de que se pronuncie una palabra.

Las películas anteriores de Carney comparten un mismo artículo de fe: que coger un instrumento con el desconocido adecuado puede salvarte. Los músicos callejeros de Dublín de su debut, el adolescente que monta una banda para conquistar a una chica, la madre soltera que aprende guitarra por videollamada; todas aterrizan en la carga redentora de la jam. «Letras robadas» conserva la jam y luego envenena todo lo que viene después. La canción que une a Rick y a Danny es la misma que los enfrenta, y eso quizá sea lo más afilado que Carney ha hecho jamás con su escena favorita.

El debate de fondo es uno que la industria musical no ha resuelto nunca. Quien interpreta una canción rara vez es la única persona que la hizo, y el hueco que separa escribirla de cantarla es donde viven las carreras y los pleitos. El pop funciona sobre ese hueco. Al hacer autor a un cantante de bodas y cara visible a una estrella del pop, Carney saca a la luz la contabilidad de bambalinas. Una power ballad está diseñada para el gallinero, hecha para que parezca de quien sostiene el micrófono. La película pregunta qué ocurre cuando quien sostiene el micrófono no es quien escribió la letra.

El momento le viene a favor. El pop lleva varias temporadas discutiendo en público exactamente esto: quién posee una grabación maestra, a quién corresponde el crédito de composición, qué se le debe a un artista por un trabajo que enriqueció a otro. Una película sobre un compositor que intenta recuperar su propia canción llega a una cultura ya predispuesta a tomar partido. Carney no tiene que explicarle el conflicto a nadie que haya visto esas peleas desbordarse por las galas de premios y los juzgados.

Lo que a la película le queda por demostrar es que Carney sabe ser lo bastante cruel como para honrar su propia premisa. Su instinto es la reconciliación, y sus filmes tienden a perdonar a casi todos antes de los créditos. La sinopsis promete que Rick arriesgará todo lo que le importa por recuperar el crédito, un motor más oscuro de lo que Carney suele manejar. Si el tercer acto disuelve esa obsesión en un abrazo y un dúo final, la historia se desploma de vuelta en el consuelo que venía a interrogar. El tráiler protege su final y no suelta nada sobre por dónde tiró.

Paul Rudd es Rick Power y Nick Jonas es Danny Wilson, junto a Peter McDonald como Sandy, Marcella Plunkett como Rachel y Rory Keenan como Binzer. Carney firma guion y dirección, de nuevo en ese registro de comedia musical que ha definido casi toda su obra. La película dura alrededor de una hora y cuarenta minutos, lo justo para mantener la disputa claustrofóbica en lugar de dejar que se disperse en subtramas.

«Letras robadas» (Power Ballad en el título original) se estrena en los cines de España el 26 de junio, como estreno de sala y no como un lanzamiento discreto en streaming. Es lo que pide una película sobre quién se lleva el mérito en una sala llena. Quiere cuerpos a oscuras viendo a dos hombres pelear por una canción que todo el cine tarareará a la salida. La apuesta es que la calidez de Carney, sumada a un gancho más afilado de lo que suele permitirse, convoque al mismo boca a boca que sostuvo sus películas anteriores. Sobre el papel, es su pareja más comercial hasta la fecha. La única pregunta abierta es si estuvo dispuesto a hacer daño.

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