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Hannah Waddingham, protagonista y asesina: no es una reinvención, es la televisión poniéndose a su altura

Liv Altman

Hay un tipo concreto de estrella a la que la cultura suele presentar como una incorporación tardía, como si hubiera estado escondida en vez de trabajando. Hannah Waddingham es la última en recibir ese trato: la imponente dueña de un club de Ted Lasso, ahora al frente de su propia comedia de acción como una asesina que se mueve como quien ha hecho sus propias caídas. El relato que la rodea es cálido y levemente condescendiente: un resurgir, una reinvención, un cuento de hadas de mediana edad. Pasa por alto la historia real, más aburrida y más condenatoria. Su registro nunca estuvo en duda. La espera, sí.

Waddingham no descubrió la amenaza, la comedia física ni la autoridad en una lista de reparto de una plataforma de streaming. Construyó las tres cosas en el West End, donde encadenó años de nominaciones a los Olivier por cantar a Sondheim y desplegar su sensualidad en Spamalot mucho antes de que un algoritmo decidiera que era rentable. La memoria de la televisión es corta: la intérprete a la que ahora trata como una revelación es la misma que se alzaba sobre Cersei Lannister y siseaba una sola palabra, «vergüenza», en una de las escenas más citadas de Game of Thrones. Lo que cambió no fue su instrumento. Lo que cambió fue la disposición de la industria a colocar a una mujer de más de cincuenta años en lo más alto del reparto, en lugar de convertirla en la grotesca del tercer acto de otra persona.

Esta es la temporada en la que, por fin, las cuentas le salen a su favor. En Ride or Die protagoniza junto a Octavia Spencer el papel de una asesina de élite que sigue trabajando porque nunca ha aprendido a parar; un personaje escrito para alguien capaz de rebajar una muerte con un chiste y hacer que ambas cosas funcionen. De vuelta en Richmond, Rebecca Welton regresa para la cuarta temporada de Ted Lasso, el personaje que enseñó por primera vez a un público masivo que Waddingham podía ser regia y vulnerable al mismo tiempo. Dos papeles protagonistas, dos plataformas, una intérprete a la que el medio pasó la mayor parte de una década clasificando como «inolvidable como secundaria».

Hay una genealogía que merece la pena señalar, porque ahí reside la cuestión. La actriz formada en el teatro que pasa años siendo calificada de maravillosa en todo hasta que la escritura para la pantalla se pone a su altura no es una figura nueva: es el perfil de una Maggie Smith o una Angela Lansbury, registros completos que aguardaron a que alguien encontrara el vehículo adecuado. Lo nuevo es el propio vehículo. Los papeles protagonistas que han consagrado a Waddingham no son lacrimógenos dramas de prestigio concebidos para halagar a una gran dama; son una comedia deportiva y una aventura de asesinos con pasaportes sellados, el tipo de género que antes reservaba sus papeles más importantes para los hombres y sus planos de reacción para las mujeres que tenían al lado.

La pista está en cómo la maquinaria todavía no sabe dónde encasillarla. Ride or Die es acción, aventura y comedia a la vez, una serie cuya propia presentación no logra decidir si ella es la luchadora o la graciosa; y las críticas hacen un reparto salomónico, elogiando el tempo cómico y la contundente coreografía de las peleas en la misma frase. Esa negativa a ocupar una sola casilla es precisamente el registro que la cultura sigue confundiendo con una sorpresa. Una mujer capaz de recibir una paliza ante la cámara, rematar el chiste mientras cae y sostener el primer plano después no es confusa. Las categorías simplemente se construyeron demasiado pequeñas para ella, y siempre lo habían sido.

Tiene cincuenta y un años, recibe golpes de verdad en pantalla en vez de delegarlos en una especialista, e ITV ya la ha contratado como una aristócrata intrigante en un nuevo Tom Jones: las ofertas, por fin, tan grandes como el talento que llevaba ahí todo el tiempo. El relato de la reinvención quiere hacer creer que esperaba permiso. Lo único que esperaba era que los papeles crecieran hasta estar a su altura.

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