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J.F.K.: Caso Abierto — Oliver Stone y el arte del montaje como arma

Martin Cid

Oliver Stone reconstruye la investigación del fiscal Jim Garrison sobre el asesinato de Kennedy y convierte el montaje cinematográfico en un alegato político que la historia oficial todavía no ha podido desactivar del todo.

Jim Garrison, fiscal del distrito de Nueva Orleans, decide que la versión de la Comisión Warren sobre el asesinato de John F. Kennedy no cuadra. Lo que arranca como una investigación local sobre un grupo de hombres vinculados a Lee Harvey Oswald se convierte, en manos de Oliver Stone, en una espiral que alcanza al mundo del hampa, los exiliados cubanos, la inteligencia estadounidense y, en el tramo más audaz de la película, al propio complejo militar-industrial. El juicio a Clay Shaw, que Garrison perdió, es el escenario final: el alegato ante el jurado es el de Stone tanto como el del fiscal.

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Kevin Costner da vida a Garrison con una mesura que le viene bien al personaje: no es un fanático sino un funcionario con una certeza inamovible. Tommy Lee Jones compone a Clay Shaw con una elegancia fría y ligeramente teatral que hace difícil saber qué hay detrás. Gary Oldman aparece brevemente como Oswald y construye en poco tiempo un personaje completo: un hombre nervioso, tragado por fuerzas que lo superan. Donald Sutherland protagoniza la escena más teatral de la película —un monólogo en un parque de Washington que es, en realidad, el corazón del argumento de Stone— y Sissy Spacek mantiene el peso del hogar con la dignidad que le deja el guion.

Lo que hace grande a JFK: Caso Abierto no es si la conspiración existió. Es el montaje. Joe Hutshing y Pietro Scalia ganaron el Oscar de edición, y se nota en cada corte: Stone mezcla imágenes de archivo en blanco y negro con reconstrucciones rodadas en color y drama de ficción en secuencias que primero desorientan y luego encajan. Cada yuxtaposición es una sugerencia de causa y efecto. Eso no es decoración: es el argumento. Stone convierte el lenguaje del cine —la elipsis, el raccord, el inserto— en una forma de pensamiento político.

La partitura de John Williams es inusualmente contenida: elegíaca, sin triunfalismos, como si la música también supiera que este juicio no tiene un final nítido. Costner mantiene esa misma temperatura durante tres horas. El resultado es un thriller político que no seduce con adrenalina sino que convence por acumulación.

Garrison perdió. Shaw fue absuelto. La película vive en ese territorio incómodo donde la derrota judicial convive con la victoria cinematográfica. Si el argumento histórico se sostiene es una pregunta que Stone dejó deliberadamente sin responder. Lo que ofrece en cambio es un alegato formal sobre lo que el cine puede hacer con el silencio oficial, y tres horas de demostración de que Stone había dominado ese idioma.

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