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El cañón de Otomo: violencia sin redención

Martin Cid
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El cañón que destrozó el Akabeko en Rurouni Kenshin: The Final (2021) no fue solo un ataque de Yukishiro Enishi contra Himura Kenshin, sino también una declaración de intenciones del director Keishi Otomo: esta película iba a ser más violenta, más visceral y más despiadada que sus predecesoras. Y vaya si lo cumplió. La escena inicial, con sus planos en cámara lenta de la metralla impactando contra carne humana, estableció un tono crudo que persistiría durante los siguientes dos horas y media. Pero el problema no era solo la sangre: era el mensaje implícito. Enishi, interpretado por Mackenyu con una intensidad casi febril, no quería matar a Kenshin (Takeru Satoh). Quería hacerle sufrir exactamente como él había sufrido tras la muerte de Tomoe, su hermana y esposa de Kenshin. Aquí Otomo cometió un error clave: en lugar de desarrollar el conflicto moral de su protagonista—un asesino que busca redención—, se enfocó demasiado en el dolor físico.

El núcleo del filme reside en ese triángulo amoroso trágico entre Tomoe, Kenshin y Enishi. Sin embargo, la película falla al presentar este conflicto como una novedad narrativa cuando ya había sido explorado en profundidad en Rurouni Kenshin: The Legend Ends (2014). Los flashbacks, aunque visualmente impactantes con su filtrado en blanco y negro, se sienten redundantes. Peor aún, la revelación de que Tomoe fue una espía del Shogunate y que su relación con Kenshin comenzó como un engaño carece del peso emocional necesario porque ya habíamos visto esta historia antes. La película asume que el público no recuerda los detalles, lo cual es un insulto a la inteligencia de los fans.

Donde The Final sí brilla es en su coreografía de acción. Las secuencias de combate, especialmente el duelo final entre Kenshin y Enishi en la mansión del mafioso, son obras maestras técnicas. Otomo utiliza planos secuencia que permiten apreciar cada movimiento de espada con claridad cristalina, algo raro incluso en películas de artes marciales más modernas. La batalla contra Wu Heishin (Takuma Otoo) es particularmente memorable: el uso del espacio cerrado para limitar los movimientos de los combatientes crea una tensión palpable.

Sin embargo, la película sufre de un problema estructural grave: la inclusión tardía de personajes como Aoshi Shinomori (Yusuke Iseya) y Misao Makimachi (Tao Tsuchiya). Aunque su presencia es necesaria para cerrar arcos argumentales iniciados en películas anteriores, sus apariciones interrumpen el flujo narrativo sin aportar desarrollo significativo. La escena donde Aoshi ayuda a Kenshin durante los ataques de Enishi, por ejemplo, parece más un guiño a los fans que una contribución real al conflicto central.

El reparto mantiene el nivel alto que caracterizó a la trilogía original. Takeru Satoh sigue siendo un Kenshin convincente: su interpretación transmite tanto la culpa del protagonista como su determinación de proteger a quienes ama sin necesidad de diálogo excesivo. Mackenyu roba escenas como Enishi, logrando equilibrar una furia casi animal con momentos de vulnerabilidad que humanizan al villano. Emi Takei (Kaoru) y Munetaka Aoki (Sanosuke) consolidan sus personajes con química creíble, aunque sus arcos individuales quedan algo eclipsados por el enfrentamiento central.

La banda sonora es otro punto fuerte. «Renegades» de One Ok Rock, la canción principal, funciona como un himno épico que acompaña las escenas de acción sin caer en lo bombástico. El resto del álbum, compuesto por Naoki Satō, equilibra el drama intimista con la intensidad requerida para las batallas.

Pero hay dos decisiones creativas que merecen especial atención negativa. La primera es el uso excesivo de efectos digitales en algunas secuencias de acción, especialmente durante los ataques a gran escala contra Tokio. Los explosiones CGI y los edificios colapsando carecen del impacto físico que tendría un enfoque más práctico. La segunda es la resolución del conflicto entre Kenshin y Enishi: aunque emocionalmente satisfactoria, se siente anticlimática después de tanta buildup.

Rurouni Kenshin: The Final tiene un problema de identidad: intenta ser tanto un cierre emocional para la franquicia como una película de acción independiente. Termina siendo un híbrido desigual que satisface a los fans pero no convence a nuevos espectadores. La película asume que el público ya conoce y ama estos personajes, lo cual limita su atractivo.

La dirección de Otomo es competente pero no innovadora. Utiliza técnicas visuales efectivas (como los planos en cámara lenta durante los ataques) pero carece del estilo distintivo que elevó las películas anteriores. Donde The Legend Ends exploraba temas como la redención y el perdón con profundidad psicológica, The Final se enfoca demasiado en la acción a expensas del desarrollo de personajes.

En última instancia, esta película está dirigida principalmente a los fans de la franquicia. Quienes no hayan visto las películas anteriores encontrarán difícil seguir la trama o conectar emocionalmente con los personajes.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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