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Kane Parsons convierte su Backrooms viral en cine con Renate Reinsve y Chiwetel Ejiofor

Veronica Loop

Backrooms empezó siendo una imagen, no una historia. Una sola fotografía de una planta de oficinas vacía, fluorescentes zumbando sobre una moqueta amarilla y húmeda, salas que se prolongaban más allá del encuadre y parecían no terminar nunca. Ni gente. Ni una puerta de salida. Internet miró esa imagen y decidió que era un lugar al que se podía caer, algo escondido justo detrás de las paredes de la vida corriente. Kane Parsons construye su primera película sobre la idea de que ese lugar siempre fue real y de que la entrada llevaba todo este tiempo en el sótano de una tienda de muebles.

El punto de partida es casi anodino, y ahí reside la clave. Clark, un vendedor de muebles cuya tienda se hunde, encuentra una puerta que no debería existir y la cruza. No regresa. Mary, la terapeuta que lo trataba, se niega a aceptar que una persona pueda restarse del mundo sin más, y entra tras él. Lo que la espera es Backrooms tal como lo imaginó la red: un laberinto de pasillos idénticos, una arquitectura sin función ni final, y la certeza creciente de que algo allí dentro ya la ha oído llegar.

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El reparto es donde la película declara sus intenciones. Renate Reinsve, que hizo inolvidable la indecisión cotidiana en La peor persona del mundo, interpreta a Mary como una profesional que intenta aplicar la calma clínica a una situación sin precedente en ningún manual. Chiwetel Ejiofor dota a Clark de la dignidad cansada de un hombre cuya verdadera crisis empezó mucho antes que la sobrenatural. Mark Duplass, Finn Bennett y Lukita Maxwell ocupan las salas que los rodean. Ninguno procede de una franquicia de terror. Son actores de drama, y ficharlos indica que la película quiere que la creas antes de intentar asustarte.

Esa ambición sorprende viniendo de donde viene Parsons. Levantó Backrooms como una serie de metraje encontrado en YouTube siendo todavía un adolescente, firmando como Kane Pixels, y la vio acumular decenas de millones de visitas y todo un ecosistema de imitadores. Es su debut en el largometraje, hecho con A24, y pertenece a una categoría que apenas existía: el creador que adapta su propio mito viral a una película de estudio mientras la plataforma que lo lanzó sigue emitiendo los originales gratis. Hollywood lleva años exprimiendo el terror de internet en busca de propiedad intelectual. Rara vez le ha devuelto el presupuesto a quien inventó la cosa.

Lo que está en juego corre en dos direcciones. Para A24, la película mide si su instinto para el terror de prestigio funciona con una propiedad que su base de seguidores ya conoce sin pagar, y si ese público de partida acudirá a una sala por algo que siempre ha visto a solas en un móvil. Para la narrativa nacida en internet, es un referéndum sobre si una forma construida sobre el anonimato, la brevedad y el desasosiego puede crecer hasta el largometraje sin perder la textura que la hizo propagarse. Un éxito convierte la creepypasta en material de origen legítimo. Un fracaso confirma la sospecha de que algunos de estos mitos solo funcionan a la medida de un clip.

El peligro está escrito en el material de partida. Backrooms funcionaba precisamente porque no explicaba nada. Su terror era duración y ausencia: metraje vacío, aire muerto, la idea de que lo más aterrador de un espacio infinito es que nunca llega nada. Un largometraje no puede sostener esa línea durante todo su metraje. Necesita una protagonista con un objetivo, una amenaza con cierta lógica, un rescate con consecuencias, y cada una de esas adiciones admite en voz baja que el vacío por sí solo no podía cargar con una película. Si Parsons conserva el desasosiego una vez que empieza a responder preguntas es lo único que ni el tráiler ni la premisa pueden prometer.

La prueba real es si el vacío sobrevive a la trama

Todo lo que hace legible Backrooms como película va en contra de lo que la hacía aterradora como contenido de feed. La versión en internet no tenía protagonista porque quería que sintieras que nadie venía a buscarte. La película te da a Reinsve para seguirla, lo cual es a la vez un alivio y una concesión. Los pasillos, al menos, son los correctos. El tráiler confirma el amarillo enfermizo, la moqueta, las luces que zumban y nunca terminan de apagarse. La pregunta abierta es si Parsons confía en que el espectador se quede dentro de ese espacio como lo hacían sus suscriptores, o si una película de estudio le obliga a mantener la historia en marcha por salas que se diseñaron para que la gente se detuviera.

Una pequeña leyenda de internet con un reparto serio

Los principales acreditados son Renate Reinsve, Chiwetel Ejiofor, Mark Duplass, Finn Bennett y Lukita Maxwell, con Parsons dirigiendo a partir de su propia historia. Sobre el papel es un terror-misterio contenido con marco de ciencia ficción, el tipo de cine de género disciplinado con el que A24 se ha hecho un nombre. Lo que la hace digna de atención no es el tamaño del presupuesto, sino la naturaleza del experimento: una pieza de folclore puramente digital, devuelta a quien la creó y obligada a comportarse como una película.

Backrooms: Sin Salida dura 110 minutos y se estrena en cines españoles el 5 de junio de 2026, con el resto de fechas internacionales repartidas a lo largo del inicio del verano. Parsons ya ha demostrado que puede hacer que millones de personas miren una sala vacía y se sientan observadas. El largometraje plantea la pregunta más difícil y la responde en público: si seguirán mirando cuando la sala tenga por fin algún sitio al que llevarlas.

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