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Kiyoshi Kurosawa mete un enigma de cuarto cerrado en un asedio en The Samurai and the Prisoner

Martha O'Hara

La imagen está casi inmóvil. Un señor se yergue bajo el alero de su propio castillo, con un cuello de piel pesándole en los hombros, su esposa a su lado como una pálida forma de seda, y tras ellos la piedra gris retiene la luz como una habitación retiene un aliento contenido. Nada se mueve, y todo está ya perdido. Esa es la clave visual que Kiyoshi Kurosawa coloca al frente de The Samurai and the Prisoner, estrenada en Japón como Kokurojo, la primera película de época de un cineasta que ha pasado su carrera haciendo que las habitaciones corrientes parezcan embrujadas.

Lo que ha construido es un asedio que se vuelve hacia dentro. El castillo de Arioka está rodeado, las provisiones menguan, la lealtad se pudre desde el interior, y en su mazmorra se sienta un estratega capturado al que el señor se niega a matar. Cuando muertes inexplicables empiezan a recorrer el recinto, el gobernante acorralado baja hasta la celda y le pide a su prisionero que las descifre. La guerra permanece casi siempre fuera de campo. Lo que filma Kurosawa es la fría geometría de un espacio cerrado y dos hombres razonando a ambos lados de los barrotes.

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El reparto dice qué clase de película quiere ser esta, y no es una de batallas. Masahiro Motoki interpreta a Araki Murashige, el señor cuya entereza es solo una fina laca sobre el pánico, y carga el papel como carga el peso en el primer plano, despacio y desde dentro. Masaki Suda es Kuroda Kanbei, el brillante táctico abandonado a pudrirse en la oscuridad, y la película vuelve una y otra vez a su rostro en la penumbra, una mente que va más rápido que las manos que le niegan. Yuriko Yoshitaka, como la esposa del señor, sostiene la cámara en las largas pausas en que nada se dice. Son interpretaciones interiores, encuadradas para el encierro y no para el campo de batalla.

Que Kurosawa llegue al pasado es aquí el verdadero acontecimiento. Su obra más conocida es fría y moderna, relatos de fantasmas y películas de investigación donde la amenaza es atmosférica antes que física, donde un pasillo o una mancha en la pared ejercen la inquietud. Llevar esa sensibilidad a la armadura y la madera del Japón feudal es un experimento real de luz y textura. El director de fotografía Yasuyuki Sasaki rueda los interiores del castillo como una serie de cajas dentro de cajas, papel y sombra y el brillo apagado de la madera lacada, y la música de Yoshihiro Hanno mantiene el desasosiego en un zumbido bajo y continuo en lugar de dejarlo estallar. Un interior de Kurosawa siempre ha sido una trampa con forma de habitación, y un torreón feudal, con sus mamparas correderas y sus corredores ciegos, puede ser la versión más literal de esa idea que ha filmado. El argumento de la película se plantea con la cámara antes que con la trama.

El material de origen es de una fuerza poco común. La novela de Honobu Yonezawa ganó el Premio Naoki y el Premio Yamada Futaro, un doblete infrecuente, y funciona como un estricto misterio honkaku con ropajes históricos, una sucesión de cuartos cerrados montada sobre la revuelta real de un vasallo de Nobunaga. El detective que nunca sale de su celda es la idea estructural pura que sobrevive a cualquier escenario. Murashige baja los hechos por la escalera; Kanbei, que por sí mismo no ve nada, construye con ellos la solución. La deducción es la acción. El armazón histórico es real, una rebelión condenada contra un señor de la guerra en ascenso, y el libro cuelga sus enigmas inventados de esas vigas verdaderas sin forzarlas.

Nada de esto garantiza que las dos mitades se fundan. Un cuarto cerrado exige una mecánica limpia, pistas que se puedan sostener y una solución que cierre de golpe, y el don de Kurosawa es justo el contrario, un desasosiego ambiental que se resiste a la resolución pulcra. El peligro es una película demasiado atmosférica para satisfacer el enigma y demasiado atada al enigma para derivar, atrapada entre los instintos de su autor y las obligaciones de su trama. Un prisionero razonando en una celda también es difícil de mantener vivo visualmente a lo largo de un metraje entero; la novela puede vivir dentro de la cabeza de Kanbei, la cámara no. Y aunque un sitio en la sección Cannes Première es una marca real de prestigio, es un escaparate, no una selección a concurso, y no dice nada sobre cómo la película cierra su caso.

El elenco acreditado en torno a los dos protagonistas es denso. Munetaka Aoki interpreta al brazo derecho del señor, Tasuku Emoto a un tirador que presencia una de las muertes, y Joe Odagiri a una hoja que el señor guarda en reserva, con Ryota Miyadate, del grupo Snow Man, entre los vasallos jóvenes y Yusuke Santamaria completando la corte sitiada. Sasaki a la fotografía, Hanno a la música, Kurosawa firmando él mismo la adaptación, y Shochiku y TBS en la producción, un marco de escala de estudio para lo que es, en el fondo, un drama de cámara.

La película tuvo su estreno mundial en la sección Cannes Première antes de llegar a los cines japoneses el 19 de junio, distribuida por Shochiku, con un estreno en Estados Unidos fijado para el 31 de julio. Dura 147 minutos. No hay aún un estreno en salas en España confirmado. Para un cineasta que se ha hecho un nombre volviendo inquietante lo cotidiano, el gesto consiste en tomar el suceso más ruidoso en la vida de un señor de la guerra, un castillo que muere a su alrededor, y filmar lo más silencioso que hay dentro, dos hombres y una pregunta en la oscuridad.

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