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La Chimera: magia visual que no logra salvar el drama fallido

Liv Altman

La escena de apertura de «La Chimera» es un golpe visual inmediato: Josh O’Connor, con su mirada perdida y su barba descuidada, camina por los campos toscanos al amanecer. Esta imagen encapsula el tono del filme de Alice Rohrwacher, una mezcla de realismo sucio y fantasía melancólica que se desarrolla en la Italia de los años 80.

El filme sigue a Arthur (O’Connor), un arqueólogo británico convertido en ladrón de tumbas, cuya obsesión por encontrar la tumba de Beniamina, su amor perdido, lo lleva a una serie de aventuras absurdas y trágicas. La película se beneficia enormemente del paisaje italiano, que actúa como un personaje más, con sus colinas ondulantes y pueblos costeros que contrastan con la desesperación de los personajes.

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Rohrwacher maneja con destreza el equilibrio entre lo real y lo fantástico. Las «quimeras» de Arthur, visiones que lo guían hacia las tumbas, son momentos de pura magia cinematográfica. La escena en la que usa una rama de adivinación para localizar una tumba es particularmente memorable, con una coreografía visual que recuerda a las películas de Fellini.

Sin embargo, el filme tropieza cuando intenta mezclar comedia y drama. Los intentos de humor, especialmente en las interacciones entre Arthur y su pandilla de ladrones de tumbas, a menudo caen planos. La dinámica del grupo carece de la química necesaria para hacer reír o conmover, y sus personajes secundarios, aunque pintorescos, se sienten subdesarrollados.

El mayor problema de «La Chimera» es su estructura narrativa. La película tiene momentos de brillantez, pero también largos pasajes en los que poco sucede. La relación entre Arthur e Italia (Carol Duarte) se desarrolla lentamente y sin convicción, y el conflicto central—la búsqueda de la tumba de Beniamina—pierde fuerza a medida que avanza el filme.

A pesar de estos fallos, «La Chimera» tiene momentos de genuina belleza. La actuación de O’Connor es destacable, capaz de transmitir tanto la desesperación como la ternura de Arthur. Isabella Rossellini, en el papel de Spartaco, aporta una presencia magnética que ilumina cada escena en la que aparece.

En última instancia, «La Chimera» es un filme ambicioso pero desigual. Rohrwacher demuestra un gran talento visual y una audacia temática, pero la ejecución adolece de inconsistencias.

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