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Lorelei: el debut de Sabrina Doyle sobre un exconvicto y una madre soltera

Martin Cid Magazine

Pablo Schreiber y Jena Malone sostienen una ópera prima que renuncia a cada melodrama que su trama insinúa.

Wayland sale de prisión después de quince años y se reencuentra con un pueblo estadounidense que sigue casi igual a como lo dejó. Los mismos amigos envejecidos sin él, y Dolores, la chica del instituto a la que nunca olvidó del todo, ahora con tres hijos a su cargo. La premisa parece la columna vertebral de mil dramas de reencuentro. Lorelei, la primera película de Sabrina Doyle, declina ese guion.

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Doyle, que también firma el libreto, encuadra la vuelta de Wayland con la lentitud deliberada de alguien que ha visto demasiados reencuentros indie y ha decidido rodar uno distinto. Pablo Schreiber lo interpreta con un peso que nunca cae en la autocompasión; Jena Malone le da a Dolores el cansancio y el destello justos para que la segunda oportunidad nunca llegue a ser una promesa. No hay monólogos, no hay carreras al aeropuerto, no hay confesiones de tercer acto.

La película, que se estrenó en el Festival Americano de Deauville en septiembre de 2020 antes de su salida en salas estadounidenses en julio de 2021, toma el nombre del folclore alemán: la sirena que llama a los marineros hacia las rocas. Doyle deja esa lectura suspendida. Dolores no es ni salvación ni condena; es una mujer con hijos que dobla turnos y recuerda a un hombre al que quiso. Wayland no es ni hijo pródigo ni causa perdida; es un hombre que necesita ser útil antes de poder ser querido.

Lo que mejor hace Lorelei es esperar. Las conversaciones aterrizan mucho después de empezar. Un trayecto en coche transcurre con el motor apagado. Los niños, interpretados por Amelia Borgerding, Parker Pascoe-Sheppard y Chancellor Perry, reaccionan al nuevo adulto en casa con la desconfianza de quienes ya saben qué cara tiene una decepción, y la curiosidad de quienes aún querrían equivocarse. Las interpretaciones son discretas a propósito.

A algunos espectadores el ritmo se les hará lento, y no se equivocarán sobre el ritmo. Lorelei pide al público que le importen personas que no se mueven mucho, no declaran mucho ni llegan a epifanías obvias. Esa es la apuesta: que las vidas comunes, encuadradas con paciencia y actuadas con honestidad, todavía pueden sostener una sala durante noventa minutos. Doyle, en su primer asalto a la dirección, la gana en gran medida.

Las escenas finales no resuelven todo, y la película sabe que no debe pretenderlo. Lorelei termina justo donde Wayland y Dolores están al comienzo de algo, no al final.

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