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Panama: un thriller político confuso y sin rumbo

Veronica Loop
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La lluvia cae a cántaros sobre las calles empedradas de Panamá City mientras James Becker (Cole Hauser), un exmarine con cicatrices visibles y mirada esquiva, se adentra en un bar oscuro donde el humo del cigarro y el olor a ron barato flotan en el aire. Es aquí donde recibe su misión: viajar al corazón de la selva panameña para cerrar un trato de armas que podría cambiar el curso de la historia. Esta escena, que abre Panama (2022) dirigida por Mark Neveldine, promete una mezcla explosiva de thriller político y acción despiadada. Sin embargo, lo que sigue es una película que, a pesar de sus ambiciones, se ahoga en su propia confusión.

La premisa central —un exmarine contratado para completar un trato de armas durante la invasión estadounidense de Panamá en 1989— tiene el potencial de explorar temas profundos y relevantes. La historia real del conflicto, marcada por la intervención militar estadounidense y las luchas de poder interno, es un terreno fértil para una narrativa que cuestiona la naturaleza del poder político y sus consecuencias humanas. Sin embargo, Neveldine, conocido por su estilo frenético en películas como Crank, nunca logra equilibrar estos elementos. En lugar de una exploración matizada de la política y la guerra, nos encontramos con un thriller de espionaje mal estructurado que se tambalea entre el drama bélico y la acción sin rumbo.

Uno de los mayores problemas de Panama es su dirección caótica. Neveldine parece haber optado por un estilo visual que prioriza el caos sobre la claridad. Las secuencias de acción, en lugar de ser momentos de tensión bien construidos, se convierten en un torbellino de planos temblorosos y cortes rápidos que confunden más que involucran. Un ejemplo claro es el tiroteo en un mercado local. La cámara se mueve con tanta violencia que es imposible distinguir amigos de enemigos, reduciendo el momento a puro ruido visual sin significado narrativo.

El guion, escrito por Daniel Adams y William Barber, tropieza constantemente. La trama es predecible, llena de giros forzados y diálogos que suenan a clichés de películas de acción de los 80. La narrativa se siente desordenada, como si el equipo no hubiera decidido si quería contar una historia de redención personal, un thriller político o simplemente un espectáculo de explosiones. Esta falta de enfoque se refleja en la estructura de la película, que salta de un evento a otro sin permitir que los momentos clave respiren.

Mel Gibson, en el papel de Stark, el contratista que contrata a Becker, tiene algunos momentos interesantes. Su presencia aporta un cierto peso dramático, pero su personaje nunca se desarrolla más allá de ser un narrador ocasional. Gibson, conocido por sus papeles intensos y carismáticos, parece estar subutilizado aquí, reducido a un rol secundario que podría haber sido mucho más complejo.

Cole Hauser, como James Becker, carga con la mayor parte del trabajo actoral y lo hace con convicción. Su interpretación es sólida, pero el material no le da la profundidad necesaria para destacar. Becker es un personaje interesante en teoría —un exmarine atrapado entre su deber y sus principios— pero el guion nunca explora sus motivaciones o conflictos internos de manera significativa.

El reparto secundario, que incluye a Kiara Liz como Camila y Jackie Cruz como Cynthia Benitez, tiene poco que hacer más allá de ser peones en el juego político. Las actuaciones son competentes, pero la falta de desarrollo de los personajes hace que sea difícil conectar con ellos emocionalmente. Mauricio Hénao como Enrique Rodriguez y Charlie Weber como Hank Burns tienen momentos memorables, pero sus arcos narrativos se sienten incompletos.

Donde Panama sí acierta es en su uso del paisaje panameño como personaje. La selva, las calles de la ciudad de Panamá y los contrastes entre la opulencia y la pobreza se sienten auténticos. La fotografía captura bien estos elementos, aunque a menudo se ve ahogada por el exceso de edición. Las tomas aéreas de la ciudad y los planos detallados de la selva transmiten una sensación de lugar que es uno de los pocos puntos fuertes de la película.

El sonido también juega un papel importante en Panama. La banda sonora, llena de ritmos latinos y sonidos ambientales de la selva, ayuda a crear una atmósfera inmersiva. Sin embargo, el diseño de sonido durante las secuencias de acción es problemático. Los efectos de explosiones y disparos a menudo dominan los diálogos, haciendo difícil seguir la trama en momentos cruciales.

En comparación con otras películas del mismo género, Panama palidece. Películas como The Killer (2023) de David Fincher logran equilibrar acción, política y drama de manera mucho más efectiva. The Killer utiliza su estilo visual pulido y su narrativa precisa para explorar temas similares de poder y violencia sin caer en el caos narrativo que plaga Panama.

El público al que va dirigida Panama es difícil de determinar. No es una película de acción pura, ya que carece del ritmo y la coherencia de un blockbuster convencional. Tampoco es un drama político profundo, ya que evita una exploración seria de sus temas. Quizás apunte a los fans de las películas de los 80 y 90, pero incluso entonces, su ejecución fallida la aleja de ser un homenaje exitoso.

En esencia, Panama es una película que quiere ser muchas cosas pero no logra ser ninguna con éxito. Su dirección caótica, guion desordenado y falta de desarrollo de personajes la convierten en una experiencia frustrante.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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