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Mudanza Mortal: lo que encontró la pareja en la casa que nadie quería

Martin Cid

Natalie y Kevin llevan demasiado tiempo callando las cosas importantes cuando encuentran la casa. El precio es inexplicable, el historial es oscuro y la agente inmobiliaria dice lo justo para cerrar el trato. Pero necesitan un nuevo comienzo más de lo que necesitan respuestas. Eso es el punto de partida de Mudanza Mortal, la película de terror de Peter Winther para Netflix en 2021: la idea de que hay decisiones que la gente toma no porque sean correctas, sino porque son lo único que les queda.

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Ashley Greene interpreta a Natalie con una fragilidad que la película sabe aprovechar. Shawn Ashmore da vida a Kevin, el escéptico de la pareja, el que duda de lo que ella cree y cree lo que ella duda. Sharif Atkins aparece en un papel cuya función Winther y su coguionista Dakota Gorman mantienen deliberadamente en la sombra durante suficiente tiempo.

El cartel de «inspirada en hechos reales» aparece pronto y trabaja más que la mayoría de los sustos. Lo más interesante de la historia no es lo que esconde la casa, sino quién permitió que siguiera ahí. En sus mejores momentos, Mudanza Mortal trata el pasado del inmueble como una denuncia contra quienes lo vendieron sin decir la verdad, más que como una simple fuente de sobresaltos.

La puesta en escena es funcional. No hay una firma visual particular ni una manera específica de usar el espacio o el sonido que resulte memorable. La banda sonora recurre al repertorio convencional del género sin encontrar nada propio. Es una película de terror competente de la época en que Netflix lanzaba muchas películas de terror competentes, y eso se nota.

El tramo final, sin embargo, hace algo que el arranque no prometía del todo. La película cambia de peso, el misterio se resuelve con más energía narrativa de la que el ritmo inicial sugería, y Mudanza Mortal acaba en un lugar algo más inquietante de donde partió. No es una película que sobreviva a la noche, pero cumple lo que promete: dos personas, una casa que debería haberse dejado vacía y unos noventa minutos de razón para preguntarse por qué no se marcharon antes.

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