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Leer Lolita en Teherán convierte la lectura prohibida en un acto de resistencia

Veronica Loop

En un piso de Teherán, con las cortinas echadas, una profesora y siete de sus estudiantes abren libros que el Estado ha prohibido. Leen a Nabokov, Austen, Fitzgerald y James, no como ejercicio académico sino para proteger una vida interior que la revolución pretende legislar. Esa reunión clandestina es toda la arquitectura de Leer Lolita en Teherán, y funciona también como su tesis: en una sociedad que vigila lo que las mujeres pueden pensar, leer se convierte en un acto político.

Eran Riklis levanta la película a partir de las exitosas memorias de Azar Nafisi, el libro que convirtió una clase de literatura clandestina en uno de los relatos más leídos sobre la vida intelectual bajo la República Islámica. Conserva la apuesta central del original, la idea de que la ficción es el espacio donde estas mujeres ensayan las libertades que se les niegan en la calle, y la pone en escena como una pieza de cámara, entre el aula del seminario y una ciudad donde el cerco del régimen se estrecha.

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El reparto sostiene el argumento más nítido de la película. Golshifteh Farahani interpreta a Nafisi, la profesora que dimite antes que plegarse al velo obligatorio; Zar Amir Ebrahimi y Mina Kavani son estudiantes que lidian con el matrimonio, la vigilancia y el miedo. Las tres son actrices iraníes que construyeron su carrera fuera de Irán porque no pudieron hacerlo dentro. Amir Ebrahimi ganó en Cannes el premio a la mejor actriz por Holy Spider, Farahani trabaja en producciones europeas y estadounidenses desde que dejó el país, y Kavani apareció en No Bears, de Jafar Panahi, otra película rodada desafiando las restricciones impuestas a los cineastas iraníes. Dar esos papeles a intérpretes exiliadas no es casual: la distancia entre la actriz y el personaje queda abolida por la misma historia que la película cuenta.

Riklis ha dedicado su carrera a historias donde lo íntimo choca con la política de Oriente Próximo: burocracias fronterizas, familias divididas, las pequeñas humillaciones del poder. Leer Lolita en Teherán se inscribe con claridad en esa tradición, aunque lo empuja a un terreno más interior que sus dramas de controles y papeleo. El reto que se impone es más difícil de lo que parece, porque casi todo el drama ocurre en la conversación, en la distancia entre lo que dice una novela y lo que estas lectoras necesitan leer en ella.

La intuición de Nafisi era que esos libros importaban precisamente porque no eran manifiestos. Lolita se lee como el estudio de quien impone su voluntad sobre otro; Orgullo y prejuicio como un alegato para elegir la propia vida; El gran Gatsby como una disputa sobre un sueño nacional planteada en términos iraníes. La película se apoya en esa lógica y deja que Austen y Nabokov carguen con argumentos que nadie, en la sala, puede pronunciar en voz alta. Cuando funciona, el salón se convierte en el espacio más libre del país.

La película llega además a un contexto que no puede ignorar. Desde las protestas que siguieron a la muerte bajo custodia de Mahsa Amini, la cuestión de qué pueden hacer las mujeres iraníes con su cuerpo y su mente se ha vuelto un asunto internacional, y un relato sobre mujeres que se toman una libertad privada a través de la lectura se lee por fuerza sobre ese fondo. Riklis y sus intérpretes presionan ese paralelismo sin convertir el seminario en un mitin, y ese es el equilibrio más delicado del film.

Lo que la película no resuelve del todo es el problema que hereda toda adaptación de estas memorias. El libro de Nafisi trata de la experiencia de leer, un acto interior que se resiste a la cámara, y dramatizarlo corre el riesgo de transformar una meditación en una sucesión de discursos. Una película hecha por completo en el exilio, rodada fuera de Irán por un reparto de la diáspora y un director israelí, reconstruye además el país desde la memoria y la distancia en lugar de registrarlo. La etiqueta festivalera de cine de resistencia puede halagar a una obra antes de que se lo haya ganado. La película tiene que seguir demostrando que su desafío está puesto en escena, y no solo proclamado.

La obra se presentó en la Fiesta del Cine de Roma, donde ganó el Premio del Público y un Premio especial del jurado. Junto a Farahani, Amir Ebrahimi y Kavani, el reparto reúne a Bahar Beihaghi, Isabella Nefar y Raha Rahbari, en un drama de 107 minutos escrito por Marjorie David y Riklis, coproducido entre Italia e Israel.

Leer Lolita en Teherán se estrenó en los cines españoles el 24 de julio de 2025. Queda una película culta y contenida, que apuesta por que ver leer a unas mujeres todavía pueda resultar peligroso, y que llega tan lejos como Riklis confía en el silencio entre líneas.

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