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Hamaguchi enfrenta a Efira y Okamoto en un dúo franco-japonés sobre el final de la vida

Martha O'Hara

Lo primero que ofrece la película es la luz. Hamaguchi abre con la claridad plana y benévola de una residencia de mayores en la periferia oeste de París, donde los pasillos conservan un verde tenue prestado por el jardín tras los cristales y los rostros de los residentes quedan iluminados como retratos en una sala que se ha quedado sin pared. El lugar se llama el Jardín de la Libertad, y la mujer que lo dirige, Marie-Lou Fontaine, ha organizado toda su vida profesional en torno a una convicción terca: que a las personas a su cargo hay que tratarlas como personas y no tramitarlas como casos. El edificio es vetusto y está mal financiado, el personal agotado, y la cámara observa todo ello, los carros, la sala común, la franja de césped, con la misma atención serena y sin prisa.

A ese espacio cuidado llega Mari Morisaki, una directora teatral japonesa con un cáncer avanzado cuyo nombre rima con el de su anfitriona por algo parecido al azar. Al rodar por primera vez en francés, Hamaguchi deja que esa pequeña coincidencia sostenga toda la arquitectura del filme. Lo construye como un dúo de dos mujeres, dos lenguas y un nombre casi compartido, y confía esa simetría a más de tres horas de atención cercana sin caer en el panfleto ni en el melodrama.

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El reparto se lee como una tesis sobre lo que la película quiere ser. Virginie Efira hace de Marie-Lou una calidez bajo presión, una responsable cuya competencia es una forma de ternura y cuyo agotamiento nunca llega del todo a los residentes. Tao Okamoto da a Mari una quietud frágil y vigilante que impide que la mujer moribunda se endurezca en lección: observa su propio declive como una directora observa un ensayo. Las dos interpretaciones están hechas para apoyarse la una en la otra, y el jurado del último festival de Cannes lo reconoció negándose a separarlas: Efira y Okamoto compartieron el premio a la mejor interpretación femenina, y Okamoto se convirtió en la primera actriz japonesa en recibirlo.

Hamaguchi y su director de fotografía filman la residencia y la ciudad que la rodea sin alardes, dejando que las habitaciones se llenen de luz y de conversación antes que de incidentes. El París que se muestra no es la postal sino la periferia, las líneas de autobús, el jardín cansado, las cocinas funcionando a deshora, y la película vuelve una y otra vez a rostros sostenidos un instante más de lo cómodo. El argumento visual es el de la atención: mirar a alguien con constancia, durante mucho tiempo, ya es una forma de cuidado que la institución rara vez puede permitirse.

El método es reconociblemente suyo. A lo largo de sus dramas de cámara, Hamaguchi ha convertido los planos largos y las habitaciones desnudas en sistemas a presión, donde una sola conversación puede reorganizar en silencio todo lo que viene después. Pasar al francés, y a una historia que viaja entre Tokio y los suburbios de París, es un cambio de terreno real, pero el instinto permanece intacto: la paciencia, la confianza en la palabra, la sensación de una cámara que escucha en lugar de ilustrar.

El punto de partida está tomado de la vida. La película se inspira libremente en una correspondencia publicada entre la filósofa Makiko Miyano, que vivía una enfermedad terminal, y la antropóloga Maho Isono, unas cartas que intentaban pensar con claridad qué hace un cuerpo cuando empeora de repente y qué exige realmente el cuidado de quienes lo prestan. Hamaguchi y su coguionista Léa Le Dimna conservan la pregunta central del libro más que sus detalles: cómo dos desconocidas construyen un idioma común para un final que ninguna controla.

Nada de esto garantiza que la película justifique su duración. Un drama de más de tres horas sobre una cuidadora y una mujer que muere corre un riesgo constante de sentimentalismo, y el recurso de los nombres gemelos puede leerse como artificio tanto como gracia. El marco intercultural, una institución francesa y una invitada japonesa, invita a una pulcritud que el material debería resistir, y un premio compartido puede ocultar lo distinto que es el trabajo de cada actriz. La película no promete resolver el duelo, y quien busque un arco claro hacia el consuelo puede hallar ese rechazo más frustrante que reconfortante.

Alrededor de sus dos protagonistas, el reparto incluye a Kyōzō Nagatsuka como Gorô Kiyomiya, Kodai Kurosaki como Tomoki Kubodera, Jean-Charles Clichet como Olivier y Marie Bunel como Sophie. Hamaguchi firma el guion junto a Léa Le Dimna. Coproducción de Francia, Japón, Alemania y Bélgica, la película fue levantada por Cinefrance Studios, Office Shirous, Bitters End, Heimatfilm y Tarantula; Diaphana Distribution la estrena en Francia, Bitters End en Japón y Neon posee los derechos para Norteamérica.

«Soudain» se presentó en la competición de Cannes, donde Hamaguchi también logró una nominación a la Palma de Oro. Se estrena en cines japoneses el 19 de junio y llega a las salas francesas el 12 de agosto, con una duración de 196 minutos. De momento no hay fecha de estreno en España confirmada.

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