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Réquiem por un sueño: el descenso de Aronofsky que ningún imitador ha igualado

Darren Aronofsky convirtió el montaje en un arma y le dio a Ellen Burstyn el papel de su vida. El veredicto de MCM, dos décadas después.
Liv Altman

Más de dos décadas después, el segundo largometraje de Darren Aronofsky sigue llegando como un desafío. Réquiem por un sueño toma a cuatro personas —una viuda sola, su hijo, la novia de él, su mejor amigo— y persigue la esperanza íntima de cada una hasta que se pudre en la misma hambre química. Adaptada de la novela de Hubert Selby Jr., es de las pocas historias sobre la adicción que rechazan a la vez el sermón moral y la épica del arroyo.

Lo que perdura no es el tema, sino la forma. Aronofsky y su montador cosen la película como un bucle de gestos rituales —la pupila que se dilata, la cuchara, el billete— hasta que la caída deja de narrarse y se monta directamente sobre el sistema nervioso del espectador. Uno no ve caer a estos personajes: cae con ellos, corte a corte.

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Un descenso construido en la sala de montaje

Darren Aronofsky rodó buena parte del filme con una SnorriCam atada al cuerpo de sus actores: el mundo se tambalea mientras la figura permanece clavada en el centro del plano, la gramática literal de un subidón. El célebre montaje hip-hop, hecho de microcortes percusivos, fue la técnica más imitada de su año, y el motivo de cuerdas Lux Aeterna de Clint Mansell, interpretado por el Kronos Quartet, quedó saqueado por la industria de los tráileres durante una década.

Colóquela junto a Pi, su debut de 60.000 dólares, y el linaje es evidente: el mismo ritmo paranoico, la misma obsesión por una mente que se devora, ahora con presupuesto y una herida más ancha. Pocas segundas películas anuncian una sensibilidad tan completa.

Réquiem por un sueño (2000)
Réquiem por un sueño (2000)

El linaje literario y la interpretación que lo sostiene

La prosa de Selby pertenece a la tradición de los paraísos artificiales que se remonta a las Confesiones de un inglés comedor de opio de Thomas De Quincey: el sueño que promete trascendencia y entrega una contabilidad. Donde Trainspotting encontró comedia negra y Pánico en Needle Park encontró frialdad documental, Réquiem elige la ópera, y se ordena en verano, otoño e invierno para que la química se convierta en el calendario de la tragedia.

Quien lo sostiene todo es Ellen Burstyn como Sara Goldfarb: la obsesión por las pastillas para adelgazar, el vestido rojo que ya no le entra, la nevera que por fin se abalanza. Logró una nominación al Óscar y la perdió, uno de los olvidos más reconocibles de la Academia. A su alrededor, Jared Leto y Jennifer Connelly encarnan a la pareja joven sin vanidad que proteger, mientras Marlon Wayans, el cómico, aporta la nota más humana del relato.

Réquiem por un sueño (2000)
Réquiem por un sueño (2000)

Nuestra opinión

La Nota MCM se sitúa en 8,9. Oficio, interpretaciones y originalidad rozan lo impecable; la única reserva es su crueldad sin tregua: Réquiem agarra por la garganta y nunca afloja la presión, fuente a la vez de su poder y de la razón por la que muchos la admiran una vez y luego guardan las distancias para siempre. Un hito, y de los duros: la película sobre la adicción que todos citan y pocos se atreven a revisar.

Dirección

Darren Aronofsky

Darren Aronofsky

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