Cine

Los Creyentes en Netflix: una hija sospecha que la teoría conspirativa de su padre esconde un crimen

Martha O'Hara

La casa está en la humedad verde de Asturias, y lo primero que hace Los Creyentes es obligarnos a mirarla. La luz baja del norte cae sobre la piedra mojada. Una cocina lleva demasiado tiempo sin ventilar. Un hombre recorre habitaciones que ha dejado de compartir con nadie, y José Coronado lo interpreta como una fortaleza con las luces apagadas. Antes de que Martín pronuncie una sola frase paranoica, el plano ya ha dado el diagnóstico: algo en esta casa se ha cerrado, y la película quiere que lo sintamos en los muros antes de oírlo en los diálogos.

YouTube video

Ruth vuelve porque su madre ha muerto, y las circunstancias no terminan de encajar. Stéphanie Magnin la interpreta como la hija que se fue y no regresó, y Roger Gual filma ese regreso como una intrusión en un sistema que había aprendido a funcionar sin ella. El padre está jubilado, aislado, rápido para la ira y absorbido por completo por una teoría conspirativa que ha rehecho el mundo con una forma que solo él ve. El thriller psicológico que sigue no se sostiene sobre una puerta cerrada ni un arma oculta. Se apoya en una pregunta más simple y más corrosiva: ¿es un hombre roto o uno peligroso, y puede la mujer que lo llamó padre seguir distinguiéndolos?

Ahí está el verdadero movimiento de la película, más inteligente que cualquier giro. La palabra que da título convoca a una multitud: foros, pancartas, la maquinaria de quienes deciden que la versión oficial es la mentira. Los Creyentes retira a la multitud y deja a un solo hombre en la mesa de la cocina. Traslada la radicalización desde internet, donde nos hemos acostumbrado a verla consumir a desconocidos, hasta la habitación más íntima de una familia, donde consume a un padre. Martín no se ha unido a un movimiento: ha emigrado de la realidad en la que su hija todavía vive. El pavor que Ruth arrastra no es solo que él pueda haber matado a su madre. Es que ya lo ha perdido en un país al que no puede seguirlo, y que ningún veredicto se lo va a devolver.

Coronado está elegido justo contra lo que mejor sabe hacer. Durante dos décadas el cine español lo ha usado como la autoridad hecha carne, el hombre que sabe más de lo que dice, cuya calma es una forma de poder. Aquí ese dominio se agria en algo acorralado y asustado. Cuando un rostro construido para la certeza empieza a insistir en una certeza que nadie más puede verificar, el efecto desestabiliza de verdad; uno busca en sus ojos al hombre lúcido de debajo y no logra decidir si sigue ahí escondido o ya se ha ido. Magnin es el contrapeso, una mujer haciendo una cuenta cuya respuesta no quiere, sosteniendo cada afirmación de su padre a contraluz para ver si alguna es, en realidad, una confesión disfrazada de teoría.

Gual construye la película como un cara a cara en un espacio cerrado, y la decisión hace más que crear atmósfera. Al mantener la historia dentro de la casa, sin narrador externo y sin un corte hacia alguna autoridad que ya conozca la verdad, la dirección atrapa al espectador en la posición exacta de Ruth. No hay un lugar neutral desde el que contrastar a Martín con los hechos, que es precisamente la condición de convivir con alguien que ha caído en la madriguera. No puedes salir de la discusión para verificarla. Solo puedes pesar a una persona que quieres contra las pruebas y descubrir que la balanza no se detiene.

La fotografía de Juana Jiménez trata el paisaje asturiano y la casa clausurada como el argumento, no como el decorado. La luz húmeda del norte, los interiores un grado demasiado tenues, los rincones que guardan sombra como una mente guarda una idea fija: así se ve un mundo sellado desde dentro, convertido en clima y en arquitectura. Un desvío a Berlín abre el mapa un instante sin aflojar la claustrofobia; la película vuelve a la casa igual que Martín vuelve a su teoría, porque ninguno de los dos puede dejarla en paz.

La escritura trae un linaje concreto. Carlos Montero y Darío Madrona lo firman juntos, su primer reencuentro en un largometraje desde Élite, y aportan esa trama compulsiva que estrecha la trampa y que llevó aquella serie por el mundo. Comprimida desde un coro de adolescentes con secretos hasta una pieza de cámara con dos personajes, la maquinaria funciona más caliente y más cerca. Cada escena aprieta un tornillo; cada revelación reabre una pregunta que la anterior parecía cerrar.

Los Creyentes se inscribe en una fuerte tradición española del thriller doméstico —la claustrofobia moral de Tesis de Alejandro Amenábar, los hogares invadidos de Jaume Balagueró, los mecanismos de relojería de Contratiempo y El cuerpo de Oriol Paulo— y luego se aparta de ella en silencio. En aquellas películas lo que desestabiliza una casa es un crimen oculto o un intruso que miente. Aquí la fuerza que desestabiliza es una creencia, y pertenece a la persona con más derecho a estar en la habitación. Fanny Gautier y Alberto Olmo completan el anillo alrededor de Ruth y Martín, esa vida que debe seguir funcionando mientras su centro se desmorona. Nadie tiene que forzar la entrada. La amenaza ya vivía en la casa, y tiene las llaves.

Lo que impide que la película se reduzca a un simple «¿fue él?» es la pregunta que se niega a contestar. El crimen, al final, es cerrable; un thriller siempre puede decirte cómo murió alguien. El distanciamiento no. Aunque Ruth sepa exactamente qué le pasó a su madre, se queda con lo más difícil que la muerte no resuelve: si la verdad todavía significa algo para quien la ha sustituido por una cosmología privada, y si se puede seguir queriendo a alguien cuya realidad ya no roza la tuya.

The Truthers
LOS CREYENTES. Jose Coronado as Martín in LOS CREYENTES. Cr. Matias Uris/Netflix © 2025

Por eso la película parece hecha para el momento en que llega. Es una década en la que las familias de verdad se vacían por la línea de fractura de lo que cada uno está dispuesto a creer, en la que un padre y una hija pueden compartir un apellido, una historia y una cocina y no compartir ya un mundo. Casi todas las historias sobre teorías conspirativas buscan el espectáculo de la multitud. Los Creyentes hace lo más difícil y silencioso: le da al fenómeno una cara reconocible, una casa en la que pudiste crecer y una hija en la puerta tratando de averiguar si el hombre de dentro está enfermo, es culpable, o las dos cosas.

Los Creyentes se estrena en todo el mundo en Netflix el 24 de julio de 2026. Dirigida por Roger Gual y escrita por Carlos Montero y Darío Madrona, el thriller psicológico está protagonizado por José Coronado, Stéphanie Magnin, Fanny Gautier y Alberto Olmo, con fotografía de Juana Jiménez y localizaciones en Asturias, Madrid y Berlín.

Reparto

Etiquetas: , , , , ,

Debate

Hay 0 comentarios.