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*Scream 6: un homenaje que no supera su legado*

Martin Cid
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La sangre salpica la pantalla mientras Tara Carpenter (Jenna Ortega), una joven tímida con un secreto familiar oscuro, tropieza por las escaleras de su casa perseguida por una figura encapuchada. La música de Brian Tyler estalla con un crescendo discordante: es el Scream (2022) que nos recuerda, desde su primer plano, que estamos en territorio familiar pero no idéntico. Los directores Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin —conocidos por la comedia de terror Ready or Not— heredan un legado pesado: el de una franquicia que redefinió el slasher en los 90, pero que desde entonces ha oscilado entre lo reverencial y lo redundante. Esta quinta entrega, producida sin Wes Craven —a quien se dedica— ni Dimension Films, es un experimento audaz: ¿puede una secuela ser un reinicio? La respuesta es complicada.

Lo más admirable del filme es cómo equilibra su triple identidad: secuela, reinicio y tributo. El guion de James Vanderbilt y Guy Busick —ambos con créditos en The Conjuring universo— construye un puente entre el pasado y el presente. La trama se ancla en Woodsboro 25 años después de los eventos del primer filme, pero evita caer en la repetición gracias a giros como el de Sam Carpenter (Melissa Barrera), cuya conexión con Billy Loomis —el asesino original— añade una capa psicológica interesante. Sin embargo, este intento de profundidad narrativa se ve obstaculizado por momentos de exposition forzada: la película insiste demasiado en explicarse a sí misma. Un ejemplo es cuando Mindy Meeks-Martin (Jasmin Savoy Brown), hija del difunto Randy Meeks, recita las «reglas» del slasher en medio del caos. Es un momento inteligente —un guiño metatextual que los fans adorarán—, pero también autoindulgente. La escena interrumpe el ritmo de la película para recordarnos que estamos viendo una película, algo que funciona mejor en comedias como Scream (1996) que en un slasher moderno.

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Donde Scream (2022) triunfa es en su reparto joven. Jenna Ortega —reconocida por Wednesday— roba cada escena como Tara Carpenter, la víctima inicial cuyo trauma se convierte en el corazón emocional del filme. Su química con Barrera es palpable, especialmente en escenas íntimas donde exploran el pasado de su familia disfuncional. Sam y Tara son las hermanas que nunca supieron la verdad sobre su padre biológico, Billy Loomis, un detalle que añade una capa de tragedia griega a la trama. Jack Quaid, conocido por The Boys, sorprende como Richie Kirsch: su interpretación del novio paranoico y obsesionado con las teorías conspirativas añade un tono moderno al filme, aunque a veces raya en lo caricaturesco. Su personaje es un reflejo de la cultura de internet, donde todos son expertos en crímenes verdaderos.

Los veteranos Courteney Cox y David Arquette, sin embargo, parecen atrapados en versiones simplificadas de Gale Weathers y Dewey Riley. Cox logra algunos momentos memorables —su confrontación con Sam es uno de los pocos diálogos que no suenan ensayados—, pero ambos personajes carecen del peso emocional que tuvieron en entregas anteriores. La película los trata como cameos, no como pilares de la trama. Esto es un error estratégico: Gale y Dewey son parte del ADN de Scream, y su presencia aquí se siente más como un tributo obligatorio que como una contribución orgánica a la narrativa.

La dirección de Gillett y Bettinelli-Olpin demuestra habilidad técnica pero poca originalidad visual. Las tomas de persecución —como la secuencia del hospital— son competentes, pero carecen del estilo distintivo que Craven aportó a la franquicia. El filme se beneficia de una fotografía limpia y colores fríos, pero los planos excesivamente amplios diluyen el claustrofóbico encierro del slasher tradicional. En Scream (1996), Craven usaba planos cerrados para crear tensión; aquí, la cámara retrocede demasiado, reduciendo la sensación de peligro inminente.

La banda sonora, compuesta por Brian Tyler —un colaborador frecuente de los directores—, es funcional pero anodina. Aunque evita caer en clichés, tampoco innova: las pistas de suspense son predecibles y las melodías de terror convencionales. Comparada con las partituras de Marco Beltrami para los filmes anteriores, esta banda sonora se siente como un paso atrás. La música es un elemento crucial en el horror, ya que puede elevar o arruinar una escena de tensión. Aquí, simplemente no eleva lo suficiente.

El mayor problema del filme es su estructura fragmentada. El primer acto establece un ritmo prometedor, pero el segundo acto se estanca en subtramas innecesarias —como la relación tóxica entre Chad Meeks-Martin (Mason Gooding) y Amber Freeman (Mikey Madison)— que distraen de la trama principal. La película intenta ser demasiado: homenaje, reinicio y secuela simultáneamente, lo que resulta en una narrativa descohesiva. Por ejemplo, la subtrama de Chad y Amber parece más un guiño a Scream 2 que una contribución significativa al conflicto central.

Sin embargo, donde Scream (2022) logra redimirse es en su tercer acto, donde los giros argumentales y las revelaciones finales —sin spoilear— funcionan. La escena del ataque final en la casa de Gale Weathers es un regreso satisfactorio a la fórmula clásica del slasher: tensión bien construida, muertes creativas y un climax emocional. Esta secuencia demuestra que los directores entienden lo que hace única a la franquicia: la combinación de humor negro, violencia gráfica y personajes memorables.

El filme también explora temas relevantes como el trauma intergeneracional y la identidad, algo ausente en entregas anteriores. Sam Carpenter es un personaje complejo cuyo arco emocional —descubrir que su padre biológico era un asesino— añade profundidad a la trama. Sin embargo, este tema se desarrolla de manera desigual: algunas escenas exploran el conflicto interno de Sam con sensibilidad, mientras que otras lo tratan como un dispositivo narrativo para avanzar hacia el próximo salto de terror.

En cuanto al humor, Scream (2022) logra algunos momentos memorables. El diálogo entre Mindy y Chad Meeks-Martin es ingenioso, pero a menudo se siente forzado, como si los guionistas estuvieran más preocupados por hacer chistes que por desarrollar personajes creíbles. El equilibrio entre comedia y terror —una de las marcas registradas de la franquicia— no siempre funciona aquí.

Comparada con otras secuelas recientes de franquicias de terror, Scream (2022) se sitúa en un punto intermedio. No es tan innovadora como Candyman (2021), pero tampoco tan segura de sí misma como Halloween Ends (2022). Su mayor logro es demostrar que la franquicia aún tiene vida, pero su mayor fracaso es no arriesgar lo suficiente.

En definitiva, Scream (2022) es un filme dirigido a los fans de la franquicia, no al público casual. Su éxito radica en cómo honra el legado de Craven sin repetirlo, pero su fracaso está en no arriesgar lo suficiente.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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