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Scream (2022) — el slasher que convierte la nostalgia de la saga en su propio Ghostface

Martin Cid

En Woodsboro, veinticinco años después de los crímenes originales de Ghostface, un nuevo asesino enmascarado vuelve a atacar a un grupo de jóvenes con un método aparente detrás de cada elección. Sam Carpenter — interpretada por Melissa Barrera — regresa al pueblo que dejó atrás cuando su hermana Tara, a cargo de Jenna Ortega, sobrevive un brutal ataque. Sam guarda un secreto que la conecta directamente con los crímenes originales, un hilo que aleja la película de la mecánica pura del slasher y la lleva hacia algo con un pulso ligeramente más personal.

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Dirigida por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett — el dúo conocido como Radio Silence, responsables de Ready or Not (2019) — Scream (2022) es la primera entrega de la franquicia rodada sin Wes Craven. Los guionistas James Vanderbilt y Guy Busick afrontan el relevo de frente, poniendo la autoconciencia de la propia saga en el centro de la trama en lugar de disimular el cambio.

El movimiento más certero de la película es presentarse como una «requel» — un término que sus personajes acuñan y diseccionan en voz alta, convirtiendo el comentario meta en motor narrativo. Las víctimas de Ghostface son elegidas por su proximidad a los crímenes originales, un mecanismo que le da al guion permiso para homenajear y cuestionar la fórmula de Scream al mismo tiempo. Cuando los personajes de la saga clásica — Gale Weathers (Courteney Cox), Sidney Prescott (Neve Campbell) y Dewey Riley (David Arquette) — regresan al relato, lo hacen como personas marcadas por lo que han sobrevivido, no como piezas de atrezo nostálgico.

Las secuencias de suspense están filmadas con seguridad: el ataque inicial establece tanto la presencia en pantalla de Ortega como la confianza de Radio Silence para sostener la tensión, y la coreografía de los crímenes respeta la inteligencia del espectador sin renunciar a la truculencia característica de la saga. Barrera ancla los tramos más ambiciosos emocionalmente, aunque el guion le deje menos espacio del que su personaje merece.

El reparto es lo suficientemente amplio como para que varios secundarios funcionen más como marcadores de turno del terror que como personas con su propia lógica interna. El clímax, que regresa a la casa que fue escenario de la película original, satisface la expectativa del género más que la necesidad dramática. Y el argumento sobre la cultura de las franquicias — brillante como premisa — queda formulado pronto y después, en gran medida, aparcado mientras los crímenes se suceden.

Lo que Bettinelli-Olpin y Gillett entregan es una entrega de franquicia que sabe lo que es, respeta lo que la precede y aporta suficiente oficio para que la autoconciencia resulte un valor añadido y no una evasión. Si eso basta depende de la paciencia que tenga el espectador ante un film de terror que no deja de guiñar el ojo a la cámara, incluso cuando no hace falta.

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