Cine

Con «The Fin», Park Sye-young convierte una Corea reunificada en una distopía gobernada por el asco

Jun Satō

La última voluntad de un hombre pez moribundo pone en marcha toda la sombría maquinaria del segundo largometraje de Park Sye-young. En «The Fin», el director coreano imagina una península por fin reunificada y luego envenenada: su litoral amurallado frente a un mar tóxico y sus trabajos más sucios encomendados a una subclase mutante que el Estado prefiere no mirar.

Esa subclase tiene un nombre, Omega, y una función: limpiar las aguas arruinadas que la ciudadanía ya no toca. Cuando una funcionaria recién incorporada empieza a sospechar de una empleada callada de un cutre pesquero de interior, su cacería se convierte en el motor de la película y en su prueba moral. Park filma la persecución menos como un thriller que como el interrogatorio de la fe que permite a una sociedad decidir quién cuenta como humano.

YouTube video

El planteamiento se lee como alegoría porque está construido para ello. El director pone en escena el colapso ecológico y la consolidación política como un mismo acontecimiento y muestra después una burocracia de la exclusión que funciona con la repulsión antes que con el argumento. Los Omega son visible, corporalmente otros, y la administración humana trata esa diferencia como una licencia. Los críticos que vieron la película en su gira por festivales describieron su motor como «el asco convertido en arma», una polarización impuesta por las vísceras y no por la ley.

La carga ecológica no es accesoria. El mar envenenado y amurallado ofrece la imagen más poderosa de la película: una naturaleza convertida a la vez en vertedero y en cárcel, y los Omega son los cuerpos obligados a habitar esa herida. Park mantiene la metáfora lo bastante flexible como para sostener más de una lectura, desde la dejadez climática hasta el modo en que cualquier Estado fabrica una población a la que puede permitirse gastar.

Llevar ese mundo a la pantalla exigió paciencia. «The Fin» pasó cerca de tres años en posproducción, un trayecto largo para una película que todos sus responsables reconocen haber rodado con medios mínimos. Es un objeto rotundamente internacional: una producción surcoreana de Seesaw Pictures, levantada con la alemana Essential Filmproduktion y el apoyo del Doha Film Institute catarí, y vendida en el mundo por The Coproduction Office. El diseño de criaturas y las prótesis que convierten a los actores en Omega fueron la apuesta central del presupuesto, y la película se apoya en ellas antes que en el espectáculo.

Park no parte de cero. Su ópera prima, «The Fifth Thoracic Vertebra», lo señaló como un cineasta atraído por los cuerpos en rebelión y por mundos que se pudren a su propio ritmo; «The Fin» extiende esa sensibilidad a un terreno abiertamente político. La reunificación que imagina no es una fantasía de reconciliación, sino una advertencia: una Corea única que se ha limitado a reubicar su crueldad, inventando una nueva casta que cargue con el coste de sobrevivir.

La imagen acompaña a la política. Park cambia el brillo de neón del cine de género coreano pensado para la exportación por algo más áspero e institucional: salas de espera grises, el amarillo enfermizo de los uniformes de una cuadrilla de trabajo, la penumbra húmeda de un pesquero que también hace de escondite. La cámara observa en lugar de abalanzarse, y el pavor se acumula menos por el sobresalto que por la lenta constatación de lo cotidiana que se ha vuelto la crueldad del sistema.

Yeon Ye-ji interpreta a Mia, la empleada del pesquero cuyo secreto guía la trama, mientras que Kim Pureum es Su-jin, la funcionaria cuya certeza se agria hasta rozar la obsesión. Goh-Woo aparece entre los Omega, con Jeong Young-do, Maeng Joo-one, Moon Hye-in y Woo Seo-yeon completando un reparto que mantiene la película a escala humana incluso cuando su mundo se vuelve monstruoso.

Esa contención es también lo que divide. Los críticos han acercado la película a «Black Mirror» y a «Hijos de los hombres» antes que al cine de género coreano maximalista que mejor viaja, y han elogiado su control austero y su rechazo del espectáculo. La atmósfera por encima del dinero, el pavor a fuego lento, y para muchos esa sobriedad es justamente el propósito.

Yeon Ye-ji in a still from The Fin, the 2025 dystopian film by Park Sye-young
Yeon Ye-ji in The Fin (2025)

Lo que esa contención cuesta es claridad. Park escamotea deliberadamente la iconografía coreana contemporánea que anclaría su mundo, y la abstracción corta en ambos sentidos. El pasado anterior al colapso, el origen de los Omega y la geopolítica más allá del muro quedan fragmentarios a propósito, y quien quiera que le expliquen sus distopías saldrá con preguntas que la película no piensa responder. Si esa opacidad es disciplina o evasión es el debate que «The Fin» plantea sin cerrarlo. La película pide ser sentida más que comprendida, una exigencia que no todos los públicos aceptarán.

Desde su estreno mundial a concurso en la sección Cineasti del presente del Festival de Locarno, «The Fin» ha recorrido los festivales antes que los multicines, con escalas en Sitges, Sarajevo, el Golden Horse de Taipéi, el Filmfest Hamburg alemán y el Hong Kong Asian Film Festival, donde llegó a las salas. Un estreno comercial amplio en la mayoría de territorios, España incluida, aún no se ha confirmado. Por ahora la película pertenece al calendario de festivales y a los espectadores dispuestos a salir al encuentro de una Corea que ha ahogado su propia conciencia y busca ahora a quién echarle la culpa.

Reparto

Etiquetas: , , , , ,

Debate

Hay 0 comentarios.