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Travis Knight apuesta a que su He-Man por fin aguante una película

Jun Satō

La nueva película de Travis Knight arranca con un regreso que se ha agriado. Un príncipe varado quince años lejos de su mundo, una espada que debía llevarlo de vuelta y un reino que se vino abajo en su ausencia. «Amos del Universo» deja caer al príncipe Adam sobre una Eternia destrozada, su hogar reducido a ruinas bajo Skeletor, y lo apuesta todo a si un hombre criado lejos de su leyenda puede crecer lo bastante como para convertirse en ella.

Debajo hay una fantasía de poder limpia: un heredero varado descubre que está destinado a ser el hombre más poderoso del universo y alza una espada contra el caudillo de rostro de calavera que le robó el trono. Lo que hace que el proyecto merezca atención es quién lleva el timón. Knight se hizo un nombre cogiendo una línea de juguetes que nunca había emocionado a nadie y convirtiéndola en un taquillazo con pulso de verdad. Con otra estantería de plástico en las manos, se le pide repetir el truco en un escenario más ruidoso y más cínico, ante un público que ha aprendido a recelar de la expresión película de juguetes.

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Nicholas Galitzine encabeza como Adam, el príncipe holgazán que se convierte en He-Man, y el reparto funciona como un argumento. Galitzine viene explotando a hombres atractivos que todavía no se han ganado la confianza de la sala, justo el arco que este héroe tiene que recorrer. A su alrededor la película acumula intérpretes capaces de sostener un primer plano y no solo un arma: Camila Mendes como la guerrera Teela, Alison Brie como la maquinadora Evil-Lyn, James Purefoy como el destronado rey Randor y Morena Baccarin como la Hechicera que custodia el castillo de Grayskull. Es un elenco pensado menos para el espectáculo que para los rostros, y esa elección revela qué clase de fantasía quiere ser: una donde el plano de reacción pesa tanto como la espada.

Knight es ese raro director de superproducciones que trata la propiedad intelectual como un problema de personaje antes que nada. Se formó en el stop-motion, al frente del estudio de animación detrás de Kubo y las dos cuerdas mágicas, una disciplina donde cada segundo de pantalla es un acto manual de paciencia. Su única película anterior de imagen real, Bumblebee, funcionó porque encogió una franquicia atronadora hasta el tamaño de una sola amistad y confió en que eso aguantara el ruido. He-Man le pide el músculo contrario —la escala, los dioses, una hoja que parte el cielo— mientras necesita lo mismo que tenía Bumblebee: un motivo para que importe antes de que llegue el espectáculo.

La franquicia llega a rodaje arrastrando una larga racha de derrotas. Su primer salto a imagen real se recuerda sobre todo como una curiosidad ahogada por el presupuesto, y el reinicio que la persiguió pasó años dando bandazos entre estudios, directores y guiones, muriendo y resucitando más de una vez antes de que alguna versión llegara a un plató. He-Man es una de las marcas jugueteras más reconocibles del planeta que nunca ha producido una película que alguien defienda. La distancia entre ese reconocimiento y un filme que valga la entrada es exactamente el hueco que esta producción existe para cerrar, y nada en la marca garantiza que pueda cerrarse.

Lo que el tráiler guarda es casi todo lo que permitiría juzgarla. Vende una espada, un villano y la silueta de un héroe, y casi nada sobre si la historia que hay debajo tiene peso. El reconocimiento de marca no es cariño: mucha gente sabe imitar la pose de He-Man sin haber deseado jamás una película suya. El peligro de fondo es estructural. Un instinto sincero y centrado en el personaje puede ahogarse dentro de las obligaciones de un tentpole de fantasía para todos los públicos, donde el presupuesto exige set pieces haya ganado el guion o no. El nombre de Knight le compra curiosidad a la película. No demuestra que la obra supere el listón que marcaron sus mejores trabajos.

El momento no es casual. Mattel lleva un tiempo intentando convertir su pasillo de juguetes en un catálogo de cine, envalentonada por ese caso raro en que un icono de plástico se volvió un fenómeno cultural en lugar de un anuncio de dos horas. «Amos del Universo» es una de sus apuestas más grandes y también de las más arriesgadas, porque el afecto que mueve la nostalgia no llega de forma obvia a una generación que nunca tuvo las figuras. Un éxito validaría toda la estrategia. Un fracaso se leería como prueba de que no todo juguete esconde una película esperando a nacer.

Para que conste: Galitzine es Adam, alias He-Man, con Camila Mendes como Teela, Alison Brie como Evil-Lyn, James Purefoy como el rey Randor y Morena Baccarin como la Hechicera, junto al leal Duncan, más conocido como Man-At-Arms. La película dura unas dos horas y veinte minutos, suficiente para tratar la transformación de Adam como un trayecto que el público atraviesa y no como un único alzamiento triunfal de la espada.

«Amos del Universo» se estrena en los cines de España el 5 de junio de 2026 y llega como tentpole de pleno estreno en salas, no como un estreno discreto en streaming. Es el formato que el material parece pedir: una historia sobre un hombre que descubre el tamaño de su propio poder, hecha para verse en grande, a oscuras, ante un público que vino a mirar cómo alguien levanta una espada y lo dice en serio.

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