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Ya no estoy aquí (Netflix): la cumbia que no puede cruzar la frontera

Molly Se-kyung

Hay una secuencia en el centro de Ya no estoy aquí donde Ulises —diecisiete años, chaqueta de cuero, el peinado alto y esculpido de los Terkos— pone la música en un cuarto de Queens tan pequeño que los auriculares son el cuarto. Baila igual que bailaba en Monterrey: todo el cuerpo lento y deliberado mientras el bajo de la cumbia rebajada cae a media velocidad. No hay nadie mirando. Fernando Frías de la Parra eligió filmarlo sin subrayados, y ese control es el argumento central de la película.

Frías utiliza la cumbia rebajada —la cumbia frenada hasta que el ritmo parece geológico— no como banda sonora sino como arquitectura estructural. En Monterrey, la música llena el espacio: llena las calles, llena los cuerpos de los Terkos, llena una vida organizada en torno a pertenecer a un bloque concreto de una ciudad concreta. En Queens, deja de llenar. Ulises la lleva consigo en unos auriculares como se lleva una fotografía, y por la misma razón: ya no puede viajar como nada más que memoria.

Juan Daniel García Treviño construye a Ulises desde la contención: no explica, no exhibe la nostalgia, no le da a la cámara una escena en la que la emoción sea legible desde fuera. Existe dentro del mundo que la película ha construido para él, y la cámara lo observa. La fotografía de Damián García —saturada hasta el rojo en Monterrey, granulada y gris en Queens— hace el trabajo que García Treviño no necesita hacer con el gesto. Frías no tuvo que decirte que Ulises está disminuido por el desplazamiento. Simplemente retiró la paleta.

Ya no estoy aquí parte de una pregunta que el cine sobre la migración raramente formula: ¿qué pierdes que no sea la supervivencia? No el permiso de trabajo, no la vivienda, no la seguridad física. Lo que pierdes es la música específica que bailabas de una manera específica con gente específica en un lugar específico, y esa pérdida no se anuncia como tragedia. Se acumula en sustracciones pequeñas: un baile hecho solo, una palabra de argot que nadie entiende, un gesto que significa algo distinto del otro lado. Frías arma la película exactamente desde esos momentos.

La estructura no lineal —que salta entre el Monterrey de 2010 y un Queens que parece un frío y lento presente— gana sus complicaciones más veces de las que las crea. Las secuencias más sólidas llegan cuando Frías confía en el corte paralelo para hacer el trabajo sin explicación. Las más débiles llegan cuando el montaje expositivo llega ligeramente antes que el momento emocional al que debería profundizar. Es un cargo menor contra una película que toma su forma en serio.

Ya no estoy aquí ganó el Ariel a la Mejor Película en 2020 y fue la candidatura mexicana al Oscar a la Mejor Película Internacional. El reconocimiento es proporcional. Lo que Fernando Frías de la Parra construyó es un cine que trata la cultura juvenil de la Kolombia —el movimiento de la cumbia rebajada, los rituales específicos de Los Terkos— con la misma atención estructural que el cine de autor europeo le extiende al duelo burgués. Disponible en Netflix. 113 minutos.

Dirección

Luis Fernando Frías de la Parra

Luis Fernando Frías de la Parra

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