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No one Gets out Alive: terror confuso

Martin Cid
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Imagina a Ambar (Cristina Rodlo) despertando en medio de la noche, empapada en sudor frío, los gritos ahogados de sus compañeros de habitación filtrándose a través de las paredes descascaradas de un albergue que huele a humedad y desesperanza. Esta escena inicial de No One Gets Out Alive (2021), dirigida por Santiago Menghini, establece el tono de una película que pretende ser una pesadilla claustrofóbica para los espectadores. Sin embargo, lo que comienza como una promesa de terror atmosférico se desvanece rápidamente en una serie de decisiones narrativas y visuales confusas.

Basada en la novela homónima de Adam Nevill, la película sigue a Ambar, una inmigrante mexicana que llega a Cleveland, Ohio, tras la muerte de su madre. Con un trabajo irregular y sin documentos, se ve obligada a alquilar una habitación en un albergue decadente donde los fantasmas del pasado —tanto literales como metafóricos— comienzan a perseguirla. La premisa es intrigante: una mezcla de terror sobrenatural y realismo social que explora la precariedad de los inmigrantes en Estados Unidos. Sin embargo, Menghini no logra equilibrar estos dos elementos con la delicadeza necesaria.

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La dirección artística y la fotografía merecen reconocimiento por su capacidad para transformar el albergue en un personaje más del filme. Las paredes descascaradas, las escaleras estrechas y los pasillos oscuros crean una atmósfera opresiva que envuelve al espectador desde el primer momento. La iluminación tenue y los ángulos cerrados refuerzan la sensación de claustrofobia, haciendo que cada rincón del albergue parezca un lugar donde el peligro acecha. Estas decisiones técnicas son, sin duda, los puntos más fuertes de la película.

Sin embargo, donde No One Gets Out Alive tropieza es en su narrativa. Menghini parece más interesado en acumular escenas de terror convencionales —sombras que se mueven en los pasillos, susurros en la oscuridad— que en desarrollar a sus personajes o construir una trama coherente. Ambar, aunque interpretada con convicción por Rodlo, carece de profundidad psicológica más allá del miedo visceral. No sabemos casi nada de su vida antes del albergue, sus motivaciones son superficiales y sus reacciones ante el terror sobrenatural son predecibles. Es difícil empatizar con ella cuando su mayor preocupación parece ser escapar de una entidad sobrenatural en lugar de enfrentar las realidades sociales que la han llevado a esa situación.

Los demás personajes no tienen mejor suerte. Red (Marc Menchaca), el dueño del albergue, es un arquetipo del villano siniestro sin matices. Becker (David Figlioli), otro inquilino, sirve principalmente como objeto de miedo para Ambar en lugar de ser desarrollado como un personaje con sus propias motivaciones y conflictos. Incluso Mama (Claudia Coulter), una figura enigmática que parece tener conexión con los eventos sobrenaturales, carece de la profundidad necesaria para ser interesante.

La introducción tardía de una criatura similar a una oruga —destinada a ser la fuente del terror— es un punto de inflexión en la película. En lugar de intensificar el miedo, esta decisión resulta más ridícula que aterradora, socavando cualquier tensión construida previamente. La criatura parece sacada de otro tipo de película, y su aparición interrumpe el flujo narrativo sin aportar nada significativo a la trama. Es un momento que, en lugar de asustar al espectador, lo saca de la experiencia inmersiva.

La estructura del filme también adolece de inconsistencias. El primer acto se centra en establecer el ambiente opresivo y las condiciones precarias de Ambar, pero el segundo acto introduce elementos sobrenaturales sin una transición clara. La película oscila entre el realismo social —la explotación laboral, la precariedad de los inmigrantes— y el horror sobrenatural sin integrar adecuadamente ambos elementos. Esta falta de cohesión narrativa hace que la experiencia sea desconcertante en lugar de envolvente.

Las escenas de jump scares, aunque bien ejecutadas técnicamente, carecen de un contexto emocional que las haga resonar. Sin una conexión profunda con Ambar o una comprensión clara de lo que está en juego, estos momentos se sienten vacíos. La resolución del conflicto, por otro lado, se siente apresurada y anticlimática. Después de construir una atmósfera de tensión durante la mayor parte del filme, el clímax resulta decepcionante, como si Menghini hubiera perdido el rumbo en los últimos actos.

A pesar de estos defectos, No One Gets Out Alive no carece de méritos. La banda sonora, con su uso de sonidos distorsionados y silencios prolongados, logra crear momentos de tensión palpable. La fotografía merece mención especial por su capacidad para transformar espacios cotidianos en lugares de pesadilla. Y Rodlo ofrece un desempeño sólido, aunque limitado por el guión.

La película parece dirigida a los amantes del terror atmosférico y los fans del trabajo de Nevill, pero incluso ellos pueden sentirse decepcionados por la ejecución final. No One Gets Out Alive tiene todos los ingredientes para ser una película memorable: una atmósfera opresiva, un tema social relevante y momentos de auténtico terror. Sin embargo, la falta de desarrollo de personajes, la narrativa inconsistente y las decisiones creativas cuestionables impiden que el filme alcance su pleno potencial.

En última instancia, No One Gets Out Alive es una película que podría haber sido memorable con un enfoque más equilibrado. Menghini demuestra habilidad en la construcción de atmósferas y en la dirección técnica, pero le falta visión para integrar estos elementos en una narrativa coherente y emocionalmente resonante.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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