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No one gets out alive: un inicio prometedor ahogado en clichés

Martin Cid

La escena inicial de No One Gets Out Alive es inolvidable: Ambar (Cristina Rodlo), una inmigrante mexicana, se desploma en un parque de Denver después de trabajar largas horas en una fábrica de ropa. Esa imagen de agotamiento físico y emocional establece el tono de toda la película. Dirigida por Santiago Menghini en su debut cinematográfico, esta adaptación del éxito de ventas de Adam Nevill explora el horror real de la explotación de los inmigrantes indocumentados a través de un relato sobrenatural.

La premisa es sencilla pero efectiva: Ambar se ve obligada a alquilar una habitación en una pensión barata y pronto descubre que el edificio está poseído por una entidad malévola. La película comienza con fuerza, utilizando la vulnerabilidad de Ambar como punto de partida para un relato de terror psicológico. Rodlo entrega una actuación conmovedora, capturando tanto el miedo como la determinación de su personaje. Su interpretación es el corazón emocional de la película, y cada escena en la que aparece añade capas de complejidad a la narrativa.

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Sin embargo, los problemas surgen cuando la película se adentra en su segundo acto. La estructura se vuelve predecible, con escenas de terror convencionales que carecen del impacto necesario para mantener la tensión. Menghini parece depender demasiado de los clichés del género, como ruidos extraños y sombras amenazantes, en lugar de innovar. A diferencia de obras como The Witch o Hereditary, que logran que el horror sea tanto visual como emocional, No One Gets Out Alive se queda corta en la construcción de un ambiente verdaderamente aterrador.

El tercer acto es donde la película finalmente encuentra su ritmo. La revelación final, aunque algo predecible, añade una capa de profundidad temática que compensa las deficiencias anteriores. La conexión entre el horror sobrenatural y la explotación laboral de los inmigrantes es poderosa, aunque hubiera sido más efectiva si se hubiera explorado con mayor sutileza a lo largo de toda la narrativa.

En cuanto al reparto, Marc Menchaca como Red y Claudia Coulter como Mama aportan actuaciones memorables. Su química en pantalla añade un elemento de tensión que falta en otras interacciones del elenco. Sin embargo, algunos personajes secundarios, como Becker (David Figlioli) y Beto (David Barrera), se sienten subutilizados, lo que debilita el impacto emocional general.

La cinematografía es otro punto fuerte. Las tomas de la pensión, con sus pasillos oscuros y habitaciones claustrofóbicas, crean una atmósfera opresiva que refleja el estado mental de Ambar. La banda sonora también merece mención, ya que utiliza sonidos ambientales para construir tensión sin ser intrusiva.

A pesar de sus defectos, No One Gets Out Alive logra destacar en su mensaje social. La película no solo es un relato de terror, sino también una crítica mordaz a las condiciones de vida de los inmigrantes.

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