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México siempre llega al mismo partido del Mundial y nunca lo gana; esta vez juega en casa y sin coartada

Durante siete Mundiales seguidos México ha alcanzado los octavos de final y no ha pasado de ahí.
Jack T. Taylor

Hay un partido que México pierde una y otra vez, y siempre es el mismo. No el mismo rival, ni la misma ciudad, ni la misma generación de futbolistas, sino el mismo peldaño de la escalera, el escalón que termina siendo un muro. Llegan a los octavos de final y se vuelven a casa. Lo han hecho en siete Mundiales consecutivos, una racha tan ininterrumpida que dejó de parecer mala suerte para parecer un rasgo de carácter. En México hasta tienen nombre para el partido que no consiguen ganar: el quinto partido, el que está más allá de los octavos y al que la selección lleva una generación sin asomarse.

Lo extraño de la racha es que está hecha de éxitos, no de fracasos. Cualquier país enmarcaría la regularidad de México. Clasifican, salen del grupo, alcanzan la eliminatoria directa, siempre, como quien paga una deuda. Y siempre el reloj se detiene a la misma hora. La última vez que México pisó unos cuartos de final, quienes lo lograron ya son abuelos. Cuarenta años llegando a la misma puerta sin cruzarla han logrado lo que ninguna derrota suelta consiguió: convertir los octavos en una condena más que en un logro.

El quinto partido

Las dos veces que México sí rompió el techo, la explicación incomoda, porque señala justo lo que está a punto de repetirse. Llegaron a cuartos en 1970 y de nuevo en 1986, y las dos veces eran los anfitriones. Jugar en casa es lo único que alguna vez levantó a este equipo por encima de su límite. Fuera de ahí el patrón es implacable: 1994, 1998, 2002, 2006, 2010, 2014, 2018, siete torneos, siete eliminaciones en el segundo obstáculo, la última un 2-0 ante Brasil que pareció menos una paliza que una confirmación. Cambiaron los rivales. El resultado no.

Ese es el peso que México carga al torneo, y pesa más que cualquier sorteo, porque es psicológico antes que táctico. Un equipo que ha perdido el mismo partido tantas veces no lo afronta como un reto nuevo. Lo afronta como una casa encantada a la que tiene que volver a entrar.

El regalo del anfitrión, y su trampa

Y ahora, por tercera vez en su historia y por tercera vez en su propio suelo, México es la sede, la primera nación que organiza o coorganiza tres Mundiales masculinos. El honor es enorme. La presión que lo acompaña es toda la historia. México abre el torneo entero, el primer partido, en el Estadio Azteca, la catedral donde ya viven los dos grandes momentos de su pasado futbolístico. Y le tocó el grupo más benévolo que un anfitrión podía soñar: primero Sudáfrica, después Corea del Sur, luego Chequia. Nada en esos tres partidos debería inquietar a un equipo de este nivel.

Ese es el regalo. La trampa es el mismo objeto visto del otro lado. Cuando el grupo es liviano, cuando el partido inaugural es tuyo y el estadio es tuyo y el ruido es tuyo, los octavos dejan de ser una meta y pasan a ser un piso mínimo. Durante treinta años México pudo caer en esa ronda y llamar al torneo digno. Este verano no puede. Con todas las ventajas servidas, el resultado en el que siempre pudo refugiarse se leería, por una vez, como un fracaso. Le quitaron la red, y no fue él quien la quitó.

Aguirre no parpadea

El hombre encargado de manejar esa contradicción es Javier Aguirre, y lo más revelador de su regreso es que no finge que la contradicción no existe. Es el tercer ciclo del Vasco al frente de la selección, y él mismo vivió dos de esas eliminaciones desde el banquillo. Un técnico prudente en su lugar bajaría el listón, hablaría de proceso, administraría la ilusión del país hasta dejarla en algo soportable. Aguirre hizo lo contrario. Le dijo a México, sin rodeos, que el torneo está para tomarlo, que el camino que tiene delante es favorable, y aguantó las críticas que llegaron por decirlo en voz alta. Ricardo La Volpe cuestionó el plan entero, la concentración larga y cerrada, la seguridad de un proyecto que para sus dudas parecía más teatro que método. Aguirre lo encajó como encajan los veteranos, sin inmutarse. Un equipo que lleva cuarenta años esperando en silencio quedarse corto no necesita un técnico que comparta esa expectativa.

Los que tienen que cargarlo

El plantel que envía a esa presión está construido sobre lo conocido y no sobre el miedo. Ahí está Guillermo Ochoa, un sexto Mundial, un récord que ningún mexicano había tenido, el portero convertido en el vínculo vivo con cada uno de esos casi. Delante de él aparece Edson Álvarez, el ancla sobre la que se ordena el equipo, con Johan Vázquez y César Montes dándole a la defensa la dureza que exige una ronda profunda. Vázquez, de hecho, marcó el único gol de un triunfo de preparación ante Australia, un recordatorio de que los goles no siempre tienen que venir de quienes cobran por hacerlos. Y quienes cobran por hacerlos cargan sus propias preguntas: Raúl Jiménez como presencia experimentada, Santiago Giménez llegando de una temporada dura en su club, Julián Quiñones con los goles que sumó a montones en el extranjero, Orbelín Pineda como inventiva desde el medio. Lo que el equipo sí tiene es forma, un año invicto, con empates ante Portugal y Bélgica que demostraron que el Tri puede subir al ring con los pesos pesados sin caer.

Así que la pregunta no es si México llega a octavos. Siempre llega a octavos; es lo único que se le puede dar por seguro. La pregunta es la que ha respondido mal siete veces seguidas: si esta versión titubea en el quinto partido como titubearon todas las anteriores. Todo en este verano está diseñado para que la respuesta sea distinta: el público, la sede, el camino inicial blando, el técnico que no baja la mirada. Lo único que queda entre México y los cuartos que persigue desde hace cuarenta años es la parte que ningún sorteo arregla, el temple para cruzar una puerta que aprendió, una y otra vez, a esperar cerrada. Este es el único torneo en el que no habrá a quién echarle la culpa si sigue trabada.

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