Música

Miguel Bosé pide no mirar el eclipse: «mal rollo», y las redes lo convierten en meme

Alice Lange

Durante gran parte de su carrera, Miguel Bosé fue una de las mayores estrellas del pop que ha dado el mundo hispanohablante, una voz de estadio cuyas canciones marcaron a un par de generaciones. Ahora es más conocido por lo que publica que por lo que graba, y su instrucción a los fans sobre el eclipse —que no lo miraran, malas vibras, malas consecuencias— le dio al país un chiste que pudo circular en una tarde.

El consenso se escribió solo en cuestión de minutos: otro extraño pronunciamiento de un famoso que hace tiempo cambió credibilidad por convicción. Las redes hicieron lo suyo, y la frase más afilada caló, coronándolo como el Marcos Llorente original, en alusión al futbolista cuyas teorías sobre la luz solar y el cielo lo han convertido en un chiste recurrente sobre la pseudociencia de los famosos. El encuadre es gracioso. También subestima lo que le está ocurriendo a uno de los artistas más reconocibles de su época.

Esta es la parte que la burla se salta. El evento que Bosé dijo que temieran es una auténtica maravilla: el primer eclipse solar total que cruza la España peninsular en más de un siglo, con su sombra recorriendo desde la costa noroeste hacia el Mediterráneo mientras el sol se sitúa bajo en el horizonte. Astrónomos y el propio instituto geográfico del país pasaron semanas preparando al público. La única precaución real asociada al día —no mirar nunca al sol sin filtros adecuados— es un consejo de seguridad ocular que daría cualquier óptico, no un presagio. Bosé tomó un hecho y lo vistió como una maldición.

La comparación con Llorente cala más hondo cuanto más se sigue. El futbolista se labró una carrera paralela dudando de que la luz solar dañe los ojos, hasta el punto de que un oftalmólogo advirtió que su postura invita al mismo daño retiniano que sufren quienes ven eclipses solares sin protección. Así que el país tiene ahora a dos hombres famosos en extremos opuestos de la misma desinformación: uno insiste en que mirar al sol es seguro, el otro en que una sombra que lo cruza es peligrosa de contemplar. Ambos se equivocan en la dirección que más atención genera.

Para Bosé, el momento tiene su propio peso. Hace poco anunció que se retiraba de la música tras una gira de despedida, el tipo de salida que suele invitar a una vuelta de honor que resume su carrera. En cambio, la conversación en torno a su nombre sigue girando hacia sus opiniones sobre las vacunas, sobre las instituciones, sobre lo que él dice que se ha ocultado al público durante siglos. Un artista elige qué amplifica. No elige qué versión de sí mismo archiva el público, y ese archivo se engrosa con todo menos las canciones.

La línea que va desde sus afirmaciones de la pandemia, pasando por una cura a base de lejía que promocionó, hasta una advertencia sobre el eclipse no es simple excentricidad. Es alcance, y el alcance es la moneda que gasta una estrella. Cada publicación que convierte a una audiencia construida sobre la música en una audiencia para lo místico consume aquello que hizo que valiera la pena escucharlo. La burla es el coste barato. El silencio es el caro.

Dentro de cien años, cuando España se alinee para su próximo eclipse total, alguien sacará el catálogo de los artistas que definieron esta era. La pregunta que Bosé responde con cada publicación es si su nombre aparece por la música o por la advertencia.

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