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Michael Jordan, veintitrés años fuera de la cancha y sigue empeñado en construir cosas que ganen

Penelope H. Fritz

Michael Jordan tiene sesenta y tres años, no juega un partido de baloncesto de competición desde hace más de dos décadas y acaba de admitir en una entrevista televisiva que las ganas de volver son, en sus propias palabras, “no un trocito, una parte enorme”. Se lo dijo a Gayle King con esa media sonrisa del que sabe que la respuesta está cerrada. Acto seguido cambió de tema y se puso a hablar de NASCAR. La conversación se planteó como un “Insights to Greatness” para la vuelta del baloncesto a NBC; acabó siendo el parte médico de un competidor que ha desviado el hambre, no la ha apagado.

Ahí está el dato sin resolver del capítulo tardío. El Jordan canonizado — seis anillos, seis MVP de las Finales, diez títulos de máximo anotador, el tiro de los últimos segundos contra Utah que cerró el anillo de 1998 — está sellado. El Jordan que trabaja, no. Es dueño del equipo que lidera ahora mismo la clasificación de la Copa NASCAR, cobra lo que se considera el contrato de analista más alto que ha pagado una cadena estadounidense por unas pocas horas de cámara pregrabadas al año, y la línea de zapatillas que lleva su nombre facturó 7.300 millones de dólares en el ejercicio 2025 incluso después de caer un dieciséis por ciento. La vitrina se cerró en 2003. La competición no.

Nació en Brooklyn y se crio en Wilmington, Carolina del Norte, cuarto de cinco hijos de James, supervisor en General Electric, y Deloris, cajera de banco que organizaba la casa en torno a la disciplina y las segundas oportunidades. El chaval no entró en el equipo del instituto Laney como sophomore — la versión más exacta es que lo mandaron al JV porque el varsity volvía con catorce de quince jugadores, pero el desaire le caló lo bastante hondo como para seguir citándolo treinta años después. Creció diez centímetros aquel verano, entró en el programa de Dean Smith en Carolina del Norte y como freshman metió el tiro decisivo contra Georgetown en la final universitaria. El primer mito se había escrito antes de los veinte.

Los Chicago Bulls lo eligieron en el tercer puesto del draft de 1984, por detrás de Hakeem Olajuwon y Sam Bowie. En doce meses ya era Rookie del Año; en cuatro temporadas, MVP de la liga y mejor defensor el mismo año; en siete, los Bulls arrancaban el primer triplete consecutivo — 1991, 1992, 1993 — contra los Lakers de Magic Johnson, los Trail Blazers de Clyde Drexler y los Suns de Charles Barkley. En el verano de 1993 asesinaron a su padre James en una carretera de Carolina del Norte y Jordan dejó el baloncesto para jugar en las menores de béisbol con los Birmingham Barons, filial de los Chicago White Sox. El regreso por fax con dos palabras — “I’m back” — llegó en marzo de 1995. El segundo triplete — 1996, 1997, 1998 — cayó contra Seattle y dos veces contra Utah, la segunda con el tiro sobre Bryon Russell que es ya la fotografía que vende la marca.

El párrafo crítico va aquí, porque el canon tiene contracanon. El Último Baile, los diez episodios que Jason Hehir montó con quinientas horas de material de la temporada 1997-98 y estrenó en la primavera pandémica de 2020 para ESPN y Netflix, se hizo dándole a Jordan el voto editorial final. Lo que la serie sostiene es inequívoco: la competitividad que hizo posibles los seis anillos también hizo difícil convivir con él. Horace Grant, Will Perdue y Steve Kerr (a quien Jordan le pegó un puñetazo en un entrenamiento de 1995) caben dentro del encuadre. La frase del propio Jordan — “ganar tiene un precio y el liderazgo también” — era a la vez la defensa del documental y su admisión. Luego está la vuelta con los Washington Wizards de 2001 a 2003, que la serie casi pasa por alto: el capítulo en el que el directivo que el año anterior había elegido a Kwame Brown en el draft se puso a sí mismo la camiseta con treinta y ocho años, promedió unos respetables veinte puntos y tiró por debajo del cuarenta y cinco por ciento por primera y única vez en su carrera. El arco son seis anillos y una coda que nadie pide recordar.

Las décadas posteriores le han convertido en otra clase de figura pública. Los Hornets — comprados en 2010 por doscientos setenta y cinco millones de dólares y vendidos en agosto de 2023 por tres mil millones a un grupo encabezado por Gabe Plotkin y Rick Schnall — no pasaron de primera ronda de playoffs en sus trece años de mando, un balance que rechina al lado de la cifra de salida. Se quedó una participación minoritaria. La Jordan Brand dentro de Nike, donde cobra un cinco por ciento de regalías estimadas, le pagó doscientos setenta y cinco millones de dólares solo en 2025 y le ha colocado en lo alto del ránking ajustado a inflación de Sportico con cuatro mil quinientos millones de ganancias acumuladas, la cifra más alta que la revista haya calculado para ningún atleta de ningún deporte. Vale, según Forbes, cuatro mil trescientos millones. Y, en lo privado, es desde abril de 2013 el marido de la modelo cubanoamericana Yvette Prieto, padre de las gemelas Victoria e Ysabel nacidas en febrero de 2014, y padre de tres hijos adultos — Jeffrey, Marcus, Jasmine — del primer matrimonio con Juanita Vanoy.

Lo que sí le activa visiblemente ahora es el equipo de carreras. Fundó 23XI Racing con el piloto Denny Hamlin en 2020 — el nombre es su antiguo dorsal cosido al número de Hamlin — y Tyler Reddick abrió la temporada 2026 ganando la Daytona 500, después Atlanta y después COTA: el primer piloto de la era moderna en llevarse las tres primeras carreras del año. Reddick añadió Darlington y Kansas, hasta convertirse en el primero desde Dale Earnhardt en 1987 en sumar cinco victorias en los primeros nueve domingos. Bubba Wallace lleva el segundo coche. El equipo lidera ahora mismo la clasificación de la Copa; Jordan, en entrevista tras entrevista, habla del proyecto como antes hablaba del séptimo partido. La NBA en NBC ha estrenado su retorno con él como special contributor, ese formato de entrevista pregrabada repartido a lo largo del curso. La racha de Reddick, la entrevista con Gayle King, el ránking de Sportico: son las semanas finales de la biografía, y todas hablan del mismo hombre, alguien que sigue fabricando lo que quiere fabricar. La próxima carrera es en Talladega. El próximo anillo no será en el United Center.

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