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Steven Gerrard, entre tres ofertas y un argumento que aún no cierra

Penelope H. Fritz

Hay tres puertas abiertas y una que se cierra en silencio. El Burnley, recién descendido, quiere un técnico capaz de devolverlo a la Premier League sin temblar ante las cámaras. El Rangers, donde ganó un título y vio que casi le cambia la vida, vuelve a llamar después de que él dijera que no la primera vez. El Bristol City, menos evidente, apuesta por la paciencia del Championship como reconstrucción adecuada para un hombre que aún no ha levantado un proyecto que dure. Steven Gerrard elige entre tres versiones del segundo acto. Ninguna se parece a la que probablemente imaginó cuando dejó de jugar.

Nació en Whiston, del lado del Liverpool del río Mersey, el mismo año en que su primo Jon-Paul Gilhooley fue la más joven de las noventa y siete víctimas de Hillsborough. Ese dato está detrás de cada frase que se escribe sobre él en clave del Liverpool. El chaval que entró en Melwood ya entendía que el club al que iba a unirse cargaba con un duelo público; años después diría en entrevistas que aquello marcó lo que para él significaba ponerse esa camiseta. El contrato profesional llegó a los diecisiete, el debut a los dieciocho —suplente contra el Blackburn en Anfield— y la capitanía a los veintitrés, cuando Gérard Houllier le entregó el brazalete que no soltaría en doce años.

Lo que vino después fue una carrera que encaja a contracorriente en la forma de un mediocampista. Sabía pasar como un volante de creación retrasado, llegar al área como un delantero, golpear el balón desde treinta metros como nadie que el Liverpool hubiera producido antes. Los tres primeros títulos llegaron con el triplete de copas de 2001 —FA Cup, League Cup, Copa de la UEFA—. El más grande llegó cuatro años después en Estambul, cuando el Liverpool entró al descanso de la final de la Champions League tres goles por debajo del AC Milan y salió como si alguien les hubiera dicho que ya iban ganando. Su cabezazo en el minuto cincuenta y cuatro arrancó la remontada. Fue elegido jugador del partido. Tenía veinticinco años.

Le dijo no al Chelsea dos veces. Primero en 2004, luego en 2005, después de la Champions League, cuando el club de Roman Abramóvich llegó con un dinero que le habría cambiado la cuenta corriente y la historia. Se quedó y ganó otra FA Cup —la final de 2006 frente al West Ham, la conocida como la Gerrard Final porque marcó dos goles, el segundo una volea de treinta metros en el descuento—. Fue Mejor Jugador de Clubes de la UEFA en 2005, PFA Player of the Year en 2006, FWA Footballer of the Year en 2009. Capitaneó a Inglaterra treinta y ocho veces. Se retiró de la selección tras un Mundial 2014 que no funcionó ni para Inglaterra ni para él.

Nunca ganó la Premier League. Esa frase es con la que la versión canónica tiene que negociar. En abril de 2014 al Liverpool le hacían falta tres victorias más para un primer título de liga en veinticuatro años; en Anfield, frente al Chelsea, él resbaló en la mitad del campo, Demba Ba se llevó el balón y el título se fue con él. La imagen vive sola. Los defensores de la carrera como jugador —que abundan— señalan que el resbalón es un segundo dentro de una trayectoria de diecisiete años al máximo nivel. Los críticos señalan que la ausencia de una medalla de liga es lo que lo convierte en un grande del Liverpool distinto de los que están por encima en la iconografía de Anfield. Ambos tienen razón. Y la discusión no se va a cerrar más que con el hombre que intente ganarla como entrenador.

El camino del banquillo empezó en la cantera del Liverpool en 2017. El Rangers llegó un año después: tres temporadas de reconstrucción paciente que cerraron con un curso 2020-21 invicto en la Scottish Premiership y que rompió las nueve ligas seguidas del Celtic —102 puntos, trece goles encajados en treinta y ocho partidos—. Parecía el arranque de una carrera técnica que iba a resolver la pregunta. El Aston Villa debía ser el paso siguiente. Once meses después fue destituido, con dos victorias en los doce primeros partidos del curso al que el Villa lo había contratado precisamente para liderar. Al-Ettifaq, en la Saudi Pro League, fue el capítulo intermedio extraño —dos años, una ampliación y una salida por mutuo acuerdo en enero de 2025 con el club a cinco puntos del descenso—. Las críticas al fichaje por motivos de sportswashing no se aflojaron cuando los resultados no llegaron.

Dieciséis meses fuera de los banquillos son suficientes para saber qué proyecto quiere uno realmente. Los tres que están sobre la mesa ofrecen tratos distintos. El Burnley necesita un especialista en ascensos que aguante la turbulencia de la segunda temporada; el Rangers necesita al hombre que ya ganó un título escocés y vuelva a hacerlo con menos margen; el Bristol City ofrece un Championship sin el volumen de los otros dos, pero también sin los pagos del paracaídas ni el ruido europeo. Rechazó al Rangers en octubre de 2025. Ha mantenido, según los informes, cuatro reuniones con el Burnley. Cuando se lea esto puede haber firmado en algún sitio —o, la opción más interesante, puede haber decidido volver a esperar—.

Está casado desde 2007 con Alex Curran, tiene cuatro hijos con ella y se convirtió en abuelo en el verano de 2025, cuando su hija mayor, Lilly-Ella, tuvo a su vez una hija. Tiene cuarenta y cinco años. La carrera de la que se sigue escribiendo es la de jugador: la capitanía que nadie ha igualado en el Liverpool por duración, el cabezazo de Estambul que no necesita que nadie lo recuerde a quien lo vio. La que aún no se ha escrito es la que decide si la Premier League es una asignatura pendiente o un proyecto. Sea cual sea el banquillo que firme a continuación, esa es la elección que está haciendo.

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