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‘Corazones rebeldes’ vuelve a Netflix y saca su academia yankii a las playas de Okinawa

Liv Altman

Hay una forma de valentía que la pose de chico duro existe para prohibir, y es justo la que este programa exige ante las cámaras: querer a otra persona en voz alta, sin bravuconería detrás de la que esconderse. ‘Corazones rebeldes’ reúne a jóvenes japoneses que alguna vez cargaron la etiqueta yankii —el delincuente, el rebelde, el chaval al que el barrio aprendió a esquivar— y les pide hacer lo más blando posible delante de todos.

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El formato es el primer reality de romance pensado para ese perfil, y pertenece a Netflix. La premisa se mantiene: desconocidos con pasados ásperos conviven en una academia aislada y avanzan hacia un día de graduación en el que deben decir, sin rodeos, de quién se enamoraron. No hay premio en metálico ni mecánica de expulsiones; todo el motor es la fecha límite de esa confesión final.

El verdadero relato de esta temporada es el espacio. La academia cerrada se queda atrás y el experimento se traslada a las playas de Okinawa, a una escuela junto al mar. La reubicación no es decorado. El internado original funcionaba porque era un recipiente: paredes que mantenían al reparto apretado hasta que algo tenía que ceder. El agua y la arena abiertas levantan la tapa. Ahora hay más sitio para marcharse, y por eso pesa más el momento en que alguien elige quedarse.

El panel también cambia. La creadora y productora MEGUMI, exyankii ella misma, regresa junto al cómico Nagano, pero el rapero AK-69 cede su sitio a Awich, nacida y criada en Okinawa y en su primer papel como comentarista de un reality. Poner una voz okinawense en una temporada okinawense es más que simetría: Awich se hizo un nombre por su franqueza sin adornos, el registro exacto que un programa sobre gente que desconfía del sentimentalismo puede aprovechar.

Conviene situar ‘Corazones rebeldes’ frente a la tradición de la que sale. El romance de telerrealidad japonés tiene un estilo fijado por ‘Terrace House’ y suavizado aún más por ‘Love Village’: desconocidos bajo un mismo techo, conflictos resueltos con una cortesía casi dolorosa. Este programa hereda la casa compartida y el panel, y tira los modales por la ventana. Los enfrentamientos son ruidosos, las confesiones son crudas y el pariente más cercano no es el salón de ‘Terrace House’, sino la volatilidad de los realities de citas occidentales.

Badly in Love
Photo: Sakiho Onimaru/Netflix

Debajo del ruido late un argumento más callado sobre a quién decide descartar una sociedad. El yankii es una figura romantizada en la cultura pop japonesa y sospechosa en la vida diaria. La propuesta del programa es que los chavales a los que los adultos ya renunciaron merecen que se les mire intentarlo. Por eso la confesión de graduación pesa: pone en escena la posibilidad de cambio en las mismas personas sobre las que la cultura ya se formó una opinión. Y ahí queda el límite que la temporada nunca cierra: una confesión prueba que alguien sintió algo una tarde concreta, no que haya cambiado.

La segunda temporada llega a Netflix el 4 de agosto, con diez episodios repartidos en tres tandas semanales: los primeros cuatro en el estreno, tres más el 11 de agosto y los tres últimos el 18. La banda sonora es una versión remasterizada en 2026 de ‘Body & Soul’, de SPEED, reeditada por el trigésimo aniversario del grupo okinawense: un himno de casa para una temporada que por fin volvió a casa.

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