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Halo: una épica intergaláctica que ahoga sus personajes emocionales

Veronica Loop

La pantalla se divide en dos: a un lado, Master Chief John-117 (Pablo Schreiber) carga contra una horda de Covenant con esa postura encorvada que le da su icónica armadura verde; al otro, la joven Kwan Ha (Yerin Ha) observa desde las sombras de Madrigal, su colonia insurrecta. Esa dualidad visual resume el problema central de Halo (2022): quiere ser un drama íntimo sobre personajes fragmentados por la guerra y, a la vez, una épica intergaláctica de disparos y explosiones. La serie de Kyle Killen y Steven Kane, basada en los videojuegos de Bungie, se ahoga intentando equilibrar ambos tonos.

El núcleo más interesante emerge cuando el guion explora las fisuras emocionales de sus personajes: la relación tensa entre Keyes (Danny Sapani) y su hija Miranda (Olive Gray), o el conflicto moral de Makee (Charlie Murphy), un humano criado como «Blessed One» por los alienígenas. Estos momentos —como cuando Kwan Ha descubre el verdadero alcance del conflicto— funcionan porque priorizan la humanidad sobre el espectáculo. La dirección de actores de Killen, especialmente con Shabana Azmi como la fría Parangosky o Natasha Culzac como Riz-028, extrae matices inesperados en diálogos que, en papel, parecen sacados del manual de Star Trek.

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Pero ese potencial se diluye en secuencias de acción sobrecargadas. La batalla inicial en Reach, con su coreografía caótica y planos temblorosos, recuerda más a un tráiler de Call of Duty que a la narrativa visual precisa de los juegos. Los efectos visuales —a pesar del presupuesto de Paramount+— lucen datados frente al estándar actual (comparar los diseños de Covenant aquí con los de The Mandalorian). Y aunque Schreiber captura la presencia física del Chief, su actuación carece de la ambigüedad moral que hizo memorable a Cortana (Jen Taylor, repitiendo su papel de los juegos) en los originales.

La mayor traición es el tratamiento del lore. La serie se autoproclama un «Silver Timeline» independiente, pero esa decisión solo sirve para justificar cambios forzados: el diseño retro de las armaduras UNSC o la simplificación de conceptos como los Forerunners. Los fans más casuales quizá aprecien la accesibilidad, pero incluso en ese terreno tropieza: los nueve episodios de la primera temporada se sienten dispersos, con un ritmo que oscila entre lo contemplativo y lo frenético sin encontrar un equilibrio.

Donde Halo logra destacar es en su exploración de temas como el fanatismo religioso (la alianza Covenant) o el precio del progreso tecnológico. La segunda temporada mejora en coherencia narrativa —el arco de Kwan Ha, por ejemplo—, pero sigue sufriendo de una identidad visual confusa: los planos aéreos de las batallas espaciales son impactantes, pero luego recurren a transiciones baratas (como fundidos a negro) para conectar escenas. La música, aunque fiel al espíritu de las bandas sonoras originales, repite motivos sin aportar nada nuevo.

MCM Score: 6.3/10 — craft 1 / story 2 / performances 2 / originality 1 / genre_fit 2

(Nota: La puntuación refleja el promedio entre ambas temporadas, con un leve ascenso en la segunda por su mayor solidez narrativa).

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