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Our Living World: Un documental hermoso pero predecible

Martha Lucas

La cámara se sumerge en un río nepalí, siguiendo el ritmo pausado de los rinocerontes que beben al atardecer. Es la imagen inaugural de Our Living World, el nuevo documental de Netflix que, bajo la voz sedosa de Cate Blanchett, promete desentrañar los hilos invisibles que tejen la vida en nuestro planeta. Pero más allá del paisaje postal —y de la inevitable comparación con los titanes del género—, lo que queda es un ejercicio de ambición contenida.

La serie, creada por Laura Coates, Peter Lown, James Shelton y Kirstine Davidson, no innova en forma ni fondo: repite fórmulas probadas en Planet Earth o Life, desde el ritmo narrativo hasta la estructura episódica. Blanchett, sin embargo, aporta un tono melifluo que eleva escenas cotidianas —como una manada de renos esquivando lobos— a momentos casi líricos. Su narrativa evita el discurso catastrofista: aquí no hay humanos como villanos, solo criaturas navegando un mundo que, a veces, ellos mismos han alterado.

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Donde la producción brilla es en su habilidad para conectar ecosistemas lejanos mediante planos detallistas (el diseño de los colmillos de un elefante, el vuelo sincronizado de un banco de peces) y una banda sonora que oscila entre lo etéreo —como en «Spring Returns», donde violines y arpas imitan el despertar de la tundra— y lo ominoso. La secuencia del águila arpía cazando en la Amazonía, acompañada por percusiones tribales, es un ejemplo de cómo sonido e imagen pueden crear tensión sin necesidad de truco alguno.

Pero Our Living World tropieza en su propio mensaje. Pretende ser un manifiesto sobre interconexión, pero se queda en un catálogo de maravillas naturales. Los cuatro episodios repiten la misma idea —la vida como red— sin profundizar en cómo esa red funciona o colapsa. Hay momentos reveladores (el papel de los agutís dispersando semillas), pero también redundancias: el término «ecosistema» se repite hasta volverse manido.

El mayor pecado es la estructura. Cada capítulo sigue un patrón predecible: presentación del hábitat, seguimiento de una especie emblemática, cierre con una nota esperanzadora. Faltan riesgos narrativos, como los que asumió The Blue Planet al explorar el impacto humano en los océanos.

Veredicto: Our Living World es un documental bien ejecutado pero anodino, salvado por la voz de Blanchett y algunos planos memorables. No reinventa el género, pero cumple su función: entretener mientras educa.

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