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Furioso en Netflix: un luchador de MMA sin memoria y un pasado que vuelve a por él

Liv Altman

A un hombre lo sacan del agua entre la vida y la muerte y, cuando abre los ojos, lo primero que falta es él mismo. Sin memoria, sin nombre. El entrenador que lo rescata le entrega las dos cosas que necesita alguien sin historia: lo llama Marcelo y le da un lugar donde pelear. Todo lo que la serie quiere que sintamos por él queda decidido en ese intercambio, antes de que caiga el primer golpe.

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Esa es la crueldad silenciosa en el centro de Furioso, la serie brasileña de artes marciales mixtas de Netflix. Vendida como un drama de acción a toda máquina, por fuera parece una historia de ascenso en los gimnasios y las trastiendas de Río de Janeiro, con los nudillos en carne viva y el rugido del público. Por debajo es un thriller sobre un cuerpo en blanco: un hombre sin pasado sobre el que los demás pueden escribir sus deudas, sus secretos y sus crímenes.

La amnesia no es un truco que el guion olvide en el tercer episodio. Es el motor. Como Marcelo no recuerda nada, la serie le oculta su identidad a él y al espectador al mismo ritmo, de modo que cada combate avanza a la vez la trama deportiva y el misterio. Un nocaut también puede ser una revelación. El octágono se vuelve el reloj del relato, la única sala limpia en un mundo donde no se puede confiar en nada, ni siquiera en el hombre que está en el centro.

Vinicius Neri sostiene ese vacío como protagonista, un hombre que aprende quién es aprendiendo cómo golpea. A su alrededor la serie reúne un reparto que funciona como un mapa de la cultura audiovisual brasileña: Cláudia Raia y Eduardo Moscovis desde la tradición de la telenovela, Bianca Comparato como Yana Novaes, Fábio Lago como el entrenador Tony, Alice Carvalho y Babu Santana. El rapero MC Cabelinho interpreta a Malamute, el rival que se cruza con Marcelo dentro de la jaula y no lo suelta fuera de ella.

Y está Anderson Silva. El excampeón de peso mediano de la UFC, uno de los mejores peleadores que ha dado Brasil, aparece como personaje: el deporte real apretando el pulgar sobre la ficción. Es una elección que no solo atrae aficionados, también reclama algo. Furioso quiere el peso verdadero del MMA brasileño detrás, no una imitación estilizada.

La dirección es de José Henrique Fonseca, que traslada la presión procesal y paranoica de su thriller Buen día, Verônica a este material. Su cámara trata el gimnasio como una escena del crimen y la jaula como una sala de interrogatorio. Las secuencias de pelea no quedan a un lado como espectáculo: son la trama, discutida en hueso y aliento.

Ayuda situar la serie junto a sus antepasados. El peleador que se reconstruye en el ring es la forma estadounidense, la de Rocky y Warrior. Pero las calles alrededor de este ring pertenecen a otra estirpe: el Río de Ciudad de Dios y Tropa de élite, donde la violencia nunca es solo violencia, sino el mecanismo con que una sociedad decide a quién se le permite ser visto. El MMA, leído así, es la versión autorizada y con entrada de esa misma maquinaria: el único lugar donde a un hombre de la nada le pagan por existir.

Ahí guarda Furioso su verdadero argumento. La historia de ascenso suele terminar en el cinturón; aquí el cinturón es la trampa, porque cada victoria vuelve a Marcelo más visible ante quienes lo borraron. El éxito no lo libera: revela la fotografía. Si un hombre solo sabe quién es dentro del octágono, ¿qué le debe ese yo a los desconocidos cuyos secretos lo construyeron, y puede una identidad hecha de crímenes ajenos llegar a ser honestamente suya? La serie no responde. Sigue golpeando.

Creada por Igor Verde y Gustavo Bragança, Furioso (título original Fúria) es una coproducción de Zola Filmes y Netflix, rodada en Río de Janeiro y hablada en portugués, con clasificación para adultos por su violencia. La primera temporada llega a Netflix en todo el mundo el 29 de julio de 2026: un hombre con un nombre prestado, una jaula que le queda a medida y un pasado que viene a cobrar.

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