Análisis

Confessions II confirma que Madonna tenía razón y los críticos se equivocaron veinte años

Molly Se-kyung

El disco empieza sin presentación. Dieciséis cortes organizados como una sesión DJ continua, sin pausas, sin respiro entre canciones. Stuart Price, que produjo el primer Confessions on a Dance Floor en 2005, regresa quince años después para cerrar el mismo argumento: la pista de baile como el único espacio donde todo lo que no se puede decir puede, al menos, sentirse. Confessions II lo defiende durante 63 minutos y lo cumple.

El álbum se gana sus críticas. Pitchfork le otorga un 8,1. Rolling Stone lo llama el mejor disco de Madonna en veinte años. NME le da cuatro estrellas y lo define como su trabajo más relevante en dos décadas. Metacritic lo clasifica con un 83, que la plataforma cataloga como aclamación universal. Pero lo que no dicen esas cifras — y lo que la conversación crítica tampoco está diciendo del todo — es que esas reseñas están haciendo dos cosas al mismo tiempo: valorar la música que lo justifica y saldar una deuda. La prensa que hoy llama a este álbum un triunfo es en gran parte la misma que pasó quince años describiendo a Madonna como alguien desconectada de la realidad, del mercado, de su propia edad. La prensa musical no sólo está cambiando de opinión sobre Madonna. Está cambiando de opinión sobre sí misma, sin admitirlo.

El álbum funciona por la misma razón que el original: confianza estructural. Price y Madonna han construido una secuencia de house y techno de 63 minutos que bebe del Detroit y el Chicago de los años ochenta. La apertura de “I Feel So Free”, “Good for the Soul” y “One Step Away” marca el pulso desde el primer segundo. “I Feel So Free” encabezó el chart Dance/Mix Show Airplay de Billboard — el primer número uno en radio de Madonna en dieciocho años. “My Sins Are My Savior” y “Read My Lips” empujan la mezcla hacia un house más duro que incluye un sample del tema de 1989 de Lil Louis “French Kiss”, que llega como homenaje deliberado, no como nostalgia de relleno.

El centro emocional del álbum es “Fragile”, escrita después de una conversación con su hermano Christopher Ciccone durante su enfermedad. Es música de baile que gestiona el duelo sin frenar el ritmo — formalmente difícil, resuelto con la decisión de no romper la mezcla en ningún momento. “The Test”, una colaboración de trip-hop con su hija Lourdes Leon en su primera grabación conjunta, es la pieza más formalmente heterodoxa del álbum y una de las más genuinamente emocionantes. “Danceteria” invoca sus primeros años en los clubes de Nueva York y cita a Keith Haring y Jean-Michel Basquiat — no como decorado, sino como testimonio de haber estado realmente en el lugar donde se hizo esa cultura.

El contraargumento merece más que un párrafo de descarte. Linda Perry — compositora y productora que ha trabajado con Christina Aguilera, Pink y Alicia Keys — afirmó sin rodeos que la música reciente de Madonna le parece “débil” y “sin poder”. El diagnóstico de Perry es que Madonna está “siguiendo las tendencias” y “tratando de competir con Charli XCX”. La crítica no va sobre la edad, sino sobre la dirección artística. Y tiene peso, porque Confessions II llega en un momento en que la crítica ya había rehabilitado la música de baile como forma seria para adultos, en parte gracias al impacto de Brat de Charli XCX. ¿Está Madonna liderando esa conversación o sumándose a ella?

La respuesta honesta es que ambas cosas, y esto ha sido cierto a lo largo de toda su carrera. El primer Confessions on a Dance Floor fue también una respuesta a un momento: al renacimiento del disco tardío, a Daft Punk, a la revalorización crítica de la música de club que ya estaba en marcha. Madonna no ha sido nunca una inventora de géneros; ha sido una sintetizadora de géneros con una capacidad sin igual para hacer que la síntesis parezca necesaria. Lo que el argumento de Perry no contempla es que ese siempre ha sido el mecanismo. Cuando “Danceteria” cita a Haring y Basquiat, no es el gesto de alguien corriendo detrás del zeitgeist. Es un testimonio. Variety, en su reseña en la que calificó el álbum como “el mejor en décadas”, describió la pista de baile como “un umbral, un espacio ritual donde el movimiento reemplaza al lenguaje”. Eso es exactamente lo que Perry no ve: la diferencia entre estar en el mismo mercado que Charli XCX y estar en la misma conversación. Madonna no está en el mismo mercado. Nunca lo estuvo.

La asociación con Grindr para la campaña del álbum — la primera de este tipo entre un artista consolidado y una aplicación de citas LGTBIQ+ — se lee a veces como marketing de nicho. Es más exactamente una declaración de audiencia. Los oyentes más constantes de Madonna siempre han sido las comunidades queer, y Confessions II se dirige a ellas con una franqueza que su trabajo siempre ha tenido. Que la prensa generalista lo descubra ahora revela no que Madonna haya cambiado, sino que el mainstream ha decidido finalmente reconocer que las audiencias queer y la cultura que sostienen han sido el verdadero tema de la música popular seria durante más tiempo del que las críticas admitían.

Una cuestión que no desaparece aunque el álbum sea excelente: la deuda cultural. El single de 1990 “Vogue” convirtió la cultura ballroom en un fenómeno global y generó críticas legítimas por parte de las comunidades negras y latinas que la crearon. Confessions II no resuelve esa historia. El análisis de The Conversation reconoció tanto la crítica a la apropiación como el contraargumento de que Madonna “utilizó niveles sin precedentes de visibilidad en el mainstream para dar plataforma a la estética queer”. Las dos posiciones están documentadas; ninguna cancela la otra. La deuda estructural del disco con la música electrónica negra — el techno de Detroit, el house de Chicago — es fundacional, no meramente estilística.

Lo que se sabe: Confessions II se publicó el 3 de julio de 2026 a través de Warner Records. Es el decimoquinto álbum de estudio de Madonna, producido principalmente por Stuart Price. Metacritic: 83. Pitchfork: 8,1. Rolling Stone la nombró su mejor álbum en veinte años. NME: cuatro estrellas. “I Feel So Free” alcanzó el número uno en Dance/Mix Show Airplay según Billboard — primer número uno en radio en dieciocho años. El cortometraje musical se estrenó en el Festival de Tribeca. Colaboran Sabrina Carpenter, Feid, Stromae, Martin Garrix y Lourdes Leon.

Lo que está en disputa: Si el entusiasmo crítico refleja sólo la música o en parte corrige quince años de descarte injustificado. Si la afirmación de Linda Perry de que Madonna sigue tendencias en lugar de marcarlas es una crítica seria o una lectura equivocada de cómo siempre ha funcionado su síntesis. Si el disco reconoce adecuadamente su deuda con las comunidades negras y latinas cuya música lo sostiene. Y si llamar “desafiante” al álbum de baile de una mujer de 68 años es un elogio para ella o una confesión sobre el resto.

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