Ciencia

Un «pollo del infierno» que convivió con el T. rex tenía mandíbulas para triturar fruta

Peter Finch
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Un pequeño dinosaurio con plumas que convivió con el Tyrannosaurus rex tenía una mandíbula que se deslizaba hacia delante y hacia atrás como la de un loro, y el equipo que lo ha descrito sostiene que estaba hecha para triturar fruta. El animal, bautizado Infernogallus jamesi, o «pollo del infierno», procedía de un linaje de carnívoros, pero su cráneo presenta una disposición muscular que hoy solo se observa en aves que se alimentan de fruta blanda.

Si la interpretación se confirma, sería el primer dinosaurio conocido especializado en comer fruta y el primer vínculo sólido entre los dinosaurios y el auge de las plantas con flores. Los paleontólogos llevan décadas buscando esa conexión sin hallar pruebas anatómicas directas. Un animal del tamaño de un pavo, de los últimos días de los dinosaurios, podría aportarla.

Infernogallus pertenece a los caenagnátidos, un grupo de dinosaurios emplumados, sin dientes y con pico, emparentados con Oviraptor. Sus restos son sobre todo mandíbulas y huesos de las extremidades aislados, porque sus esqueletos ligeros y llenos de aire rara vez sobrevivían intactos al enterramiento. «Durante más de 100 años no supimos cómo eran los cráneos de estos animales», explica Gregory Funston, de la Universidad Stony Brook, responsable del estudio. «Ahora sabemos que eran aún más raros de lo que podríamos haber imaginado».

El nuevo cráneo está casi completo y todavía articulado, el primero de este tipo de todo el grupo. Procede de la Formación Hell Creek, los estratos rocosos del norte de las Grandes Llanuras donde también aparecen T. rex y Triceratops. El animal pesaba unos 12 kilogramos y, según los anillos de crecimiento de sus huesos, tenía al menos seis años y había alcanzado su tamaño adulto, lo que lo convierte en uno de los miembros más pequeños de su familia.

Un escáner reconstruye los músculos de la mandíbula

El equipo analizó el cráneo con microtomografía computarizada, una forma de escaneo por rayos X de alta resolución, y separó digitalmente cada hueso. Como los cráneos fósiles suelen llegar aplastados, también corrigió la deformación para devolverle su forma original. Las cicatrices y zonas rugosas del hueso señalan dónde se insertaban los músculos de la mandíbula, de modo que los investigadores pudieron reconstruir cada músculo de cierre mandibular y calcular en qué dirección tiraba.

La sorpresa estaba en el techo de la boca. En Infernogallus, los huesos del paladar se curvan hacia abajo y se adentran en la propia cavidad bucal, lo que orienta algunos músculos de la mandíbula de delante hacia atrás en lugar de arriba abajo. Esa disposición habría permitido a la mandíbula inferior deslizarse hacia delante y hacia atrás contra la superior, hasta unos 15 milímetros, en vez de cerrarse de golpe con un único mordisco vertical como en el T. rex.

Después, los investigadores compararon la orientación de estos músculos con la de aves actuales y otros dinosaurios. Entre las aves, la coincidencia más cercana fue el loro de Pesquet (Psittrichas fulgidus), también llamado loro aguileño, una especie de Nueva Guinea que se alimenta sobre todo de fruta blanda. La otra comparación del equipo fue con la tortuga verde, cuyas mandíbulas córneas tienen crestas trituradoras y un surco central para procesar plantas blandas. Las mandíbulas inferiores de los caenagnátidos muestran casi el mismo patrón de crestas y surcos, que habría encajado con el abultamiento óseo del paladar al deslizarse la mandíbula.

Fruta, y no hojas ni carne

Una mordida trituradora no basta por sí sola para demostrar una dieta de fruta, así que los autores suman varias pistas. La disposición de los músculos apunta a una mordida débil, poco útil para tallos duros, semillas o presas. Nunca se ha encontrado un caenagnátido ni un pariente cercano con gastrolitos, las piedras que muchos dinosaurios herbívoros tragaban para moler alimentos fibrosos. Los caenagnátidos tenían además cuerpos cortos con poco espacio para un intestino largo, justo lo contrario de lo que necesita un comedor de hojas para fermentar materia vegetal dura.

En conjunto, las pruebas sugieren un alimento blando y fácil de digerir, pero que aun así requería cierto procesamiento en la boca. La fruta carnosa encaja con esa descripción. «Es bastante raro que un animal se especialice en una dieta de fruta, así que cuando ocurre viene acompañado de adaptaciones notables», señala Thomas Dudgeon, investigador posdoctoral del Royal Ontario Museum y coautor del trabajo. El equipo sostiene que el cráneo estaba adaptado para arrancar la pulpa de frutos con hueso y desechar la semilla.

Los caenagnátidos surgieron justo después de los primeros frutos carnosos

Las plantas con flores se extendieron por tierra firme durante el Cretácico y desplazaron a las plantas con conos que habían dominado hasta entonces. Los frutos carnosos aparecieron en ese periodo y se hicieron más grandes y variados a lo largo de decenas de millones de años. El árbol genealógico datado del equipo sitúa el origen de los caenagnátidos hace entre unos 120 y 108 millones de años, poco después de los primeros frutos carnosos. La rama de pico profundo a la que pertenece Infernogallus apareció hace unos 80 millones de años, cuando los frutos se volvían más grandes y abundantes.

Ese calendario es importante porque estudios anteriores no habían hallado una correspondencia clara entre el auge de los dinosaurios herbívoros y la expansión de las plantas con flores. Si los caenagnátidos comían fruta, quizá también dispersaban semillas, una tarea que hoy cumplen aves, reptiles y pequeños mamíferos. El grupo incluye además animales mucho mayores: su pariente de Hell Creek Anzu wyliei, apodado «pollo del infierno» cuando se describió, pesaba cientos de kilos, y el asiático Gigantoraptor superaba los 1.800 kilogramos.

«Los restos completos de dinosaurios pequeños como Infernogallus son muy raros en el registro fósil», afirma David Evans, conservador jefe de historia natural del Royal Ontario Museum y autor principal del estudio. «Este hallazgo demuestra que todavía nos queda mucho por aprender sobre el mundo del T. rex y sobre los dinosaurios en general».

Lo que el cráneo no puede demostrar

Nadie ha encontrado fruta, semillas ni contenido estomacal junto a Infernogallus. La dieta se deduce de la anatomía de la mandíbula, y los propios autores presentan a los caenagnátidos como uno de los candidatos más sólidos a una dieta basada en plantas con flores entre los dinosaurios, no como una prueba. Su resumen afirma que el papel del grupo en la expansión de la fruta «sigue sin estar claro».

La estadística es más débil que la anatomía. Uno de los revisores escribió que las conclusiones ecológicas de la primera versión eran «en gran medida de naturaleza cualitativa» y no estaban respaldadas por pruebas estadísticas. El equipo añadió tres análisis discriminantes, que clasifican a los animales en grupos de dieta a partir de sus medidas, pero la muestra solo incluía diez aves actuales con dieta conocida. El primer método clasificó mal a tres de esas diez aves y etiquetó a casi todos los dinosaurios, T. rex incluido, como omnívoros con más de un 95 % de certeza. Infernogallus fue la única excepción, con un 94,3 %. Una versión más sencilla le otorgó un 25 % de probabilidades de tener una dieta de plantas blandas, mientras que todos los demás dinosaurios resultaron omnívoros con una probabilidad superior al 85 %. Los autores consideran estas pruebas «insuficientes para responder plenamente a la pregunta» y basan su argumento en la anatomía.

Otro revisor señaló que el deslizamiento mandibular de 15 milímetros es un máximo fijado por el hueso, y que el cartílago y los músculos probablemente limitaban el movimiento real. Los autores advierten además de que su conclusión no se extiende a todos los parientes: los parientes más cercanos de Oviraptor, los oviraptóridos, tenían cráneos más robustos, parecidos a los de los loros, que parecen más adecuados para frutos secos y semillas.

Preguntas frecuentes sobre Infernogallus

¿Había dinosaurios que comían fruta?

Es muy posible que los dinosaurios herbívoros comieran fruta de vez en cuando, pero Infernogallus es el primero con un cráneo que parece especializado para ello. Sus músculos mandibulares y su articulación deslizante coinciden con los de los loros frugívoros, lo que sugiere que la fruta era un alimento principal y no ocasional.

¿Qué significa el nombre Infernogallus?

El nombre significa «pollo del infierno». Alude a la Formación Hell Creek, donde se hallaron los fósiles, y a la complexión del animal, parecida a la de un ave y del tamaño de un pavo.

¿Qué tamaño tenía Infernogallus?

Pesaba unos 12 kilogramos según las estimaciones, más o menos como un pavo grande. Los anillos de crecimiento de los huesos muestran que el holotipo era un adulto de al menos seis años, así que se trata de una especie pequeña, no de un ejemplar juvenil.

¿Infernogallus vivió en la misma época que el T. rex?

Sí. Procede de la Formación Hell Creek, que corresponde aproximadamente a los últimos dos millones de años antes del impacto del asteroide de hace 66 millones de años, las mismas rocas en las que aparecen T. rex y Triceratops.

Un cráneo de museo y una pregunta abierta

El cráneo y el esqueleto parcial, recuperados en 2011, se exhiben en el Royal Ontario Museum de Toronto. Otros huesos de mandíbula y paladar procedentes de Montana, Dakota del Norte y Dakota del Sur se atribuyeron a la especie. El artículo se publicó en línea en Nature Communications el 10 de octubre de 2026, y el Royal Ontario Museum y la Universidad Stony Brook anunciaron el hallazgo los días 27 y 28 de octubre.

Los autores proponen nuevas pruebas, como estudiar los pigmentos de las plumas que muchas aves actuales obtienen de la fruta. La gran pregunta sigue abierta: si estos pequeños comedores de fruta ayudaron a propagar las plantas con flores que dieron forma a los bosques que volvieron a crecer tras el asteroide.

Referencia: Funston et al., «Fruit-eating adaptations in a Late Cretaceous oviraptorosaur (Theropoda),» Nature Communications, 2026. DOI: 10.1038/s41467-026-78343-w

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