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Boeing en el banquillo: una reconstrucción implacable».

Martin Cid
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El video satelital del Lion Air Flight 610 desintegrándose sobre aguas indonesias abre Downfall: The Case Against Boeing (2022) con una crudeza que no abandona la pantalla durante sus dos horas de duración. Rory Kennedy, directora conocida por su enfoque en crónicas históricas (Last Days in Vietnam), elige aquí un formato híbrido: mezcla reportaje periodístico con documental de denuncia, creando un híbrido que funciona mejor cuando prioriza lo primero sobre lo segundo.

La película se estructura como un informe judicial, presentando evidencia visual y testimonial para construir su caso contra Boeing. El primer acto es meticuloso en su reconstrucción cronológica: desde los primeros informes del vuelo Lion Air hasta el crash del Ethiopian Airlines Flight 302 cinco meses después. Kennedy utiliza imágenes de radar, grabaciones de las cajas negras y entrevistas con ingenieros que trabajaron en el 737 MAX para demostrar cómo fallas conocidas en el sistema MCAS fueron ignoradas por la compañía. La secuencia donde se compara el diseño original del avión con los cambios posteriores —realizada mediante animación digital sobre planos reales— es especialmente reveladora, mostrando cómo prioridades financieras alteraron principios de ingeniería básica.

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El documental alcanza su punto más impactante cuando integra testimonios de testigos oculares. Las imágenes de celulares de residentes en Addis Abeba filmando el Ethiopian Airlines estrellándose contra un campo abierto son difíciles de olvidar. Aquí, Kennedy evita el sensacionalismo: no se escuchan gritos ni llantos exagerados; solo el sonido del impacto y el humo elevándose lentamente. El contraste con las declaraciones corporativas de Dennis Muilenburg —cuyas entrevistas archivadas muestran una sonrisa impertérrita— crea un efecto dramático poderoso.

Donde la película flaquea es en su intento por humanizar a las víctimas. Los testimonios de familiares, aunque conmovedores, quedan diluidos entre entrevistas repetitivas con expertos y políticos. La escena donde un padre describe cómo perdió a sus dos hijos en el Ethiopian Airlines hubiera ganado fuerza si se hubiera profundizado más en esos relatos personales en lugar de volver rápidamente al análisis técnico. Kennedy prioriza la denuncia sobre el duelo, lo cual es comprensible pero limita la profundidad emocional.

La decisión más cuestionable es omitir completamente la perspectiva de Boeing. Aunque comprensible —la compañía se negó a participar—, esa ausencia deja espacio para que los espectadores escépticos interpreten el documental como un ejercicio de activismo disfrazado de periodismo. La inclusión de algún análisis crítico sobre las regulaciones de la FAA o las presiones globales en la industria hubiera añadido capas de complejidad al relato.

Donde Downfall brilla es en su estructura narrativa. Kennedy divide el metraje en tres actos claros (los crashs, las investigaciones, las consecuencias), evitando la fragmentación típica de documentales corporativos. La banda sonora minimalista y los silencios estratégicos refuerzan la sensación de urgencia sin caer en sensacionalismo. El uso de imágenes de archivo —desde reportajes televisivos hasta videos caseros— crea un collage visual que mantiene el ritmo ágil incluso cuando se discuten temas técnicos complejos.

El documental también destaca por su contexto histórico. Kennedy no limita su análisis a los eventos recientes, sino que traza una línea desde la adquisición de Boeing por McDonnell Douglas en 1997 hasta las decisiones ejecutivas que priorizaron ganancias sobre seguridad. La comparación entre el Boeing clásico y el moderno es particularmente efectiva, mostrando cómo cambió la cultura corporativa. Este enfoque contextual es uno de los aspectos más valiosos del filme, ya que explica por qué estos crashs no fueron meros «accidentes», sino consecuencias previsibles de decisiones específicas.

En términos de dirección, Kennedy demuestra un manejo seguro de materiales heterogéneos: desde conferencias de prensa hasta reuniones legislativas. Su estilo es sobrio pero efectivo, evitando el dramatismo fácil que podría haber optado por escenas como las de Erin Brockovich o Dark Waters. Sin embargo, esta contención también puede interpretarse como una limitación: hay momentos en los que el documental parece más un informe técnico que una experiencia cinematográfica.

El público objetivo es claro: ciudadanos preocupados por la regulación corporativa y la seguridad aérea. Los expertos en aviación encontrarán detalles técnicos valiosos, mientras que espectadores casuales apreciarán cómo se presenta información compleja de manera accesible. Sin embargo, aquellos acostumbrados a narrativas más emotivas podrían sentirse distanciados por el tono clínico.

Comparado con otros documentales sobre negligencia corporativa como The Worst OR The Best (2017) —que examinó la industria del gas natural—, Downfall destaca por su enfoque en consecuencias humanas concretas. Donde falla es en no ofrecer soluciones claras o caminos a seguir, limitándose a exponer el problema sin sugerir alternativas.

La película se beneficia de su distribución en Netflix, que le permite llegar a una audiencia global. Los 7.42 millones de horas vistas en su primera semana demuestran un interés público significativo, aunque es difícil determinar cuántos espectadores fueron atraídos por el morbo frente a los realmente interesados en entender las causas profundas.

En última instancia, Downfall: The Case Against Boeing cumple su objetivo principal: exponer fallos sistémicos y corporativos que llevaron a tragedias evitables.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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