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Earwig and the Witch: un caos estructural sin magia

Martin Cid
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Imagina a una niña rebelde, con los ojos brillantes de astucia, encerrada en una casa mágica que ella misma ayudó a hechizar mientras escucha las grabaciones de un grupo musical llamado Earwig. La escena es el clímax de Earwig and the Witch, el debut en CGI del Studio Ghibli bajo la dirección de Gorō Miyazaki. El problema es que esta promesa visual—una mezcla de fantasía oscura y comedia familiar—se desvanece rápidamente entre una narrativa desconcertante, un uso torpe de los recursos técnicos y una identidad visual confusa.

Basada en la novela homónima de Diana Wynne Jones, la película sigue a Earwig (Kokoro Hirasawa), una huérfana adoptada por Bella Yaga (Shinobu Terajima) y Mandrake (Etsushi Toyokawa). Lo que podría haber sido un cuento mágico sobre la autonomía infantil y la búsqueda de identidad se convierte en un caos estructural. Miyazaki, conocido por su trabajo en Tales from Earthsea (2006), intenta aquí algo diferente: una aventura familiar con tintes musicales y cómicos, pero la ejecución falla en casi todos los frentes.

El primer error de Earwig and the Witch es su estructura. La transición de Earwig del orfanato St. Morwald a la casa de los hechiceros carece de cohesión emocional. El guion, escrito por Keiko Niwa y Emi Gunji, tropieza en su propia premisa: la adopción forzada, el descubrimiento de la magia, y el conflicto entre Earwig y Bella Yaga nunca se sienten orgánicos. La película avanza a trompicones, con escenas que carecen de conexión lógica o emocional. Por ejemplo, el revelador giro sobre la madre de Earwig—una cantante del grupo homónimo—sucede sin peso dramático alguno.

Pero donde la película realmente tropieza es en su ejecución técnica. Ghibli es sinónimo de animación tradicional exquisita, y Earwig and the Witch marca un intento fallido de reinventarse con CGI. La dirección de arte digital no captura la calidez onírica que define a obras como El viaje de Chihiro o Ponyo en el acantilado. Los personajes se mueven con rigidez, sus expresiones carecen del refinamiento que hace memorables a los clásicos del estudio. Peor aún, la cinematografía, aunque limpia, carece de planos memorables; incluso las secuencias mágicas—como el hechizo de las manos adicionales o los gusanos voladores—pierden impacto por su ejecución plana.

El CGI de Earwig and the Witch no solo falla en capturar la esencia de Ghibli, sino que tampoco compite con los estándares actuales del cine animado. Comparada con el trabajo de Pixar o incluso con producciones independientes como Wolfwalkers, la película se siente anticuada y torpe. La dirección de arte digital resulta fría, sin texturas ni detalles que inviten al espectador a sumergirse en su mundo. Los fondos, aunque coloridos, carecen del dinamismo y la profundidad que hacen únicas las películas tradicionales de Ghibli.

Donde la película sí acierta es en el núcleo de su protagonista. Earwig es una heroína inusual: manipuladora, astuta y decididamente no arquetípica. Kokoro Hirasawa le da vida con un equilibrio entre ingenuidad y malicia que hace creíble su evolución. La voz de Earwig—rebelde pero vulnerable—es uno de los pocos aciertos de la película. El elenco de voces secundarias, aunque limitado por la rigidez del CGI, destaca en momentos clave, como cuando Mandrake (Etsushi Toyokawa) revela su pasado musical o cuando Bella Yaga (Shinobu Terajima) pierde el control ante las manos adicionales que Earwig le ha conjurado.

Sin embargo, estos aciertos son islas en medio de un océano de decisiones cuestionables. El ritmo es otro talón de Aquiles. La primera mitad avanza a trompicones, con escenas que carecen de conexión orgánica. El segundo acto mejora levemente, pero la resolución—con la aparición de la madre de Earwig—siente como un recurso narrativo barato. La música de Satoshi Takebe intenta llenar los vacíos emocionales, pero las composiciones no logran elevar el material.

Earwig and the Witch es un experimento fallido: una obra que busca reinventarse sin entender qué la hace única. El problema central de la película es su identidad visual y narrativa confusa. Ghibli ha construido su reputación en la animación tradicional, y este salto al CGI no solo carece de la magia del estudio, sino que tampoco logra destacar por sí mismo.

La película está dirigida a un público infantil, pero incluso los más jóvenes podrían sentirse perdidos ante su ritmo irregular y su falta de cohesión emocional. Los adultos, por otro lado, encontrarán poco que disfrutar en una historia que carece de profundidad temática o emocional. La fantasía oscura de la novela original queda diluida en un guión que prioriza el caos sobre la narrativa.

La dirección de Gorō Miyazaki es otro punto débil. Mientras su padre, Hayao Miyazaki, ha demostrado una habilidad excepcional para crear mundos inmersivos y personajes memorables, Earwig and the Witch carece del toque mágico que define a las películas de Ghibli. La falta de consulta con el equipo veterano del estudio se nota en cada plano: la película se siente como un proyecto abandonado, sin la atención al detalle que caracteriza a las obras maestras de Hayao.

En resumen, Earwig and the Witch es una decepción. A pesar de sus pocos aciertos—como la interpretación de Kokoro Hirasawa o algunos momentos de humor negro—, la película tropieza en casi todos los frentes.

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