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Ivy + Bean: dos mundos que chocan pero no convencen

Martin Cid Magazine

La escena inicial de Ivy + Bean (2022) es un plano medio de las dos protagonistas sentadas en extremos opuestos del columpio, Ivy con su libro abierto, Bean balanceándose con energía desbordante. Esta imagen encapsula el núcleo de la película: dos mundos que chocan y, contra todo pronóstico, encuentran un punto en común.

Dirigida por Elissa Down, esta adaptación de Netflix toma los libros infantiles de Annie Barrows y los lleva a la pantalla con un elenco joven encabezado por Keslee Blalock (Ivy) y Madison Skye Validum (Bean). La premisa es sencilla: Ivy, introvertida y observadora; Bean, extrovertida y audaz. Dos niñas que nunca imaginaron ser amigas hasta que la aventura las une. El problema es que la película no logra profundizar en esta dinámica más allá de lo evidente.

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El mayor acierto de Ivy + Bean está en su capacidad para visualizar la imaginación infantil. La dirección de arte y los efectos prácticos (como el «hechizo» que Ivy intenta usar para ayudar a Bean) tienen un encanto auténtico, especialmente cuando se contrastan con la realidad mundana de su barrio. Es en estos momentos donde la película brilla, recordando al mejor Stranger Things en su capacidad para mezclar lo cotidiano con lo mágico sin perder credibilidad.

Sin embargo, el guion falla al simplificar demasiado los conflictos y las soluciones. La trama principal—Bean se mete en problemas y Ivy intenta «salvarla» con un hechizo—se resuelve de manera demasiado rápida y conveniente, sin explorar realmente las emociones o las consecuencias. Además, aunque el elenco joven tiene momentos encantadores (especialmente Validum, que roba escenas con su energía inagotable), los personajes adultos son meras caricaturas: la maestra estricta (Nia Vardalos), el padre distraído (Garfield Wilson). No añaden profundidad a la historia, solo ruido.

Otro punto débil es la estructura narrativa. La película salta de una idea a otra sin permitir que ninguna escena respire. Hay un momento en el que las niñas descubren un «fantasma» en su escuela, pero esta subtrama se abandona demasiado pronto, dejando la sensación de que hay muchas ideas interesantes que nunca se desarrollan por completo.

La dirección de Down es competente, pero carece del pulso narrativo para equilibrar comedia, aventura y drama emocional. Hay secuencias divertidas (como cuando Ivy intenta seguir el ritmo de Bean en una fiesta), pero faltan momentos de auténtica conexión entre las protagonistas que justifiquen su amistad más allá de la conveniencia argumental.

En resumen, Ivy + Bean es una película inofensiva y ocasionalmente entretenida, pero carece de la chispa necesaria para elevarse por encima del montón de adaptaciones infantiles.

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