Cine

Forrest Gump, el bobo sagrado al que Hollywood hizo correr por todo el siglo americano

Martha O'Hara

Una pluma blanca baja de un cielo cualquiera, se posa a los pies de un hombre que espera el autobús, y el hombre empieza a hablar. No es listo —lo dice él mismo, sin complejos, con una caja de bombones sobre las rodillas— y en las dos horas siguientes conocerá a tres presidentes, ganará una medalla en una guerra que apenas entiende, capitaneará un barco camaronero, desatará una moda de correr y perderá a la única persona a la que quiso, todo sin levantar nunca la voz. Forrest Gump se sostiene sobre una broma engañosamente sencilla: entrégale los grandes momentos de la historia al hombre menos preparado para leerlos y observa qué se queda.

Tom Hanks lo interpreta sin un solo guiño. No hay codazo al espectador, ninguna astucia escondida tras las vocales lentas de Alabama: solo un hombre que dice exactamente lo que piensa y hace exactamente lo que le mandan, y que sale decente al otro lado de una racha de años brutal. Es esa clase de interpretación que parece fácil y resulta casi imposible: una nota falsa de ternura impostada y la película se agria entera. Hanks no la da jamás. Había ganado el Oscar el año anterior por Philadelphia; lo ganó otra vez con esta, dos seguidos, y se entiende por qué en cuanto lo ves sentarse en ese banco y, sencillamente, estar.

Robert Zemeckis, el showman de Regreso al futuro salido del taller de Spielberg, trata la película como una máquina de emocionar y no te deja ver nunca los engranajes. Industrial Light & Magic cosió a Forrest dentro del metraje de archivo para que estrechara la mano de Kennedy y le enseñara el trasero a Lyndon Johnson; borraron las piernas de Gary Sinise fotograma a fotograma para que el teniente Dan las perdiera en Vietnam. La banda sonora de Alan Silvestri y una gramola de canciones de época te llevan de década en década, y la pluma que abre y cierra el film convierte un efecto especial en una pequeña tesis sobre el azar. El oficio es invisible justo donde más trabaja.

La estructura es una carrera picaresca por la segunda mitad del siglo americano: la integración racial en la puerta de la escuela, la selva de Vietnam, las mesas de ping-pong de la diplomacia de la Guerra Fría, el Watergate entrevisto por la ventana de un hotel, los años de correr, la fortuna del barco camaronero. Frente a todo ese movimiento está Jenny, la contramelodía herida de Robin Wright, que deriva por la contracultura y paga sus facturas mientras Forrest permanece quieto dentro de sí mismo. El teniente Dan de Gary Sinise, furioso contra un Dios y un destino que lo dejaron vivo, le da a la película su columna dramática más dura y mejor.

Es también la película con la que a la crítica le encanta discutir, y la discusión merece la pena. Vista en frío, Forrest Gump puede parecer una fábula que premia al hombre que nunca cuestiona nada y castiga en voz baja a Jenny por el pecado de querer algo más que Alabama. El sentimiento está servido con cuchara grande; la política, si la buscas, se acomoda. Nada de eso es falso, y nada de eso acierta el golpe definitivo, porque la película está demasiado bien hecha y es demasiado tierna para despacharla. Se gana las lágrimas con honradez incluso cuando toca el acorde fácil.

En la ceremonia de 1995 ganó seis Oscars —mejor película, dirección, actor, guion adaptado (Eric Roth, sobre la novela de Winston Groom), efectos visuales y montaje—, por delante de Pulp Fiction y Cadena perpetua en un año que la gente todavía reabre. Recaudó casi setecientos millones de dólares y metió un puñado de frases en el idioma para siempre. Más de treinta años después puedes poner los ojos en blanco ante la caja de bombones y seguir notando el nudo en la garganta cuando Forrest le habla a una lápida. Esa contradicción es la película. Pocas han trabajado a un público con tan poca vergüenza y tan bien.

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