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Gasoline Alley: un thriller con giros forzados y acción destacada

Martin Cid

La escena de apertura de Gasoline Alley promete: Devon Sawa como Jimmy Jayne, un exconvicto convertido en tatuador de celebridades, es arrastrado a una investigación de triple homicidio mientras huye de dos detectives persistentes. La película de Edward Drake (2022) se lanza con un ritmo vertiginoso, combinando elementos de cine negro y thriller de conspiración, pero rápidamente tropieza con sus propias ambiciones.

El núcleo del conflicto —Jimmy usando a los detectives Freeman (Bruce Willis) y Vargas (Luke Wilson) para exponer una trama más grande— es intrigante en teoría. Sin embargo, la ejecución adolece de un guion que prioriza giros forzados sobre desarrollo orgánico. La estructura salta de un cliché a otro: el sospechoso improbable, la revelación del último minuto, el giro «sorpresa» que nadie ve venir porque carece de fundamento previo.

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Donde Gasoline Alley destaca es en su dirección de acción. Drake maneja las secuencias de persecución con un estilo visual limpio y dinámico, especialmente una escena nocturna en los muelles donde la iluminación y el movimiento capturan la tensión sin necesidad de diálogo. Willis y Wilson aportan química suficiente para mantener creíble la alianza entre sus personajes, aunque sus arcos individuales quedan subdesarrollados.

El mayor lastre es el guion. Los diálogos son artificiales («No puedes confiar en nadie en este negocio», dice un personaje a otro, como si fuera una revelación), y las motivaciones de los personajes fluctúan sin coherencia. Sufe Bradshaw y Angie Pack tienen papeles menores pero memorables como mujeres atrapadas en la conspiración, aunque sus arcos se resuelven con premura.

La banda sonora elige canciones pop de los 70 para evocar nostalgia, pero su uso es tan genérico que termina siendo contraproducente: cuando una pista de Elkie Brooks debería haber elevado un momento emocional, solo recordó al espectador lo visto en otros films. La edición es otro problema: cortes abruptos y transiciones descuidadas rompen el ritmo en momentos clave.

Gasoline Alley tiene destellos de lo que podría haber sido —un thriller neo-noir con mordiente social—, pero se ahoga en su propia confusión narrativa.

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