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Kei Ishikawa lleva a Ishiguro al cine y deja intacta la mentira de Pálida luz en las colinas

Martha Lucas

Una mujer está de pie en un jardín inglés y recuerda un verano en Nagasaki: una amiga llamada Sachiko, una niña a la que no se podía calmar, una ciudad que se levantaba de los escombros. Lo que no dice, y lo que el propio relato va delatando, es que ese recuerdo quizá no le pertenezca. Ese desplazamiento callado es el motor de la primera novela de Kazuo Ishiguro, y es justo lo que Kei Ishikawa se ha propuesto filmar.

La decisión es un desafío. Ishiguro construyó su debut sobre una narradora que se corrige a sí misma mientras habla, que ofrece la historia de otra mujer y deja ver las costuras solo al final. La prosa sostiene esa clase de ocultamiento porque el lector llena el silencio. El cine, en cambio, tiende a querer rostros, clima, una línea clara entre la causa y el duelo. Todo el interés de esta adaptación está en ver cuánto de la evasión central del libro decide conservar un director prudente y cuánto siente que debe explicar.

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Suzu Hirose sostiene la línea de Nagasaki como la joven Etsuko, embarazada y vigilante, atraída por una vecina que vive según otras reglas. Fumi Nikaido es esa vecina, Sachiko, una viuda de guerra con un plan de fuga a América y una hija a la que trata como carga y como testigo. Las dos interpretaciones son el mejor argumento de la película: Hirose toda compostura con algo que se deshilacha por dentro, Nikaido todo movimiento y mala fe. Su amistad es la superficie; el filme insinúa una y otra vez que una mujer toma prestada la vida de la otra para narrar la suya.

Yoh Yoshida interpreta a la Etsuko mayor, ya instalada en Inglaterra y visitada por su hija Niki, criada allí, a la que da vida Camilla Aiko. Tomokazu Miura aparece como Ogata, el suegro cuyas certezas sobre un Japón derrotado se han agriado; Kouhei Matsushita es Jiro, el marido al que Etsuko no llora en voz alta. El reparto funciona como una idea sobre el registro: el presente en sordina, de modales ingleses, y el pasado ruidoso de cigarras y frases sin terminar.

Ishikawa llega al material con un historial en esta clase de estructuras de secreto enterrado. Su adaptación de A Man, de Keiichiro Hirano, arrasó en los premios nacionales del cine japonés con mejor película y mejor director, y el thriller de desaparición que lo dio a conocer convirtió una identidad esfumada en un estudio sobre quién tiene derecho a escribir una vida. Se formó como cineasta en Polonia, en la escuela de Lodz, lo que quizá explique la paciencia europea que aporta a una historia japonesa, y que fuera de plano se refleja en una producción que reúne socios en Tokio, Londres y Varsovia.

Lo que el guion hace bien es confiar en el paralelismo. La película salta entre las dos épocas sin subrayar la rima, dejando que un gesto del presente responda a una herida del pasado. Ishiguro cedió los derechos y se sumó a la producción como productor ejecutivo, y el guion mantiene el interés del libro por cómo un país se convence de una nueva imagen de sí mismo tras la catástrofe: Nagasaki reconstruyéndose, una generación mayor defendiendo una guerra perdida, otra más joven impaciente por olvidar.

Donde duda es justo en aquello que hizo famosa la novela. El libro de Ishiguro nunca confirma lo que el lector llega a sospechar, que el relato de Etsuko sobre Sachiko es una forma de narrar sus propias decisiones y su precio. Las primeras reseñas de festival han sido elogiosas pero frías, y reprochan a la adaptación que explique de más donde la página dejó un blanco deliberado, y que aplane la ambigüedad hasta acercarla a una anécdota triste y nítida. La prudencia del filme es real; que esa prudencia sea un defecto depende de cuánto necesitabas que la mentira del centro siguiera sin probarse.

El reparto principal incluye además a Rie Shibata, con un pequeño elenco de habla inglesa para los pasajes ingleses. La película dura algo más de dos horas. La produce la japonesa BUN-BUKU, la compañía fundada por Hirokazu Kore-eda, con la británica Number 9 Films, la polaca Lava Films, U-NEXT y GAGA entre los socios, un mapa de coproducción que acompaña el vaivén de la historia entre Nagasaki y la campiña inglesa.

Pálida luz en las colinas se estrenó en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y llegó a los cines japoneses el otoño pasado. Se estrena en las salas españolas el 26 de junio, con más fechas de festival y de estreno por venir en Europa y Asia. Para quien conozca la novela, la prueba es sencilla: comprobar si su giro final, el que desestabiliza todo, sobrevive a que se enciendan las luces.

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