Cine

Hard Feelings parte de una premisa ingeniosa y la desperdicia en gags soeces y repetitivos

Martha O'Hara
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Hard Feelings arranca con lo que Decider llama «carne y queso»: una clase de natación en la piscina del instituto, con primeros planos de abdominales, traseros y escotes adolescentes. Entonces la cámara encuentra a Charly (Tobias Schäfer), muerto de vergüenza, mientras el resto de la clase corea «Charly, la tiene pequeña». La burla viene de años atrás, cuando unos matones le bajaron el bañador hasta los tobillos. Esos son los primeros minutos de la comedia sexual alemana de Granz Henman, y ya cuentan casi todo lo que viene después. La película es estridente, soez y se construye sobre la humillación; además, presume de las tres cosas.

Charly está en el último curso del instituto, es un inadaptado en el peldaño más bajo de la escala de popularidad y, desde luego, sigue siendo virgen. Su única amiga es Paula (Cosima Henman), su mejor amiga desde que iban a preescolar y, en palabras de Decider, platónica hasta decir basta. Una noche se sientan en el tejado de su casa a charlar, cae un rayo y nadie resulta herido. A la mañana siguiente, Charly se despierta con una erección que, según Decider, le habla al oído con la voz de Tom Beck. Él contesta en voz alta, como si no hubiera nadie, sus padres entran de golpe y la película aprovecha para soltar sus primeros chistes sobre la masturbación. Solo Charly puede oír la voz, además del público, que recibe todos sus comentarios. Decider se apresura a señalar que no hay marionetas, solo voz en off. Sobre el papel, la idea es más delicada que lo que acaba apareciendo en pantalla: dos adolescentes temen que el sexo arruine su amistad, mientras sus partes íntimas, de pronto mandonas, los animan a lanzarse.

Todo depende de esa voz en off, y es ahí donde la película se viene abajo en buena medida. Una voz dentro de la cabeza puede decir lo que un adolescente jamás se atrevería a decir, y la premisa encierra una verdad muy reconocible: dos amigos temen que el sexo eche a perder lo que tienen, aunque sus cuerpos les empujen a hacerlo de todos modos. Pero la voz que le toca a Charly es la de un salido con actitud de universitario juerguista, que no para de soltar tonterías. Cada vez que pasa una chica atractiva, dice Decider, se pone a chillar y a ulular como un mono en una plantación de plátanos. La primera vez sorprende. A la quinta, ya es un efecto de sonido. Decider califica el resultado de banda sonora de los condenados y le da un toque al micrófono: «¿Nos estamos riendo ya?». Nadie en la película se para a comprobarlo. La voz sigue hablando, haya funcionado el chiste o no.

El bicho le ofrece a Charly un trato: se callará para siempre si antes se acuesta con Paula. Eso le da un motor a la historia, y uno un tanto cruel, porque convierte en transacción la amistad que, en teoría, le importa a la película. El concierto del coro es la gran secuencia construida en torno a ese trato. Charly tiene un solo, se acerca al micrófono y la bestia que lleva en los pantalones saca pecho, por así decirlo, delante de todo el alumnado. Él sale corriendo del escenario y le grita a su propia entrepierna. Decider apunta que la película recurre entonces al viejo gag de dejarse el micrófono abierto y que la publicación viral en redes sociales que viene después no acarrea castigo alguno. La secuencia parte de una intuición acertada, porque la humillación pública es la peor pesadilla de la pubertad. Pero el remate es de sobra conocido y la indiferencia ante las consecuencias hace que el instituto parezca menos un lugar real que un decorado preparado para el siguiente chiste.

Paula tampoco se libra. Common Sense Media cuenta que el rayo también le provoca unos genitales parlantes y que las voces empujan a ambos adolescentes a acostarse con cualquiera que esté interesado, casi por cualquier medio. En una fiesta, un chico eyacula antes de tiempo y el perro de la familia lame lo que queda. Así es la película en su versión más representativa: un fluido corporal, una mascota y la vergüenza de un chico, sin nada más allá de la repugnancia. Más adelante, el chico popular con el que casi se acuesta difunde el rumor de que ella se acostaría con cualquiera, y Paula sufre acoso verbal y a través del móvil. Mientras tanto, Charly sigue siendo objeto de burlas por tener, supuestamente, el pene pequeño.

Aquí se hace evidente el problema de tono. Common Sense Media señala que la película sí transmite mensajes contra el acoso y la vergüenza asociada a la pubertad, pero que el contenido sexual los ahoga, y los detalles que enumera lo confirman. La misma historia que se detiene para un gag con un perro también lleva, según ese medio, a Paula a intentar suicidarse saltando desde un puente. Nada en la premisa prepara al espectador para ese giro. Una comedia sobre genitales parlantes no se ha ganado el derecho a pedir lágrimas, y un asunto tan serio merece algo mejor que una estructura levantada sobre remates cómicos.

El clímax, de nuevo según Common Sense Media, transcurre en una escena del baile de graduación en la que todos los adolescentes se bajan los pantalones para demostrar algo. Como imagen, resume toda la filosofía de la película: si el problema es la vergüenza, que todo el mundo quede igual de expuesto. También es la única idea del filme que lleva su propia lógica hasta el final, porque la humillación que persigue a Charly desde la piscina por fin se queda sin más recorrido. A su alrededor, la película acumula breves escenas de desnudez masculina (traseros), una rápida secuencia de fotografías de distintas vaginas, consumo excesivo de alcohol en una fiesta que acaba en lagunas y malas decisiones, y lenguaje soez de principio a fin. Demasiadas veces, los desnudos y las palabrotas hacen el trabajo que debería hacer un chiste.

Schäfer y Henman sostienen la película. Schäfer tiene el trabajo más difícil: interpreta a un chico cuyas humillaciones son públicas y constantes, y debe mantener nuestra simpatía mientras una voz en sus pantalones se impone a todo lo que ocurre a su alrededor. Paula, interpretada por Henman, es la amiga de la que depende toda la premisa: sin ella, el trato que propone la voz no sería más que un chiste verde. A su alrededor, el reparto incluye a Axel Stein como Rudolf, Diana Amft como la madre de Paula, Jasmin Shakeri como la directora Voigt, Vivien König como Francoise, Samirah Breuer como Marlene, Nhung Hong como Sarah, Merlin Sandmeyer como el señor Pendergast y Kailas Mahadevan como Kailas. En una película tan obsesionada con sus dos protagonistas y su anatomía, estos personajes sirven sobre todo de público ante el que Charly y Paula pasan vergüenza.

Se supone que la amistad es el corazón de la historia, pero todos los textos sobre la película la describen a través de las voces: los comentarios salidos, el trato y los rumores. Ese es el precio de construir una comedia a partir de un único gag. La escena en el tejado, con los dos chavales charlando antes de que caiga el rayo, es el único momento que Decider describe como normal, y también el único en que Charly y Paula son simplemente amigos. Cuando aparece la voz, la amistad tiene que compartir cada escena con un tercer elemento que no deja de hablar.

Hard Feelings no suelta nunca su única idea, y ahí está el problema. Los genitales parlantes aparecen, se repiten y después tienen que sostener una historia sobre el acoso, la vergüenza y la amistad, pero son demasiado ruidosos para estar a la altura. Un salido con actitud de universitario juerguista metido en la cabeza de un chico cansa enseguida y Decider, por su parte, acabó gritándole al vacío. El baile de graduación, con su multitud de adolescentes al descubierto, es el único momento en que el estruendo y la emoción de la película se ponen brevemente de acuerdo.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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