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Senior Year: Una comedia ligera que pierde fuerza en su reflexión madura

Martin Cid
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La escena inicial de Senior Year es un recordatorio visual brutal: Stephanie Conway (Rebel Wilson), una exanimadora de secundaria en su mejor momento, despierta después de un coma de 22 años. Su cuerpo es el de una mujer de 37, pero su mente está atrapada en los últimos días del siglo XX. La cámara la enfoca desde arriba, como si fuera un espécimen de laboratorio, mientras sus ojos se abren a un mundo que ya no reconoce. Este plano inicial establece el tono de la película: una comedia sobre el choque generacional, pero también una reflexión—quizás demasiado ligera—sobre el paso del tiempo y las segundas oportunidades.

Dirigida por Alex Hardcastle, Senior Year (2022) es un intento de revivir el subgénero de la comedia adolescente con un giro maduro. La premisa es sencilla: Stephanie, después de despertar de su coma, decide regresar a su antigua escuela para terminar su último año y cumplir su sueño de convertirse en reina del baile. Lo que podría haber sido una exploración profunda sobre la identidad y el crecimiento personal se convierte, sin embargo, en un catálogo de chistes fáciles sobre redes sociales y cultura pop.

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El punto fuerte de la película es, sin duda, el casting. Rebel Wilson lleva el peso de la narrativa con su habitual mezcla de humor físico y carisma. Su interpretación de Stephanie captura bien el conflicto interno entre la nostalgia por una juventud perdida y la necesidad de adaptarse a un mundo que ha cambiado radicalmente. Las escenas en las que interactúa con Zoë Chao como Tiffany—su mejor amiga, ahora casada y con hijos—destacan por su química y timing cómico.

Sam Richardson, como Seth Novacelik, el profesor de historia que se convierte en aliado inesperado de Stephanie, aporta un contrapeso necesario. Su personaje es uno de los pocos que logra escapar del arquetipo caricaturesco al que la película reduce a otros secundarios, como Justin Hartley (Blaine Balbo) o Mary Holland (Martha Reiser). Hartley, en particular, queda relegado a un papel unidimensional: el exnovio exitoso que ahora es un empresario arrogante. Su presencia en pantalla se limita a servir de antagonista conveniente y poco convincente.

La dirección de Hardcastle es competente, pero carece de la audacia necesaria para elevar el material. Las transiciones entre los flashbacks de los años 90 y la realidad actual son fluidas, y la fotografía captura bien la estética de ambas décadas. Sin embargo, estas decisiones visuales no pueden salvar una narrativa que, al final, se siente como un episodio extendido de una comedia adolescente. La estructura sigue un camino familiar: Stephanie se reinserta en su antigua escuela, donde debe lidiar con el choque cultural entre los años 90 y los 2020. Aquí es donde Senior Year pierde fuelle.

La película depende demasiado de chistes sobre memes y tecnología para llevar la trama. Algunos momentos logran ser divertidos—como la confusión de Stephanie con TikTok o su intento fallido de usar un iPhone—, pero otros caen en lo forzado o anacrónico. Por ejemplo, una secuencia en la que Stephanie intenta explicar el concepto de «likes» a sus compañeros de clase se siente desactualizada incluso dentro del propio contexto de la película.

El mayor problema de Senior Year es su falta de originalidad. La premisa del adulto que vuelve a la adolescencia ha sido explotada hasta la saciedad, desde clásicos como Big (1988) hasta producciones más recientes como Blockers (2018). Aquí no se le da un giro fresco. La película intenta compensar con escenas sentimentales—como el reencuentro con su padre (Chris Parnell)—pero incluso estos momentos carecen de peso emocional genuino.

Donde Senior Year sí acierta es en el tono ligero y en la ejecución técnica. El diseño de producción captura efectivamente la estética de los años 90, desde la moda hasta la música, lo que añade un nivel de nostalgia que puede resonar con ciertos espectadores. Sin embargo, estas decisiones visuales no compensan una narrativa que, al final, se siente superficial.

La película también falla en su intento de abordar temas más profundos, como el impacto del tiempo y las segundas oportunidades. Aunque hay momentos en los que Stephanie reflexiona sobre su vida—como cuando visita la tumba de su madre—, estos instantes son demasiado breves para tener un impacto significativo. La película prefiere quedarse en la superficie, evitando cualquier exploración emocional más profunda.

En términos de público objetivo, Senior Year apunta claramente a los millennials que crecieron en los años 90 y principios de los 2000. Para ellos, la película puede funcionar como un viaje nostálgico lleno de referencias culturales y chistes internos. Sin embargo, para espectadores más jóvenes o aquellos que no compartan esta nostalgia generacional, el material puede resultar datado y poco relevante.

Comparada con otras comedias recientes del mismo género, Senior Year palidece. Películas como Booksmart (2019) o incluso The Kissing Booth (2018) lograron equilibrar mejor el humor con la exploración de temas más profundos. Senior Year, en cambio, se queda atrapada en su propia premisa, sin poder ir más allá de los chistes fáciles y las referencias culturales.

En conclusión, Senior Year es una comedia inofensiva pero olvidable. Tiene sus momentos brillantes—gracias en gran parte al carisma de Rebel Wilson y a algunas escenas bien ejecutadas—, pero carece de la profundidad narrativa y emocional necesaria para destacar en un género ya saturado. Es una película que puede entretener durante su duración, pero que no deja huella.

MCM Score: 5.8/10 — craft 2 / story 1 / performances 2 / originality 1 / genre_fit 1.

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