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Soy Frankelda: la escritora a la que su siglo no quiso leer construye un reino con sus propios monstruos, ya en Netflix

Veronica Loop

Francisca Imelda escribía relatos de terror en un país que no tenía estante para una mujer que escribía relatos de terror. Adoptó entonces un nombre de consonantes duras y linaje de monstruo, Frankelda, y siguió escribiendo contra un silencio pensado para ser definitivo. Soy Frankelda parte de esa crueldad y luego hace algo más extraño que la revancha: arrastra a su protagonista, ya fantasma, al único lugar que la tomó en serio, el reino que levantó su propia imaginación.

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Dentro de ese reino los monstruos son suyos. Cada criatura que recorre sus pasillos es un personaje que ella inventó y sus lectores ignoraron, y un príncipe atormentado, Herneval, necesita justo el talento que el mundo de los vivos despreció: su capacidad de escribir, de sostener la costura entre el reino de la ficción y el de la existencia antes de que ambos se derrumben. La premisa es fantástica. El argumento de debajo no lo es. Su imaginación nunca fue el problema; lo era el público.

El método vuelve literal ese argumento. Soy Frankelda es el primer largometraje hecho enteramente en stop motion en México, levantado por el estudio capitalino Cinema Fantasma a lo largo de cuatro años con más de 140 marionetas y medio centenar de sets. Los hermanos Roy y Arturo Ambriz hipotecaron propiedades familiares para terminarlo. El stop motion es la manera más lenta y artesanal de mover una imagen que existe, y la película convierte esa lentitud en tesis: la interioridad menospreciada de una mujer, reconstruida pieza a pieza hasta que el trabajo acumulado en pantalla deja en ridículo el viejo desdén.

Guillermo del Toro sobrevuela el proyecto como mentor y como nombre que abre puertas, y la cinta está dedicada a él. Pero no es una película de del Toro, y archivarla así repite el error original. La autoría es de los Ambriz y, dentro de la ficción, de esa escritora cuyo nombre tuvo que ser un disfraz antes de poder ser un título.

Ahí está la herida que la fantasía no deja de apretar. Frankelda es un seudónimo con eco de Frankenstein, la táctica de supervivencia de toda mujer que necesitó una silueta masculina para ser leída, y los Ambriz lo sitúan en un gótico mexicano donde los muertos, lo imaginado y los vivos comparten las mismas habitaciones. El reino puede entregarle a Francisca Imelda el reconocimiento que le negó su siglo. Lo que no puede es devolverle el siglo.

Conviene recordar de dónde sale todo esto. Frankelda nació en 2021 como una miniserie de cinco episodios para Cartoon Network y HBO Max, donde cada entrega presentaba un monstruo distinto. La película no resume aquello: lo reencauza. Los sustos que antes llegaban de uno en uno se atan ahora en un solo arco con autor, y la propiedad pasa de antología de pesadillas a un argumento continuo sobre quien las cuenta.

Hay una ironía en cómo llega al público. Un objeto deliberadamente artesanal, criado en festivales y premiado en Fantasia, estrenado en cines mexicanos antes de que medio mundo conociera el nombre, aterriza ahora en la mayor escala que ofrece la distribución. El método menos industrial del planeta recibe el estante más industrial que existe, y por una vez el desajuste favorece a los dos: Netflix suma una película que ningún algoritmo habría aprobado y Cinema Fantasma consigue los lectores globales que a Frankelda se le negaron.

Soy Frankelda se estrena en todo el mundo en Netflix el 12 de junio de 2026, tras su paso por las salas mexicanas en 2025. Dirigida por Roy y Arturo Ambriz para Cinema Fantasma con Warner Bros. Discovery, dura alrededor de 103 minutos y amplía la serie del estudio. La voz de Frankelda es de Mireya Mendoza, con Arturo Mercado Jr. y Luis Leonardo Suárez como Herneval y Carlos Segundo y Beto Castillo entre las criaturas.

La apuesta de la película es que una historia sobre no ser leída es la vía más segura para ser vista. A juzgar por cómo está hecha, gana la apuesta antes de que nadie le dé al play.

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