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Boneyard: un thriller atmosférico que sacrifica giros por ambientes oscuros

Martha Lucas
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La escena inicial de Boneyard (2024) es un plano fijo del suelo polvoriento, donde los huesos de once mujeres yacen dispersos como piezas de un macabro rompecabezas. La cámara no se mueve; ni siquiera un zoom para enfatizar el horror. Solo ese silencio visual, roto por el sonido de las pisadas del jefe Carter (50 Cent) mientras se acerca a la escena. Es una elección audaz de Asif Akbar: no mostrar rostros, no ofrecer pistas inmediatas, solo dejar que el espectador absorba la crudeza de lo encontrado. Esa apertura define el tono de toda la película — un thriller policial que prioriza la atmósfera sobre los giros fáciles.

El director Asif Akbar, conocido por su trabajo en series televisivas pero debutando aquí en largometrajes, tiene claro qué tipo de historia quiere contar: una donde las instituciones son tan sospechosas como los criminales. La premisa es sencilla en su superficie — el FBI envía al agente Petrovick (Mel Gibson) para perfilar a un asesino serial cuyas víctimas han sido dejadas en un «cementerio» improvisado —, pero la ejecución se complica rápidamente. El conflicto no es solo resolver el crimen, sino navegar las tensiones entre la policía local, la agencia de narcóticos y el FBI, cada una con sus propios intereses y secretos. Akbar usa este marco para explorar temas como la corrupción sistémica y la desconfianza institucional, pero a menudo se pierde en su propio laberinto.

El reparto es un punto fuerte, aunque desigual. Mel Gibson, cuyo papel como Petrovick parece escrito para aprovechar su imagen de tipo duro pero con un pasado oscuro, ofrece una actuación contenida que recuerda a sus mejores momentos en Signs o Edge of Darkness. Hay algo casi clínico en la forma en que Gibson interpreta al agente: cada gesto es calculado, cada palabra medida. Sin embargo, el personaje mismo es un cliché del género — el outsider brillante pero problemático —, y Akbar no logra darle capas adicionales. Nora Zehetner, como la detective Young, aporta un contrapunto emocional necesario. Su química con Gibson es tangible, especialmente en las escenas donde ambos discuten los límites éticos de sus métodos.

Donde la película tropieza es en su estructura narrativa. El guión intenta tejer múltiples tramas — desde el pasado militar de Petrovick hasta una posible conexión entre los asesinatos y el narcotráfico local —, pero el resultado es un laberinto de intrigas que a menudo se siente confuso y desorganizado. La introducción de demasiados personajes secundarios, como el detective Ortega (Brian Van Holt) o la periodista Diane Cross (Spice Williams-Crosby), diluye el enfoque principal. Cada uno parece tener su propio arco, pero ninguno recibe suficiente desarrollo. Incluso 50 Cent, en el papel del jefe Carter, queda reducido a un estereotipo del policía duro que solo aparece para soltar frases contundentes.

La dirección de Akbar tiene momentos brillantes, especialmente en las escenas de tensión. Una secuencia particular destaca: cuando Petrovick confronta a un sospechoso en una habitación estrecha y mal iluminada, la cámara se queda quieta, casi desafiando al espectador a apartar la mirada. Es aquí donde el estilo visual de Akbar — minimalista pero efectivo — funciona mejor. La fotografía, con su paleta de colores terrosos y planos detallados, refuerza el ambiente opresivo del caso. Sin embargo, hay momentos en los que la edición parece apresurada, especialmente en las transiciones entre escenas, lo que genera una sensación de desconexión.

La banda sonora es otro punto débil. Aunque no es intrusiva, tampoco añade mucho a la experiencia emocional. Hay una escena clave — el descubrimiento inicial del «boneyard» — donde un crescendo musical habría elevado el impacto, pero la música simplemente está ahí, sin dejar huella. Es un detalle pequeño, pero en una película que depende tanto de su atmósfera, cada elección cuenta.

Boneyard también comete el error de asumir que el público recordará cada nombre y conexión. Con tantas subtramas y sospechosos, es fácil perderse. Por ejemplo, la relación entre Petrovick y Young se siente forzada e innecesaria, como si el guión hubiera decidido que necesitaban un arco romántico para añadir tensión dramática. Pero en lugar de profundizar en su dinámica, la película los usa principalmente para discusiones filosóficas sobre la justicia, lo que a menudo se siente artificial.

A pesar de estos problemas, Boneyard tiene momentos brillantes. La actuación de 50 Cent, aunque limitada por el guión, añade un toque de autenticidad al filme. Su presencia en pantalla es magnética, y hay una escena donde confronta a Petrovick que merece ser destacada. También vale la pena mencionar a Gabrielle Haugh como Selena, cuya interpretación de una víctima potencial del asesino aporta un momento de vulnerabilidad genuina en medio del caos.

En última instancia, Boneyard es una película que tiene ambiciones pero no siempre logra cumplirlas. Su exploración de temas como la corrupción y la desconfianza institucional es relevante, pero el guión se siente sobrecargado y la dirección, aunque competente, carece del pulso firme necesario para mantener al espectador enganchado. Es una lástima, porque con un enfoque más coherente, podría haber sido algo memorable.

Boneyard parece dirigida a los fanáticos de thrillers policiales clásicos, aquellos que disfrutan de las tramas complejas y los personajes moralmente ambiguos. Sin embargo, incluso para ese público, la película puede sentirse demasiado dispersa.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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