Cine

Capone: Tom Hardy y el gánster que ya no sabe lo que hizo

Martha Lucas

Hay una ironía que Capone no explota, sino que simplemente muestra: el hombre que controló Chicago a través del miedo termina sus días sin poder controlar su propio pensamiento. Josh Trank construye su película sobre ese derrumbe silencioso, sobre los últimos meses de un Al Capone de 47 años recluido en su mansión de Florida, con neurosífilis avanzada y una demencia que ya no distingue entre el pasado y el presente, entre los vivos y los muertos.

La película no tiene trama en el sentido convencional. No hay un golpe, no hay un juicio, no hay ninguno de los mecanismos del cine de gángsteres. Lo que hay es una sucesión de escenas de deterioro: Capone deambulando, hablando con fantasmas, disparando una metralladora de oro al jardín. Trank filma las alucinaciones con una paleta que bordea el cine de terror, sin separar visualmente lo que es real de lo que no lo es. Es una decisión radical, y no siempre funciona, pero define lo que la película quiere ser: no un biopic, sino una autopsia psíquica.

Tom Hardy es lo que mantiene todo en pie. Su Capone — al que la familia llamaba Fonzo — es un ejercicio de precisión física que no busca la simpatía del espectador. Hardy construye el deterioro con una exactitud casi clínica: la mandíbula caída, la mirada que busca un nombre que ya no encuentra, los estallidos de rabia cuando la mente pierde el hilo. Hay escenas de patetismo genuino — Capone llorando frente a un dibujo animado, hablando con una figura que quizá solo existe en su cabeza — y Hardy las resuelve sin caer en el melodrama. No pide compasión. Exige atención.

El resto del reparto funciona como contrapeso. Linda Cardellini da a Mae Capone la compostura difícil de quien lleva décadas sosteniéndolo todo, sin que la película la juzgue ni la glorifique. Matt Dillon y Kyle MacLachlan rodean a Capone con una lealtad que ya no puede recibir, y Jack Lowden aporta la frialdad institucional del FBI que observa sin intervenir. Es un reparto que trabaja en los márgenes de lo que Hardy hace en el centro, y esa jerarquía es la correcta.

El problema de Capone es que su segunda mitad pierde tensión precisamente cuando más la necesita. La acumulación de alucinaciones sin progresión dramática acaba agotando al espectador antes de que la película llegue a su conclusión. Trank tiene la visión, pero no siempre el control del ritmo. El resultado es una película que merece verse por lo que intenta — y lo que Tom Hardy consigue — aunque no siempre por lo que logra.

Que el gánster más famoso de Estados Unidos acabe sus días sin saber quién es ni qué hizo es, en sí mismo, una sentencia. Capone prefiere mostrarla en lugar de dictarla, y eso es exactamente lo que la hace incómoda y necesaria al mismo tiempo.

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Josh Trank

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